Que estamos ante un cambio de ciclo político generalizado es evidente. Miren lo que ha sucedido en Francia o en Italia, lo que pueda pasar con el Brexit y cómo evolucione Alemania cuando Angela Merkel termine su mandato. En todas partes, la socialdemocracia está en entredicho y ello no es buena noticia, especialmente si vemos cómo está siendo ocupado el espacio que deja.
En España puede pasar lo mismo. El PSOE, uno de los grandes partidos, está reduciendo su influencia no sólo política sino social. Si no realiza una reflexión a fondo del por qué, cómo y cuándo, puede llegar a ser tan irrelevante como el PS francés en menos de un lustro.
No deja de ser curioso cómo, cuando el Estado social propugnado por la socialdemocracia desde su nacimiento se ha extendido por prácticamente toda Europa, en cada país con sus propias características pero sin perder los elementos esenciales que propiciaron su instauración, la ficción de Saturno devorando a sus hijos es lo más parecido a lo que nos está ocurriendo. Sobre todo porque hoy en día, lo que ha supuesto el denominado Estado de bienestar ya ha enraizado en las otras fuerzas políticas, democristianas y liberales, que lo han venido construyendo, en coalición o en alternancia con los antiguos padres del modelo.
Se han levantado también voces advirtiendo de la desazón de una ciudadanía que, creyendo que el modelo se había consolidado, comienzan a temer los desastrosos efectos que las veleidades de sus representantes políticos, en forma más transversal que partidaria, muestran con un quehacer contingente, cortoplacista y lleno de tacticismos.
La propaganda no basta para lavar la imagen ni, mucho menos, para consolidar legitimidades. La ciudadanía pide más. Y si no lo obtiene, mira hacia otro lado o, simplemente, se desinteresa de la política. Ello es sumamente peligroso ante el año electoral que se avecina.
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