Cataluña, donde la fealdad ejerce mando

Me decía un amigo catalán como yo que cuando la gente regresa de actos convocados por los nacionalistas se observa una fealdad muy sintomática y de forma muy acentuada, una sensación que invade contaminando todo el espacio circundante.

En principio lo tomé como una manera de “venganza” estética ante tanto feísmo como los independentistas han sido capaces de crear y expandir en poco tiempo, uniformes con retazos de banderas, jaulas simuladas, siembra de cruces, la maloliente contaminación de lazos amarillos, los programas de insano humor en TV3, iconografías que van desde el famoso burro catalán -de penoso diseño- a cartelería propia de feria de pueblo marginal “años 60”, sin olvidar aquelarres varios, como vigilias de protesta por políticos en prisión preventiva, marchas entorchadas, canciones y bailes chamánicos…

Rematado todo por las falsas y mal llamadas “huelgas de hambre”, en realidad huelgas de alimentación, que han fracasado como acción de protesta ante el pitorreo generalizado por la forma de “realizarlas”, con ejemplos de solidaridad en cápsulas mediáticas de 48 horas, como la que burdamente exhibió Torra, (haciendo “desleal competencia” al puñado de huelguistas) y otras incontables trapacerías.

Pensaba en ello cuando estaba en un ferry, en un recorrido en una ciudad en la que paso unos días a más de 3.000 km de mi Barcelona natal y donde sigo las noticias de mi país, España y de mi región, Cataluña, con natural menor intensidad que cuando estoy allí. Miré alrededor y vi gente normal, que hablaban diversas lenguas y con expresiones diferentes, gente que atendía al pasaje, gente que se desplazaba para el trabajo, seguramente, muchos atentos a la pantalla de sus teléfonos inteligentes (o parlanchines) y ociosos que, como yo, hacían retina viendo casas edificios y gentes en la orilla del mar por el que navegábamos por el estrecho del Bósforo y que son un conjunto, que considero de gran belleza. Pero no pude evitar abstenerme por completo y dejar de pensar en la fealdad, la crispación y tensión continuas que inundan Cataluña.

Fealdad no solo es lo que no encaja con el concepto estético de belleza, es decir y para entendernos, no es tener una cara poco agraciada o una presencia física deforme o poco grácil. La fealdad tiene también su sentido filosófico. La segunda acepción de la RAE es: “Torpeza, deshonestidad, acción indigna y que parece mal”.

Y es esta la enorme fealdad que se adueña sin límite aparente de Cataluña, años y años, sin cesar y parece que no tiene fin ni agotamiento. Bueno, en realidad nos agotan a los demócratas, que suerte tenemos de las buenas sonrisas que nos causan sus ocurrencias y extravagancias y comportamientos estrafalarios (lo que los modernos dicen frikis o frikismo, vaya).

Pero si dejamos las ráfagas de humor a un lado y recuperamos la realidad, ¿cómo se puede superar tanta fealdad, de infinita mueca de tristeza, como la que cunde ahora en tierras catalanas? Hay que otorgar sin duda la paternidad al liderazgo de Jordi Pujol y sus promotores, y aclaro, no me refiero a que sea bajito, mal encarado y gruñón, me refiero a lo que decía que haría y la enorme distancia con lo que hacía (una pequeña diferencia de una sola letra en la palabra y enorme distancia en la ética). Me refiero a cómo trataba a los catalanes: parecía que éramos díscolos y nos costaba aprender a serlo, siempre nos reñía un poco y cabe recordar como daba por imposibles a los no catalanes, “hombres inacabados”, como denominó a la población andaluza, en su nada disimulado supremacismo, por recordar un detalle de su beligerante discurso xenófobo que, por gravísimo error de los demócratas (incluso de políticos andaluces), se toleró en su día, con grave histórica negligencia.

En esta forma de gobernar y controlar a la sociedad catalana, Pujol fue secundado por una sólida y amplia guardia pretoriana que domeñó a buena parte de la población para expoliar a la mayoría, a muchos, de manera forzada, y a otros, como cómplices serviles que permitían que, en caso de corrupciones y latrocinio, “mejor que sean de los nuestros”.

Así los Prenafeta, Alavedra, Subirá, Comas, Farreres, Gomis… formarían parte, con otros, de esa galería de inolvidables petimetres con ínfulas, de gobernantes que nos han traído a la situación actual, completado con el concurso de personajes tan perversos como Mas, Puigdemont, Torra, y otros que por cooptación han aparecido como esporas y a su vez se han rodeado de una milicia civil integrista, para dirigir las variopintas sectas nacionalistas, expertos en servilismo, majadería y oportunismo. ¡Ah!, y de descarada desvergüenza. ¡Fealdad supina!

Como me dio por tomar notas para darles forma después, en aquel momento, se me fue adueñando el recuerdo de tan insigne cuadrilla de “políticos” y al poco, viendo que el paseo se podía podía hundir en una melancolía insoportable, cerré la libreta e intenté volver al paisaje navegante y que nunca me sacia observar.

Cuando ya pasados los días retomo a las notas y las pongo negro sobre blanco, no me supone un ejercicio agradable, pero sí creo necesario el esfuerzo, porque quizás llevados muchas veces por el diario cabreo por las noticias con las que nos castigan nuestros creativos nacionalistas, obviamos realmente quienes son.

Ese grupo de impostores y oportunistas, de fealdad profunda, carentes de estética democrática, adalides del supremacismo, que nos dice que ellos son mejores que nosotros y cualquier otro, son los que mienten pérfidamente en cuanto proponen o hacen a diario, los que dicen pretender una sociedad mejor, cuando solo saben actuar en su propio provecho material, y en su proyecto secesionista y absolutista, promoviendo la completa fascistización de la sociedad.

Los que llevan decenios siendo amos de la Generalitat de Cataluña. Los que tienen de rehén al Gobierno de España, los que invalidan y maniatan el Parlamento de Cataluña, los que inyectan desprecio racista, los que cercenan los Derechos Civiles, los que no deberíamos soportar más si recuperamos el tono demócrata y el ejercicio de la ciudadanía con normalidad. Los de la fealdad profunda a los hay que combatir con la Constitución y las leyes, por urgente e inaplazable salud mental… y estética.

José Luis Vergara. enero 2019


Ediciones Hildy acaba de publicar ‘Por nuestras calles’, el último libro del profesor titular de Matemática Aplicada de la UPC y escritor Miquel Escudero. Este libro articula breves textos donde se habla de Europa y de referendos, de terrorismos y de trampas, de banderas y de consignas, de franquezas y de engaños. En estas páginas se argumenta a “favor de una España liberal, igualitaria y plural, volcada en la convivencia y en la expresión de la conciencia de todos sus ciudadanos”. Lo puede comprar en este enlace de Amazon.

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