Cataluña, donde el gato quiere vigilar el bistec

Gracias presidente Puigdemont. Sinceramente no es usual que alguien sea capaz de mostrarse tan sincero en una entrevista. No voy a hablar mucho de lo que dijo ante la amplia audiencia de toda España. Quien lo vio y escuchó tiene suficiente información para hacerse idea de quien es usted. Y de paso de la sociedad que ha permitido ser por usted gobernada. Y de los partidos que le auparon al poder. Y de los que los mantienen en su puesto. Y de los que se reían en las sesiones del parlamento de Cataluña los pasados días 6 y 7 de septiembre viendo a muchos parlamentarios abandonarlo para no colaborar en las decisiones que se iban a tomar. A mi parecer, claro.

De usted hablan y lo han calificado personas diversas. Yo solo citaré lo que leí hace un rato, unas notas a “vuela pluma” de José Luis Corral Lafuente, historiador: “miente, se desdice, se contradice, habla bastante mal, comete incorrecciones gramaticales permanentemente, es de una inconsistencia intelectual bochornosa y carece de argumentos sólidos”. Luego desgrana una decena de argumentos para sustentar lo dicho. (Aprovecho para recomendar su libro “La Corona de Aragón. Manipulación, mito e historia” que sería perfecto que fuera muy leído en Cataluña, donde por cierto lleva tiempo siendo difícil de encontrar por las pegas que ponen a su distribución).

Lo preocupante no es lo que el presidente dice, sugiere o no sabe contestar en una entrevista, lo preocupante es lo que ocurre en la realidad, en las casas, en las escuelas, en los trabajos, en nuestra vida cotidiana en Cataluña. ¿Cómo es posible que todo esto sea cierto y no un mal sueño del que despertarnos y poder olvidar?

Los acontecimientos aparentan ir deprisa cuando se leen los diarios, vemos los programas de televisión o escuchamos la radio. Las muchas declaraciones de los políticos son, en buena parte, desechables. No porque no sean interesantes algunas, pero sí porque buena parte de ellas llegan tarde o no aportan nada.

Sería interesante que los ciudadanos tuviéramos la suficiente capacidad para evaluar y diferenciar lo que es información, propaganda, opiniones, fabricación de rumores y tergiversación interesada de los hechos en función de los intereses particulares o grupales.

No parece que vivamos en un escenario revolucionario mínimamente serio. Cuando se pregunta a manifestantes, las respuestas son bien sorprendentes. Quienes tenemos cierta edad y vivimos la dictadura y, en especial, los que nos opusimos a ella, recordaremos cómo también nos movíamos por conceptos. Pero la enorme diferencia se da en su utilización. Democracia era un deseo para suprimir la dictadura. Votar era una reclamación de nuestros derechos civiles. Libertad la base necesaria para la expresión de pensamiento y actos, de todos. Ahora las mismas palabras, dichas por personas de diferentes edades sorprenden al argumentar que votar un referéndum es democracia, así sin más. Libertad es lo que nos falta por no poder votar el referéndum. Ah, y todo eso aderezado de que vivimos en un régimen totalitario y en manos de un estado no democrático. Simple y efectivo. Y falaz.

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