Carlos Conde Solares es coordinador del Foro de Profesores (@foroprofesores) y profesor de Historia de España en la Universidad de Northumbria, Reino Unido. Recientemente ha publicado un artículo en ‘El Mundo’ en el que denuncia cómo, ante la inacción del Gobierno de España, el separatismo está consiguiendo vender su relato en el mundo académico a nivel mundial, sobre todo en el ámbito anglosajón.
En el programa 2000 de Jordi Pujol, que se publicó en 1990 en diversos diarios catalanes, ya quedaba claro que el nacionalismo iba a usar las universidades para sus fines políticos. ¿Por qué el Gobierno de España lleva décadas mirando hacia otro lado?
Los diferentes gobiernos de España no han tenido la voluntad de favorecer unas universidades ajenas al poder político. Esto se traduce en rectorados fuertemente politizados, sobre todo en Cataluña, donde ya hace tiempo que se abandonó el más mínimo decoro en lo referido a la neutralidad institucional. El programa 2000 se ha aplicado a rajatabla. Se juntan varios factores para explicar el fenómeno: el desinterés de la clase política nacional por el mundo académico; los acuerdos con los partidos nacionalistas, que han sabido blindar sus parcelas de poder educativo y académico; y una cierta desidia a la hora de reconocer la magnitud del problema.
Las universidades son una de las puntas de lanza de toda “marca país”, pero en España, los diferentes gobiernos han “delegado” esta función en los nacionalismos periféricos. Realmente, el programa 2000 sigue más que vigente en las universidades catalanas: no hay más que ver el papel que jugó la universidad en 2017, o la continua vulneración de la neutralidad institucional que denuncian los profesores de Universitaris per la Convivència.
¿En qué ámbitos académicos el nacionalismo catalán ha penetrado más?
Mi artículo en ‘El Mundo’ se refiere sobre todo al ámbito de las Ciencias Sociales y Políticas, donde el clima es francamente hostil – y no solo en Cataluña. Creo que en otros sectores académicos existe un mayor equilibrio. Sin embargo, la experiencia de nuestros compañeros catalanes demuestra que existe una fuerte presión ambiental para alinearse con el separatismo, independientemente de la materia que se estudie. Esto se manifiesta por ejemplo en el uso de la lengua de instrucción, pero también en las tomas de posición ideológica de las instituciones, que tienden a señalar al disidente, condicionando su libertad y su progresión profesional. Tenemos multitud de ejemplos de esto en nuestra propia asociación.
¿Qué instituciones extranjeras son más proclives a comprar el discurso separatista?
Por motivos, digamos, de afinidad histórica superficial y mal entendida, hay instituciones en Escocia e Irlanda muy proclives al relato secesionista. También en América Latina, claro, por razones evidentes. Sin embargo, el foco de la acción académica exterior de la Generalitat ha estado sobre todo en el mundo anglosajón: en concreto, en Reino Unido y Estados Unidos. Esto es bastante previsible: los rankings internacionales vienen determinados por baremos anglosajones, y el canon académico occidental contemporáneo, a nivel de revistas científicas, está copado por publicaciones en lengua inglesa. Sucede además que el relato independentista encuentra terreno abonado en ciertos clichés negrolegendarios y orientalistas que aún abundan en la mirada anglosajona hacia España. Es algo muy irritante que me gusta llamar “anglocondescendencia” o “anglopaternalismo”, y que se reflejó muy bien, por ejemplo, en las crónicas de periódicos como ‘The Guardian’ durante los sucesos de 2017. Los independentistas aprovechan ese caldo de cultivo para deslizar su relato del agravio contra España en entornos académicos: incluso en ámbitos especializados, lo habitual es el desconocimiento y la desinformación en lo relativo a las tensiones nacionalistas en nuestro país.
¿Gasta la Generalitat dinero público en estos fines?
Por supuesto. En realidad, todos los departamentos de la Generalitat tienen como motivo ulterior la construcción de “estructuras de país” independiente. Para ilustrar esta respuesta, cabría referirse a las investigaciones del Tribunal de Cuentas que en su día implicaron, entre otros, a Andreu Mas-Colell y a varios académicos y políticos en la aprobación de partidas presupuestarias destinadas a apuntalar el “frente exterior” en cenáculos políticos, periodísticos, diplomáticos y también académicos. La Generalitat cuenta con infinidad de estructuras para esto: el Institut d’Estudis d’Autogovern, que cito en la tribuna de ‘El Mundo’, es una de ellas. Se trata de un organismo integrado en la misma Presidencia de la Generalitat. En él participan casi todos los politólogos que simpatizan con los planteamientos soberanistas. El Govern también utiliza el presupuesto de Institut Ramon Llull para situar a peones afines en universidades de todo el mundo.
¿Tiene alguna cifra, aunque sea parcial?
El Tribunal de Cuentas estima que se malversaron unos 4,8 millones de euros entre 2011 y 2017 en la promoción internacional del procés. Sin embargo, esto es solo la punta del iceberg. Hay muchas partidas, seguramente la inmensa mayoría, que no están sujetas a investigación por ser en teoría legítimas, antes y después de 2017, y que se utilizan en la práctica para promover el secesionismo en varios contextos, incluido por supuesto el académico. Las mal llamadas asociaciones civiles (pues son extensiones del secesionismo gubernamental) como Òmnium o ANC organizan todo tipo de eventos en el exterior.
¿Cómo sitúa la Generalitat a sus peones en el ámbito universitario a nivel mundial?
El Institut Ramon Llull financia lectorados de catalán a fondo perdido, pues esas asignaturas siempre son deficitarias en el mundo anglosajón. Anecdóticamente, puedo decir que nunca he conocido a un lector del IRL que no sea militantemente nacionalista. Últimamente hemos tenido noticia de acciones propagandísticas de lectores del IRL que han incomodado a sus respectivas universidades. Sea como fuere, su salario lo paga la Generalitat a través del IRL, y no su universidad. Por otra parte, la obtención de financiación pública es una de las grandes “adicciones” del sistema universitario anglosajón, y la Generalitat es un buen proveedor de fondos para departamentos generalmente muy necesitados de músculo financiero, como son los de “Lenguas Modernas y Estudios de Área”.
En ese ambiente, cuestionar la procedencia ética de aceptar fondos con ataduras ideológicas se convierte en algo tóxico para quienes no comulguen con dichas ideas. A modo de anécdota personal, te puedo contar que en mi anterior institución, cuando todavía no tenía puesto fijo, Josep-Lluís Carod-Rovira acudió a mi facultad, en una universidad londinense, para hacer un acto de donación de libros que venía acompañado de un discurso y de la firma de un acuerdo. Medio en broma, dije que pensaba acudir al sarao para plantear algunas preguntas. Me dijeron entonces que mi presencia sería vista como un “serio perjuicio” al departamento. En otra ocasión, un estudiante me consultó acerca de si acudir a la Universidad de Barcelona o a la de Salamanca para su intercambio Erasmus. Le dije que ambas eran muy buenas universidades. Me confesó después que le preocupaba que le enseñaran en catalán, puesto que quería aprender bien el español. Entonces le dije que, si ese era un factor determinante, haría mejor en ir a Salamanca. Trascendió el consejo y me volvieron a decir que estaba causando un perjuicio a la institución, en este caso por decir la verdad a un alumno. También contamos con varios ejemplos de esto en el Foro de Profesores.
¿Es solo cuestión de dinero, o el separatismo también tira de académicos que apoyan sinceramente el denostar a España y ensalzar el discurso independentista?
Suele ir unido. A veces es difícil dilucidar qué fue primero, si la hispanofobia o la financiación de la misma. Se trata de una senda potencialmente lucrativa, pero como decía antes, existe un caldo de cultivo proclive, si no a la hispanofobia, sí al menos a la anglocondescendencia y al relato romántico del separatismo. Algunos profesores pasan por expertos en el tema catalán sin entender realmente las dinámicas históricas y sociales, muy influidos por lecturas superficiales, activismo y prejuicio ideológico. Son los que llamo “lectores de solapas de Hemingway”, a los que nadie va a quitar su visión pintoresca, casi tercermundista, de España.
¿Podemos hablar de una telaraña académica a nivel mundial de apoyo a los postulados separatistas?
Existe al menos como red informal con unos nexos de unión bastante visibles, y relativamente fáciles de vincular a la acción exterior de la Generalitat, en ocasiones con ayuda de otros países – esto último merecería capítulo aparte. Cuando Puigdemont y Ponsatí huyeron de la justicia española, el primero dedicó gran parte de sus primeros meses en el exterior a hacer un tour de universidades amigas; la segunda encontró acomodo entre St. Andrews y Cambridge, aunque luego se terminara convirtiendo en una invitada incómoda. Evidentemente, ambos pensaron en algunas universidades como lugares en los que contaban con santuarios de protección – aunque luego se llevaran varios sonrojos.
¿Qué papel ha jugado Mas-Colell en la creación de esta telaraña?
Es difícil saberlo. Mas-Colell es un profesor muy respetado, e incluso muy querido, por sus colegas, sobre todo en Estados Unidos. Cuando el Tribunal de Cuentas inició su investigación contra él, varios profesores de cierto prestigio firmaron un manifiesto en su apoyo (auspiciado por su hijo, también académico) en el que se presentaba a España como un país sin garantías jurídicas, poco menos que una dictadura que perseguía al insigne académico de manera arbitraria, a través de un tribunal inquisitorial. La Academia Europea de las Ciencias también firmó un manifiesto semejante, aunque algo más comedido. Pues bien, desde el Foro de Profesores respondimos al manifiesto, que entendimos escrito desde la amistad y la ignorancia bienintencionada, explicando, por medio de juristas, la investigación del Tribunal de Cuentas, las garantías procesales del mismo, y lo relativamente robusto del sistema español de garantías democráticas, con sus equivalencias en los países de origen de los firmantes. Al final, la Academia Europea retiró su manifiesto en vista de la evidencia. Algunos de los promotores del manifiesto nos escribieron esgrimiendo su amistad con Mas-Colell, y aduciendo su ignorancia de los detalles que explicábamos en nuestra respuesta.
¿Qué otros académicos catalanes son clave en esta telaraña?
Analizándolo detenidamente, creo que el Institut d’Estudis d’Autogovern es un buen indicador de quiénes forman parte de este grupo. Ojo, es perfectamente legítimo que se asocien, que tengan ideología e incluso que obtengan financiación de entidades públicas – solo faltaría. Lo que yo critico en mi artículo es que no ejerzan la transparencia debida (a la que obliga el código de ética científica) a la hora de declarar su relación con entidades de claro perfil político. El código ético obliga a declarar estos conflictos para ayudar a los lectores a separar la ciencia de la ideología.
En las respuestas a mi artículo que he visto estos días en redes sociales, esgrimen varios que su afiliación política, o su pertenencia al IEA, es irrelevante desde el punto de vista de un potencial conflicto de intereses. Pues oiga, si no constituye ningún conflicto, ¿por qué no declararlo a los peritos y a los comités editoriales? ¿A un lector imparcial de un texto académico sobre secesionismo catalán podría llegar a interesarle el dato de que el autor del texto es miembro de ERC? ¿O que trabajó directamente para Carles Puigdemont? ¿O que forma parte de una entidad dependiente de la Presidencia de la Generalitat? ¿A alguien que lee un texto académico sobre la política lingüística de la Generalitat podría resultarle de interés saber que el autor del artículo es parcial o incluso directamente responsable de dicha política? Yo diría que sí. ¿Podría interesarle saber que las propias Actas del Parlament sitúan a varios coordinadores académicos de números sobre secesionismo catalán en el entorno de la toma de decisiones que llevó a la DUI de 2017?
Otra reacción que me ha hecho gracia es la de quienes se presentan como víctimas de una supuesta caza de brujas macartista e inquisitorial (relato independentista y leyenda negra nunca andan lejos el uno de la otra). Es irónico cuando el artículo que firmo en El Mundo es una brevísima síntesis de múltiples consultas a compañeros dentro y fuera del Foro. Varios me explicaron su experiencia de cómo se las gastan algunos profesores secesionistas en los comités de la ANECA, en la adjudicación y peritaje de proyectos de la Agencia Estatal de Investigación, en la evaluación de artículos, en tribunales de tesis, o a la hora de acceder a puestos profesionales. Juegan con varias barajas: no solo cuentan con las instituciones y el presupuesto dependientes de la Generalitat, sino que también hacen valer su presencia en los departamentos del Ministerio español. Aunque no cabe extrañarse: el victimismo es el hábitat natural del nacionalismo.
¿Cuál es el papel de las universidades catalanas, sobre todo de sus rectorados, en la expansión de los postulados separatistas entre las universidades extranjeras?
Los rectorados han vulnerado reiteradamente la obligada neutralidad académica que garantiza la pluralidad ideológica, pero ha sido una acción principalmente interior. La acción exterior ha corrido más bien a cargo de otras instituciones dependientes de la Generalitat. Desde el Foro de Profesores hemos denunciado repetidamente la falta de neutralidad institucional de las universidades catalanas. En varias ocasiones, las universidades han tomado partido como institución a favor de los postulados soberanistas. Esto es inaceptable en cualquier entorno democrático. Los rectores pueden, como individuos, expresar sus opiniones políticas a título personal, como ciudadanos libres. Lo que no deben hacer es expresarlas a través de la propia universidad, pues eso coarta la libertad de los académicos que no piensen como ellos, como se ha visto en los lamentables incidentes que han sufrido tanto profesores como estudiantes constitucionalistas en campus catalanes en los últimos años. Si la universidad tiene ideología oficial, se está expulsando de la misma a quienes no la compartan. Es algo tan básico… Se escudan en la libertad de expresión para cercenarla. Ese es un derecho que pertenece a cada persona. Ejercerlo en la universidad catalana es a veces muy difícil.
¿En qué han fallado los partidos constitucionalistas catalanes a la hora de combatir esta telaraña?
Me cuesta culparles, pues nunca han gobernado en Cataluña, y han carecido de instrumentos para librar esa batalla. Sin embargo, los gobiernos de España sí cuentan con herramientas útiles para hacerlo: el cuerpo diplomático del Ministerio de Exteriores, la extinta España Global, el Real Instituto Elcano, el Instituto Cervantes… Solo hubo una época, muy pasajera, en la que se diseñó un conato de estrategia, y fue el efímero paso de Josep Borrell por el Ministerio de Asuntos Exteriores y Cooperación. Desde entonces, con recordar que España Global ya ni siquiera existe, queda todo dicho. Otros países entienden perfectamente la importancia, a todos los niveles, de la “marca país”. En España, delegamos su gestión a los independentistas.
¿Se ha dado en Cataluña la batalla de las ideas para que la sociedad catalana no separatista pida cuentas por el gasto de dinero público en propaganda separatista en el exterior?
Me gustaría destacar la labor, encomiable, casi heroica, de Societat Civil Catalana en este sentido. Cuando la Abogacía del Estado abandonó la acusación en la investigación del Tribunal de Cuentas, fueron ellos los que se jugaron su escaso patrimonio, y su propia existencia como organización, esta sí, genuinamente de sociedad civil, para que se rindieran cuentas por los gastos en promoción exterior del procés.

Vayamos a Cataluña. Usted es historiador. ¿Cómo evalúa el nivel de enseñanza de esta disciplina en Cataluña?
Hace unas semanas presentamos un informe en el Parlament de Catalunya sobre los libros de texto que se utilizan en secundaria en la asignatura de “Historia de España”, que en Cataluña se llama, simplemente, “Historia”. En casi todos los casos, contienen un sesgo nacionalista evidente, que incluye la selección de contenidos, el tratamiento que se da a los pasajes históricos e incluso las ilustraciones. Por ejemplo, los presidentes de la Generalitat y los líderes catalanes aparecen siempre con la máxima dignidad, generalmente en sus retratos institucionales. Sin embargo, los reyes de España y sus diferentes líderes aparecen frecuentemente caricaturizados. Es grotesco.
En cuanto a los contenidos, se observa un patrón evidente: la glorificación de lo catalán como algo avanzado, europeo y próspero frente a una España retrógrada, decadente y antipática. No en vano, el programa de la asignatura comienza precisamente con el declive del imperio y el auge del catalanismo (en gran medida auspiciado por la pérdida del privilegio comercial imperial por parte de la burguesía catalana). En este marco, se ignora la Hispanidad, y se ignoran prácticamente todas las aportaciones luminosas de España a la civilización occidental, que no son pocas precisamente. Y lo peor de todo esto es que este marco cronológico será el que se imparta en el currículo de toda España a partir del próximo curso.
¿La enseñanza en las aulas catalanas del mito fundacional nacionalista de 1714 como el culmen del “España contra Cataluña” es manipulación histórica o es algo más siniestro?
Efectivamente, se trata del mito fundacional de la nación catalana, ni más ni menos. Es un mito artificial, basado en la tergiversación de un pasaje histórico que ha sido reinterpretado para servir a una causa política. Este esquema se reproduce en prácticamente todos los pasajes históricos, que se presentan en un marco dicotómico, simplista, que busca la diferenciación e incluso la hostilidad, y que silencia a la verdadera Cataluña histórica, diversa y plural, en favor de otra inventada que se ajuste al esquema mental del nacionalismo. Es una narrativa decimonónica, romántica, que a duras penas oculta su orgulloso volksgeist.
Usted coordina el Foro de Profesores, que acoge a un buen número de docentes universitarios que trabajan a nivel mundial, también en Cataluña, para denunciar la propaganda independentista. Las universidades catalanas están atemorizadas por radicales muy jóvenes que amedrentan a docentes y estudiantes. ¿Es la firmeza la única forma de combatir su violencia?
En algunos casos, esos jóvenes no son estudiantes universitarios, sino alborotadores vinculados a grupos secesionistas. Se trata de un problema de orden público que la universidad por sí misma no puede resolver. Lo que sí deberían hacer las autoridades universitarias, y casi da vergüenza tener que decirlo, es amparar a quienes sufren violencia verbal y física por sus ideas en los campus catalanes. Lamentablemente, esto no ha sucedido, como se vio en los casos de varios compañeros y también en el de los valientes jóvenes de S’ha acabat! En lugar de mostrar su solidaridad con quienes sufren intimidación verbal y física, y de tratar de asegurar su integridad, han emitido comunicados moralmente deleznables en los que culpaban a las víctimas de la violencia sufrida. Y, por desgracia, nuestra apelación a la Conferencia de Rectores de las Universidades Españolas para que amparara a estos compañeros y estudiantes cayó también en saco roto: tan solo lo hizo el rector de la Universidad de Salamanca. Los demás dieron la callada por respuesta y se remitieron al lamentable comunicado emitido por los rectorados catalanes.
¿Cree que hay una correlación entre el adoctrinamiento escolar y universitario y que en los incidentes violentos que el separatismo organiza periódicamente en Cataluña haya un buen número de gente muy joven?
Me imagino que la carga ideológica del sistema educativo no ayuda a la hora de resolver conflictos sociales subyacentes. Sin embargo, soy optimista en este sentido: los jóvenes terminan siempre por rebelarse frente al relato impuesto e impostado, y el nacionalismo como ideología oficial está perdiendo terreno frente a otras maneras más universales de expresar la propia identidad.
¿Se puede recuperar a estos jóvenes secesionistas que amenazan y agreden en los campus para la democracia? ¿Cómo?
Sí, claro: muchos madurarán, viajarán, se relacionarán con otra gente, leerán… Al menos es lo que les deseo. España debe presentar un proyecto ilusionante, y no solo para estos jóvenes catalanes, sino para los de todo el país.
¿Qué siente cuando un catedrático crítico con el nacionalismo es insultado en medio del Claustro de la Universidad de Barcelona y el rector que lo preside no llama al orden al agresor por qué ambos son separatistas?
El caso de Ricardo García Manrique fue paradigmático de las consecuencias de la falta de neutralidad institucional en las universidades catalanas. Si la universidad tiene una ideología oficial, los más energúmenos (y estos abundan entre los egos universitarios, en Cataluña y en todas partes) se sienten legitimados para aventar sus frustraciones contra el diferente. Ricardo es además un hombre agradable, profundamente sabio, empático y calmado, lo que produjo un contraste muy llamativo entre civilización y barbarie. Algo parecido sucedió al catedrático Rafael Arenas cuando acudió a socorrer a sus estudiantes de S’ha acabat!, que habían sido rodeados por una turba violenta. Al ir a defender su tenderete, los independentistas arrastraron por el suelo al catedrático. La imagen es goyesca: sabiduría y bonhomía arrastradas por el cieno. Y, sin embargo, fue también un ejemplo de dignidad universitaria y de compromiso con la libertad, tanto de los estudiantes como del profesor. Este tipo de conductas ejemplares son las que nos siguen animando diariamente a seguir con nuestra labor.
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