Siempre he admirado a quienes han demostrado capacidad para inventar palabras nuevas con ingenio y gracia. Hoy trato de emularles inventando ésta –tan bárbara- de “hignorancia” (hasta me cuesta trabajo teclearla), en la que la falta de ortografía es manifiesta para todo el mundo y en la que la letra hache provendría de la palabra “historia”, intentando así que “hignorancia” signifique “ignorancia de la historia”. Reconozco que la palabra es más que rarita, pero convendrá conmigo en que hay mucho “hignorante” por ahí suelto. En todas partes… en toda España…
En mi tierra, Cataluña, el independentismo ha ido propiciando además una especie de “hignorancia hinoculada” voluntariamente en la población… No se extrañe usted; decía Blaise Pascal a mediados del s.XVII que “el hombre está siempre dispuesto a negar aquello que no conoce” y, siguiendo un razonamiento similar, alguien debió decidir ya hace mucho (incluso antes del Programa 2000, promulgado en 1990 por -el Muy Honorable- Pujol como diseño general del “procés”, su “hoja de ruta”) que si se lograba que los catalanes no supieran nada de España, se lograría que le negasen todo valor, que rompiesen todo vínculo afectivo. Y la eficacia exigía empezar por los niños (por muy en contra que esté yo, eso era hasta lógico).
Hará unos diez años, por un encargo familiar que acepté muy gustosamente, me encontraba una mañana frente a la fachada principal del Monasterio de El Escorial listo para actuar como guía turístico particular de un pequeño grupo de estudiantes universitarios de Barcelona.
Buscando un momento histórico para centrarles y empezar mis explicaciones, me referí a Felipe II y quise dar por hecho que sabían quién fue su padre; hubo pasmo en sus caras, uno de ellos preguntó si fue Felipe I como una débil conjetura, por si caía aquella breva… Bien; decidí pues que convenía ir un poco más atrás y pacientemente empecé: “Terminada la Reconquista,…”, a lo que reaccionó otro inmediatamente preguntando con inusitado –y loable- interés: “¿Qué reconquista?”. Se me cayó el alma un poco por debajo del nivel de la Lonja del Monasterio, que era donde estaban –tambaleantes- mis pies.
El resto de la visita, unas cuatro horas, fue en un plan muy parecido con prolongadísimos silencios (en realidad: un único silencio de cuatro horas sólo roto por una pregunta, única y absurda a más no poder) y desorientados semblantes. Yo logré sobrevivir aunque me queda alguna secuela; me gustaría pensar que ellos han sobrevivido a su hignorancia, aunque tengo mis dudas.
De aquellos polvos… estos lodos. Hoy leo que la alcaldesa de Barcelona, Ada Colau (que tendrá sólo doce o trece años más que aquellos chicos) descubre impúdica su propia hignorancia al tildar de facha al Almirante Cervera en el acto que orgullosamente ha presidido ayer (el cambio de nombre de su calle por el de “Carrer de Pepe Rubianes”).
Por supuesto que no voy a entrar en si procedía semejante ocurrencia, ni me voy a poner a comparar ambas personalidades (un debate excesivamente fácil de ganar), ni nada de eso… Sólo reseñar que usar la palabra “facha” (que él nunca conoció) es una forma sincopada y coloquial de llamar a alguien “fascista” en plan insulto (insulto también fácil y frecuente, por cierto); que el fascismo surge entre las dos guerras mundiales del s.XX (la primera acabó en 1918); y que el Almirante Cervera es un héroe de la guerra de Cuba, que perdimos en 1898, y –sobre todo- que él era hombre de Sagasta (con él fue Ministro) y no de Cánovas, de pensamiento liberal-progresista y no conservador, que durante la guerra cantonal defendió la Primera República, que fue prisionero de los EEUU, que es honrado en Cuba (mucho más que en Barcelona)… en fin, que rechinaría incluso con lo que sería una visión de una izquierda actual suficientemente descontextualizada.
No lo entiendo. Por ambas razones (fechas y talante) llamarle “facha” es una barbaridad que demuestra la hignorancia de esta señora; yo, por mi parte lo que ignoro es en qué beneficia esto la consecución de sus objetivos políticos, porque por ahí irá la cosa ¿no?
Y, hablando de políticos, ¿no le resulta a usted curioso que se dé entre ellos con más frecuencia la falsificación de historiales académicos siendo así que no se les exige titulación alguna para llegar incluso a los puestos más altos en la dirección de los partidos?. (Hablo de otros casos, no del de Ada Colau, de la que no me consta que haya maquillado historial académico alguno; ni lo ha hecho ni lo hará).
Parece paradójico, pero puede que tenga explicación (una de mis aficiones relacionadas con los asuntos de la mente es buscar explicaciones a lo paradójico): en los ámbitos en que un buen currículum académico es esencial y serio, se vigila, se conoce, a nadie se le ocurre simular nada porque sabe que no cuela; debe ocurrir lo contrario en los ámbitos de opuestas características (si no se exige titulación hay menos titulados y mostrar un título, aunque sea falso, viste mucho; ¡ay!, y nadie se enterará).
Por último: otra ignorancia (sin la hache de histórica). Los separatistas justifican mucho la inmersión lingüística (porque les es preciso hacerlo, ¡claro está!). Una de las cuestiones que tratan de rebatir es que la juventud catalana no domine la lengua castellana (puesto que la aprenden, dicen estos “figuras de la argumentación lógica”, en sus casas y en el patio).
Tampoco me voy a poner a discutir este fácil debate; sólo criticar que osen alguna vez añadir que los niños catalanes obtienen notas de lengua castellana que son incluso superiores a la media de otras regiones españolas (darían ganas de escolarizar en catalán a los niños de toda España, para que dominasen esa lengua y mejoraran su conocimiento de la castellana).
Pero, como usted adivina, eso no es así; y, como los ejemplos son numerosos, pondré aquí… no los de jóvenes entrevistados por las calles catalanas, ni los de personas mayores, ni los de locutores de emisoras en catalán. Esta misma semana, he tenido ocasión de escuchar a sendos locutores de TVE (‘E’ de ‘española’) en Cataluña decir “destinación” en lugar de “destino” (para aviones, trenes…) y, sin embargo, “conversa” (en lugar de “conversación”). Creo que en muchos casos basta un botón, para esta muestra aquí tiene usted dos, saque sus conclusiones.
Y… ¡oh, casualidades de la vida!, cuando estoy a punto de concluir este corto artículo de hoy con tanta cuestión gramatical, me llega por whatsapp la foto de uno de esos azulejos graciosos, blancos con letras azules, que acaban típicamente en terrazas de apartamentos de playa y que dice así: “Gilipollas no lleva tilde, pero se acentúa con el tiempo” (no hubo espacio en el azulejo para añadir: “… sin ánimo de insultar”). Adivine usted ahora, si estoy pensando en alguno de éstos mis párrafos y, si es el caso, en cuál (o cuáles) de ellos. Hasta la próxima semana, sea todo lo feliz que pueda.
Por Ángel Mazo
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