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El Catalán Opinión

11 de septiembre: la unión no se proclama, se practica

El Govern de Salvador Illa ha escogido para esta Diada el lema "Tot el que ens uneix".

Por Héctor Amelló
viernes, 11 de septiembre de 2026
en Opinión
5 mins read
Foto: Ciutadans

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Después de demasiados años en los que en Cataluña se ha hablado más de lo que nos separaba que de aquello que compartíamos, que la Generalitat quiera poner el acento en la unión puede parecer una buena noticia. Si no fuera porque al PSC ya le conocemos.
Algunos llevamos muchos años reivindicando esto. Algunos lo hicimos, además, cuando no era tan fácil. Cuando Cataluña estaba dividida en bloques y parecía que había que escoger constantemente entre ser catalán o español, entre una bandera u otra, entre una lengua u otra. Ciutadans nació precisamente para decir que esa elección era falsa. Que se podía ser catalán, español y europeo sin pedir perdón por ninguna de las tres cosas.

Pero después de las palabras vienen las políticas. Y ahí es donde el discurso del Govern empieza a hacer aguas. Porque la unión no se proclama; se practica. No podemos hablar de una Cataluña de todos y seguir aceptando la idea de que existe una manera más correcta que otra de ser catalán. No podemos presumir de pluralidad mientras las instituciones continúan tratando nuestra realidad lingüística, cultural o identitaria como si una parte de ella tuviera que ser protegida de la otra. Y tampoco podemos hablar de convivencia mientras se mantienen políticas heredadas de décadas en las que el nacionalismo consiguió imponer buena parte de su marco al conjunto de la política catalana. Ese ha sido, a nuestro juicio, uno de los grandes errores históricos del socialismo catalán.

El PSC no es, ni en sus estatutos ni en su definición política, un partido independentista, pero actúa como ellos. A la hora de gobernar Cataluña ha pactado una y otra vez con el nacionalismo, asumiendo su marco y reforzando sus postulados. No ha sido un actor pasivo arrastrado por las circunstancias: ha sido un socio activo que ha cedido en la lengua, en la educación, en la política cultural y en los símbolos cada vez que le ha resultado conveniente. Y lo ha hecho de manera sistemática, no como concesión excepcional, sino como estrategia de gobierno.

Lo paradójico es que buena parte de sus propios votantes representan exactamente la Cataluña que desmiente esa idea. La Cataluña metropolitana, la de L’Hospitalet, Cornellà, Santa Coloma, Badalona o tantas otras ciudades. La de familias que llegaron de Andalucía, Extremadura, Galicia, Aragón o de cualquier otra parte y cuyos hijos y nietos son tan catalanes como quien puede contar ocho apellidos catalanes. La de quienes hablan castellano con sus padres, catalán con sus hijos y cambian de lengua tres veces en una misma conversación sin plantearse ningún conflicto identitario. Esa Cataluña no necesita que nadie le explique cómo tiene que ser catalana.
Y seguramente una de las cosas que deberíamos haber aprendido después de todo lo ocurrido durante el procés es precisamente esa. Cataluña no necesita sustituir un nacionalismo por otro. Tampoco necesita volver permanentemente a 2017. Aquellos fueron años extraordinariamente difíciles y la mayoría de los catalanes no tiene ninguna gana de repetirlos. Tenemos problemas mucho más urgentes.

La vivienda, la seguridad, unos servicios públicos que demasiadas veces no están a la altura, las listas de espera, una administración excesivamente burocrática, jóvenes que no pueden emanciparse y autónomos y pequeñas empresas que cada día tienen más dificultades para salir adelante. Es ahí donde debería estar concentrada buena parte de nuestra energía política.
Pero pasar página del «procés» no puede significar hacer como si algunas de las causas que nos llevaron hasta allí nunca hubieran existido, ni tampoco renunciar a exigir que se asuman responsabilidades. Dejar atrás aquella etapa no consiste únicamente en cambiar el tono. Exige revisar aquello que durante años se asumió como incuestionable, pedir cuentas a quienes nos llevaron hasta allí y preguntarnos si realmente representa a todos los catalanes.

Porque Cataluña ha cambiado muchísimo, y seguirá cambiando. Hoy convivimos personas nacidas aquí con catalanes nacidos en Madrid, Córdoba, Quito, Tánger, Bucarest o Roma. Hablamos catalán, castellano y muchas otras lenguas. Tenemos sentimientos de pertenencia diferentes y votamos opciones políticas completamente distintas. Y todo eso es Cataluña.

Ningún partido, ninguna asociación y ningún Govern tiene el monopolio de la catalanidad. Tampoco quienes durante años pretendieron convertir la Diada en la demostración de fuerza de un proyecto político que nunca representó al conjunto del país.
Durante demasiado tiempo, el nacionalismo quiso convertir el 11 de septiembre en una celebración exclusivamente suya. No deberíamos aceptar que lo haya conseguido.

La Diada también pertenece al catalán que se siente español. Al que habla castellano. Al que nunca ha llevado una estelada. Al que votó socialista, a quien votó a Ciutadans y también, por supuesto, a quien quiere la independencia. Pero si buscamos una fiesta que sea de todos los catalanes sin necesidad de disputársela a nadie, esa es el 23 de abril, Sant Jordi. Un día donde nadie tiene que reclamar su sitio porque nunca se lo han quitado. Porque una fiesta de Cataluña que solo representa a quienes piensan de una determinada manera deja de cumplir precisamente aquello que debería darle sentido.

Si Salvador Illa quiere hacer de la unión algo más que una campaña institucional, tiene una oportunidad: dejar de asumir que las políticas heredadas del nacionalismo son intocables. Reconocer sin matices la Cataluña bilingüe que existe en la calle. Dejar de confundir la promoción de una lengua con la imposición de un determinado modelo identitario. Y entender, de una vez, que la pluralidad no consiste en pedir a una parte de los catalanes que se adapte a la idea de Cataluña construida por la otra. Ese sí sería un cambio de verdad.
Mientras el Govern siga manteniendo las políticas que durante años han dividido a los catalanes para no incomodar a sus socios nacionalistas, las palabras de Salvador Illa sobre la unión tendrán muy poco valor. Es una cuestión de voluntad política. No se puede reivindicar una Cataluña de todos en los discursos y seguir gobernando, a la hora de la verdad, condicionado por quienes nunca han entendido Cataluña de esa manera.

Si «Tot el que ens uneix» se queda en un lema mientras las políticas siguen siendo las mismas, no estaremos ante un cambio. Estaremos ante un discurso pensado para parecer que algo ha cambiado sin cambiar aquello que de verdad importa.
Nosotros llevamos muchos años defendiendo que hay mucho más que une a los catalanes de lo que algunos quisieron hacernos creer. Pero para hablar de todo lo que nos une hay que empezar por aceptar, también desde las instituciones, todo lo que nos diferencia. No hi ha una sola manera de ser català. I tampoc hi ha una sola manera de viure Catalunya.

Héctor Amelló. Coordinador Autonómico de Ciutadans (Cataluña).

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Etiquetas: CiutadansDiadaHéctor Amelló
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