Cada 11 de septiembre, las instituciones catalanas presentan la Diada como la gran celebración colectiva de Cataluña. Sin embargo, desde hace demasiado tiempo esta jornada está muy lejos de representar la pluralidad política, cultural y sentimental de la sociedad catalana. Una fiesta oficial debería ser un punto de encuentro entre ciudadanos con ideas diferentes, pero la Diada ha quedado profundamente asociada al relato nacionalista y, especialmente durante los años del procés, a las reivindicaciones separatistas. Millones de catalanes que se sienten también españoles difícilmente pueden identificarse con una celebración en la que sus sentimientos y su concepción de Cataluña apenas encuentran espacio.
El problema no reside en que los independentistas aprovechen el 11 de septiembre para defender sus ideas. Tienen todo el derecho a hacerlo. El problema aparece cuando una determinada visión de Cataluña pretende confundirse con Cataluña entera. Ser catalán no significa necesariamente ser nacionalista, independentista ni compartir una determinada interpretación de la historia, sobre todo el relato inventado por el separatismo para justificar la Diada. Cataluña también pertenece a quienes defienden la Constitución, a quienes se sienten catalanes y españoles con absoluta naturalidad y a quienes simplemente desean mantenerse al margen de las disputas identitarias. Ninguna institución debería convertir una opción ideológica en sinónimo de identidad colectiva.
Durante décadas se ha consolidado una simbología de la Diada en la que una parte considerable de la sociedad catalana no se reconoce. Las esteladas, las consignas independentistas y las movilizaciones de carácter secesionista han ocupado frecuentemente el protagonismo de una jornada que oficialmente debería pertenecer a todos. La consecuencia es una paradoja difícil de ignorar: la fiesta oficial de Cataluña termina siendo vivida por muchos catalanes como una celebración ajena. Y cuando una fiesta institucional excluye sentimentalmente a una parte de los ciudadanos, es legítimo preguntarse si cumple realmente la función de cohesión que debería tener.
Cataluña necesita símbolos y celebraciones capaces de unir en lugar de dividir. Por eso merece la pena recuperar el debate sobre la conveniencia de trasladar la fiesta oficial catalana al 23 de abril, día de Sant Jordi. Pocas jornadas reflejan mejor una Cataluña abierta y compartida: libros, rosas, cultura y calles llenas de ciudadanos independientemente de su ideología, lengua habitual o sentimiento nacional. Sant Jordi demuestra cada año que existe una manera de celebrar Cataluña sin exigir a nadie adhesiones políticas ni convertir la identidad catalana en patrimonio de una sola corriente ideológica.
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