Artículo vigésimo primero: de secesión y derecho internacional (y II)

De nuevo con usted (muchas gracias por seguirme, por cierto) hoy voy a completar el artículo anterior, en cuyo final anuncié que empezaría comentando ciertas consecuencias de la anhelada secesión.

Si se produjera la secesión, Cataluña quedaría fuera de aquellos tratados internacionales y organizaciones a las que pertenece España (y Cataluña por ser una parte más de España). No sé si esto estará claro para todos…

Eso implica que, una vez fuera de España, Cataluña quedaría fuera de la UE, de la OTAN, de la ONU (y de todos sus organismos especializados, como UNESCO, OMS, OIT, OACI, IATA, OIT, UIT, etc., etc. –no sigo-), fuera de la OCDE, del FMI y del Banco Mundial, de la OMC… -de verdad que compensa dejarlo aquí-.

A continuación, en solitario, Cataluña habría de ir ingresando en todo ello (si fuera del interés de los sucesivos gobiernos de la Generalitat, cosa que no dudo en absoluto), con las dificultades que eso implicaría (y años de “hacer la cola que hacen los demás”); en muchos casos la membresía exige aprobación por consenso de los Estados que ya son miembros (o sea: unanimidad… cualquiera de ellos puede vetar); éste es el caso nada menos que de la UE y la OTAN; en la ONU parece más “fácil” pero sólo aparentemente porque aunque se requiere el voto favorable de sólo dos tercios de la Asamblea General, eso es después de que haya habido 9 votos favorables del Consejo de Seguridad (los 5 miembros permanentes –de los que ya sabemos mantienen posturas contrarias al secesionismo catalán- y otros cuatro más no permanentes).

Así es que también sería difícil; y tampoco ayudaría mucho ser de momento “Estado observador” y más adelante “Estado miembro” (acuérdese del caso de Palestina). Ésa es la mecánica, ésas son las reglas del juego, así es la cosa. Podría, es verdad, alimentarse (y sobrealimentarse) el victimismo de los secesionistas catalanes con tantas dificultades que se pondrían desde todas partes, pero el victimismo sólo les viene funcionando con respecto al Estado español; éste otro victimismo no sería más que una nueva versión del famoso “quien mucho abarca, poco aprieta”… y afortunadamente no habrá lugar.

Imagine por un momento, qué países podrían vetar (diré, por discreción: sin nombrarlos, que todos aquellos países que tengan también problemas de separatismo parecidos… y hay muchos…, y aquéllos que salieran perdiendo peso internacional por su nueva posición relativa en la organización…, y aquéllos que no quisieran que se incrementase el número de miembros para no dificultar aún más la adopción de consensos cualesquiera…, y aquéllos que considerasen que ya tienen suficientes problemas como para “importar” los de los catalanes, de los que –seguro- se sienten más distintos que éstos de los aragoneses, por ejemplo…

Todo eso para admitir a Cataluña como nuevo miembro de alguna de las organizaciones citadas y otras, pero… antes, bastante antes de tales ingresos, el nuevo Estado debería ir siendo reconocido por los demás Estados (algo que es el verdadero primer paso y depende sobre todo de su voluntad, para lo que sería de alguna dificultad ya alguno de los mismos puntos que acabo de esbozar); no hace falta poner como ejemplos los casos más recientes de países todavía a la espera de tal reconocimiento diplomático “para empezar a hablar” (y a contar) en el mundo; ya sé que otros lo consiguieron en su momento, pero tenían más justificación y apoyos. Y aunque un idílico oasis espere, hay desiertos que no merece la pena cruzar.

Por lo tanto (retomando también lo del artículo anterior): no existe el derecho de secesión; no es aplicable el derecho de autodeterminación (por mucho que lo asimilen a un pretendido “derecho a decidir”, que tampoco existe y ahora me voy a referir a ello); y se requiere el reconocimiento de la condición de Estado por parte de la comunidad internacional. No veo yo nada claro esto… tal vez usted me pueda sacar del embrollo. Para la RAE, los términos “camino” y “derrotero” son sinónimos; ¿cuál de los dos considera usted más adecuado para describir el rumbo a la independencia?

Voy, pues, con lo del “derecho a decidir”. El independentismo catalán lleva años insistiendo en él una y otra vez; pero no es otra cosa que un eufemismo de “derecho de autodeterminación”, que sacan de paseo especialmente cuando apelan a éste y alguien les demuestra que no es aplicable. Y también para engañar al personal, pues saben que es muy difícil que la masa renuncie a creer que tiene el poder de decidir y siempre va a estar de acuerdo.

El Tribunal Constitucional ya dijo que es incompatible con la Constitución el reconocimiento de soberanía en el pueblo catalán pues supone conferir a un sujeto parcial  de la soberanía nacional la facultad de quebrar, por su propia voluntad, lo que la Constitución declara como su propio fundamento (la indisoluble unidad de la Nación española), así que no cabe convocar unilateralmente un referéndum de autodeterminación.

El que llaman “derecho a decidir” no existe porque no está definido en ninguna parte, es otro término ambiguo más pues los catalanes llevan décadas decidiendo democráticamente quiénes han de componer el Parlament y gobernar la Generalitat. Son siempre los términos ambiguos, indefinidos, sucedáneos de otros, los preferidos para manipular al personal; le pongo un ejemplo: invocar al pueblo es tremendamente conmovedor para el corazón, pero también tremendamente inconcreto para el cerebro.

El independentista entiende por “derecho a decidir” una forma abreviada de decir: “derecho a decidir separarse unilateralmente de España, en la forma y tiempo que parezca más oportuno, dado que, por supuesto, no debiera uno estar formando parte de ella; y con o sin la anuencia del derecho internacional” (todo eso se evoca de golpe al oír el término en la cabeza del oyente independentista, aunque no lo explicite el que se pega el megáfono a la boca).

De mi muy leído Fernando Savater aprendí hace años que, en todo caso, el derecho de los pueblos a decidir por sí mismos no debiera significar que cada minoría étnica, religiosa, cultural o lingüística (que es, y ciertamente sabemos que no del todo, el caso que nos ocupa) disponga de su propio Estado independiente, sino de la adecuada protección legal por parte del Estado del que forma parte. Catalanes, vascos, gallegos y resto de españoles, la tienen; así es que hay que hacer muchas piruetas, pero muchas, para demostrar que existe opresión del Estado español; TV3 no hace siquiera muchas piruetas, simplemente hace una (absurda) y la repite incansablemente…

El mismo filósofo nos dice que, si bien en una democracia el derecho a decidir es tan intrínseco a los ciudadanos como el derecho a nadar de los peces, lo que se viene exigiendo en realidad no es tener derecho a decidir el futuro de Cataluña, sino que el resto de españoles no pueda decidir sobre una parte de España que es Cataluña, o sea: que acepte tranquilamente la mutilación de su soberanía.

Éste, amigo lector, es un expolio de tamaño más colosal que el del supuesto expolio fiscal (otra vez mi vértigo con los pareados): si todo ciudadano tiene derecho a decidir, por eso mismo ninguno puede decidir “que otros no decidan” (si en derecho les corresponde)… ¡y déjense ya de tonterías!.

También de Savater aprendí que los fanáticos viven siempre fijos en un “agraviante pasado” o en un “prometedor futuro”, y que los fanáticos catalanes que son objeto de mi columna (y sus primos vascos) todo lo hacen “en nombre del pueblo”, entidad que no parece sino que siempre ha de tener un apellido regional para hacerse respetable…

Y, hablando de futuro, una pregunta ahora de gramática castellana: en la oración “Antes de que nos demos cuenta, el independentismo habrá fracasado”, ¿cómo se denomina el tiempo verbal (una forma compuesta puesto que emplea el auxiliar haber) empleado con el verbo “fracasar”?… tic, tac…, tic, tac… ¡correcto, se trata del futuro perfecto!.

Aquí el enlace al artículo anterior. La semana próxima trataré de “nuestros chicos”, alguno de ellos experto en gramática (pero “parda”).

Por Ángel Mazo

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