Artículo sexagésimo: Un Dios a medida

En alguno de mis artículos se habrá notado la perplejidad que me produce el hecho de que algunos personajes públicos catalanes (por fortuna catalanes, por desgracia públicos) abiertamente se confiesen cristianos-católicos e independentistas a un tiempo. Puesto que a mi mente toda perplejidad le genera incomodidad, trato de aliviarla de inmediato. Una parte de ella, me susurra presuntos paralelismos con la España de 1808 y siguientes, pero la otra resuelve con igual inmediatez y cuatro consideraciones que, por sencillas, veo innecesario repetir aquí. No me queda, pues, otro remedio que ir más lejos y se me ocurre que puede ser buena idea acudir a las fuentes.

De las fuentes del nacionalismo ya he tratado muchas veces de forma general y, en varias, de forma específica. Me falta pues, ir a las del cristianismo para buscar compatibilidades entre ambos (que corrijan mi desconcierto) o incompatibilidades (que reafirmen mis convicciones). Errado o no, tendré sosiego. En base a tales confesiones, es procedente indagar en las páginas del Nuevo Testamento, y voy a intentar ser aséptico, ni crédulo ni irrespetuoso.

Podemos reflexionar sobre cómo un judío de Tarso, fariseo según él mismo, persigue a los primeros cristianos y presencia la lapidación del protomártir San Esteban, pero se convierte, acaba siendo “el apóstol de los gentiles” y predicando la no necesidad de la circuncisión (tan en relación con el “hecho diferencial” del pueblo judío, el que se sabe “elegido de Yahvé”; operación que se hace más abajo del ombligo pero suficientemente cerca, lo digo para que usted me entienda…). Persecuciones, insultos, escraches, azotes, amenazas, muertes, son pues corregidas finalmente por un enorme abrazo a cualquier miembro de cualquier pueblo extranjero, o considerado así por los integristas radicales de Judea.

Las propuestas de San Pablo, de innegable e inmensa huella en la civilización occidental, están abiertas desde el principio a todos los hombres, pueblos y culturas como una primera globalización; es la universalidad del Reino de Dios (siglos después se dirá que “católico” significa “universal”). La libertad de cada persona, su dignidad, la igualdad de todas, el sentido de caridad y de justicia, el bien común… Otras partes de su discurso (contextualizadas o no) podrán gustar menos; no pretendo analizarlas ahora (allá cada uno con su fe); pero es que, como he dicho al empezar, hablo de la fe que confiesan esos personajes paisanos míos (aunque de modo general, pues en estos matices no osan entrar –claro está-).

Hay dudas sobre si Pablo tuvo o no ciudadanía romana, si estuvo en Roma o es leyenda, incluso si visitó Tarraco (según Wikipedia, lo cree altamente probable un decano de la Facultad de Teología de Cataluña; claro que también hay quien afirma que el propio Jesús era menorquín). Lo que está fuera de toda duda es que San Pablo fue un judío de carácter universal una vez abominó de su judaísmo de carácter cateto.

Pero para universal, Jesús de Nazareth. También desde la razón. Figura excepcional incluso para el ateo más descreído. Origen (se arguye que con San Pablo)  de una religión de la importancia del cristianismo o, como mínimo, de una revolución moral fundamental en la historia de la humanidad; ningún mago ni filósofo ha logrado tan colosal influencia.

No es probable que fuese crucificado por predicar preceptos morales, muchos de los cuales se recordaban en las propias sinagogas. Algo más diría. Algo gordo que no convendría al poder político (y eso que su reino no era/es de este mundo). Y debió ser el poder político judío, porque los romanos eran generalmente tolerantes con las religiones que se iban encontrando, por el “Dad al César lo que es del César…”, por la despreocupada aproximación del centurión, por la actitud de Poncio Pilatos, por la facilidad con la que sofocarían un conato de alzamiento local, porque nunca habían ido a por Él…, etc.

Sin fe, es difícil saberlo por fuentes de hace dos mil años, y lo sería también si fueran menos porque la muerte siempre “perfecciona” aun al muerto más perfecto y se desvanecen sus defectos para aquellos que aún le quieren o que le respetan; cuanto más si hay intereses, aunque sean “santos”, y/o posibles tentaciones de fabricar leyendas. Hasta cuando se habla de hechos recientes, es difícil que dos relatos de distinto origen coincidan exactamente.

¿Por qué fue condenado a morir crucificado (plan de Salvación/Redención aparte)?. Podemos especular (y encontrar argumentos a favor y en contra) sobre su postura ante la integridad de la Ley (de tanta importancia entre judíos –sobre todo zelotas- y samaritanos), el sentimiento de que las profecías se cumplirán cuando llegue el momento pero que nunca es ahora, el de que habrá un Mesías pero que no puede ser éste (el hijo del carpintero), la “blasfema” manifestación de poseer una naturaleza divina, sus chocantes ideas acerca de la resurrección del cuerpo o la inmortalidad del alma, la proximidad del fin de unos tiempos que no convendría a los dueños del poder político contemporáneo que acabasen…

A mí me ha parecido siempre como la razón más probable, la falta de control sobre las multitudes de discípulos que le seguían, eso pone nervioso a cualquier gobernante en cualquier época. (Lea algo, si no, sobre tantos casos de la Inquisición sospechando sobre las vidas y obras de grandes santos de la Iglesia). Seguramente, cuanto más predicaba más controvertido parecía al poder. Pudo haber temor a consecuencias imprevistas, o a una reacción romana inconveniente; está claro que no hubo crimen ni delito manifiesto, no encontraron ni Herodes ni Pilatos cargos como -por ejemplo- incitar a una rebelión… sin embargo, a pesar de todo, sabemos bien que fue condenado.

Nos quedaremos sin saber por qué se le condenó, y con la aquiescencia de las masas, ya que ningún otro odio desatado en aquel lugar y época parece aplicable ni suficiente para ello. Ni el que se tenía a los publicanos por los impuestos que cobraban, ni a las adúlteras y rameras por razones obvias, ni a los samaritanos por mera xenofobia. De todos ellos era amigo, con todos ellos se mezclaba. Pero mire, ya que estamos, déjeme repasar lo que decía de los samaritanos el judío Jesús, pues tal vez  le sea útil a algún paisano-cristiano-sensato para trasladarlo a nuestros días y aceptarlo en forma de lección-moral-providencial.

“En aquel tiempo”, Palestina estaba dividida básicamente en tres provincias, de norte a sur: Galilea, Samaría y Judea. Los samaritanos parece que eran menos avanzados de lo que los judíos se creían a sí mismos, o con esa idea me he quedado. Tal vez por eso los primeros eran tratados con extraordinaria dureza por los segundos, ya sabe usted…. Les odiaban más que a los extranjeros paganos, también sabe ya usted… Hasta el punto de que estaba prohibido comer con ellos: consideraban un trozo de pan samaritano como un pedazo de la prohibidísima carne de cerdo…

Sin embargo, al judío Jesús le vemos tratarles con consideración y cariño; incluso con preferencia respecto a los judíos ortodoxos. Jesús levitaba por encima de todos aquellos sentimientos que hoy llamaríamos xenófobos entre vecinos; por lo que sabemos: sobre todo, los de “su lado de la frontera”. Samaritano era el único agradecido de los diez leprosos curados (“tu fe te ha salvado”), samaritano era el que se compadeció del hombre robado y azotado (“ve y haz tú lo mismo”). Bien se ve que, para Jesús, el agradecimiento y la caridad no se ejercita sólo con el prójimo correligionario (como hacían los judíos) sino sin distinción de fe u origen geográfico; un concepto “transversal”, diríamos hoy, de fraternidad y piedad (y “verdadero”, habría que decir siempre).

Samaritana era la mujer (“arrejuntada” con otro, tras cinco maridos) a la que pidió que le diera de beber; extrañada, pues no se trataban unos y otros,  mantuvieron una conversación en la que ella le echó en cara que los judíos como Él afirmasen que era en Jerusalén donde se debía adorar; pero aprendió enseguida que lo importante de la adoración no es el lugar sino el modo: en espíritu y en verdad (un culto puro, auténtico, sin fechas ni lugares, sin tiempos ni geografías).

Conclusión: hoy por hoy, no he encontrado ni en Jesús ni en San Pablo, etc., pista alguna para comprender los maridajes que hacen algunos entre cristianismo e independentismo. “En verdad en verdad os digo” que sí sé de abundantes casos de clérigos y monjas, sean o no personajes públicos, que frecuentemente nos dan la murga con el independentismo. Recuerdo, además, a uno de ellos que en el colegio nos instruía sobre la inconveniencia de hacernos con “un Dios a medida”. Nunca estuve más de acuerdo, ni más agradecido por tan vital lección.

Por Ángel Mazo


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