Artículo sexagésimo segundo: Azaña sabía de esto

El alcalaíno Manuel Azaña, Licenciado en Derecho, fue Presidente de la Segunda República Española (1936-39), después de Niceto Alcalá Zamora (1931-36). Durante la presidencia de éste, había sido Presidente del Gobierno y Ministro de la Guerra (1931-33).

Fue, por tanto, ocupando estos cargos cuando vivió la famosa “sanjurjada” de 1932, un primer alzamiento militar contra el nuevo régimen cuyo fracaso hizo pensar a más de un ingenuo que era el último alzamiento militar que iba a producirse, y es que para aprender de la historia (y no repetir lo que no procede) hay que echarle cierto sentido común y mirada larga, cosas que van juntas y de las que pensamos que carecen los demás mientras nosotros las poseemos en abundancia; los humanos somos así… tanto los catalanes como los no catalanes.

Lo de “sanjurjada” viene del apellido del general Sanjurjo, un oficial de las guerras de Cuba y Marruecos, laureado en 1914, que se ganó la confianza de Azaña y otros de su gobierno ya al proclamarse la II República, que llegó a teniente general, y al que se le permitió simultanear los puestos de Director General de la Guardia Civil y Alto Comisario en Marruecos, etc. pero que acabó conspirando, siendo apresado, sentado en el banquillo de los acusados y condenado a muerte.

Su posterior amnistía en 1934, ya durante el bienio que fue llamado “negro” por los unos, provocó graves enfrentamientos de los unos con los otros, la dimisión de Lerroux como Presidente del Gobierno, etc. Pudo Sanjurjo haberse puesto también al frente del golpe de 1936, pero dos días después del 18 de julio, falleció a causa del accidente que sufrió la avioneta que había de traerle desde Estoril. Estas historias (también otras que no vienen hoy al caso) suelen acabar mal, de una u otra forma pero mal…; tanto en Cataluña como fuera de ella; repase la historia si no está de acuerdo y acabará estándolo.

Escribo todo esto porque parece que mañana empieza un proceso que, prometen, será interesante y largo, y que yo creo que, además, promete él mismo estar lleno de incomprensión, de astucias, de traiciones, de mentiras, de hipócritas posturas, ¡qué sé yo!. Un proceso que juzgará no las ideas (ninguna), no las expresiones (casi ninguna, seguramente), sino los hechos atribuibles a los acusados, delitos de los que habrán de responder quieran o no quieran. Un proceso judicial que no es el proceso político (“el procés”) que ellos querían ir desarrollando impunemente porque creía una parte estar en posesión de la verdad y la otra que todo les sería permitido sin más. Pero… ni torpeza ni ingenuidad, menos aún aliadas, pueden conducir a nada bueno, debieron haberles enseñado en su momento sus padres y maestros.

Será largo el proceso, dicen todos cuantos saben de esto; entre otras cosas, porque las defensas actúan de forma tal (apuesto a que deliberada) que se dilatará todo mucho. Largo porque habrá gallardía de muy pocos (también apuesto algo a que sé quiénes) y de nuevo tratarán “los astutos chulitos de ayer” parecer “los tontos inocentes de hoy”, sólo obedecían mandatos populares, no instigaron nada, no sabían muy bien lo que hacían, parecía todo tan lógico, tan legal, tan democrático, más bien fue cosa de los voluntarios y era imposible pararles, los papeles que llegaban de Madrid expresando prohibiciones no eran del todo comprensibles y daba vergüenza preguntar, nada hubo que pudiera producir violencia (la violencia fue otra)…, bueno, no sigo. Si quiere usted estar en condiciones de vaticinar las declaraciones de la gran mayoría de acusados, siga unos días con atención la programación de TV3 y estará en las mejores. O repase artículos anteriores de esta serie (en particular: 4, 5, 8, 9, 10, 13, 16, 20, 21, 27, 30, 43, 49, 53, 61… no será por falta de descripción…), y acabará en las mismas condiciones pero en menos tiempo.

Será largo el proceso, pero opino que es bueno que empiece cuanto antes. Nada con carácter provisional debiera prolongarse en el tiempo más allá de lo estrictamente imprescindible; cuanto antes empiece, antes terminará.

Y escribo todo esto no sólo porque el proceso va a empezar por fin, sino porque tienen mucho valor -por sí mismas y por la oportunidad- las palabras que dirigió Azaña a sus compañeros diputados mientras el general Sanjurjo, detenido por guardias civiles –sus antiguos subordinados-, estaba siendo trasladado desde  Ayamonte a Madrid (curiosamente, poco más o menos la misma distancia que ha recorrido el otro día “un benemérito” furgón desde Cataluña).

Voy a transcribir literalmente enseguida lo que dijo Azaña; obvie usted su opinión personal sobre la II República, tenga en cuenta el contexto, observe la pertinencia del caso pensando en los escasos gallardos a que me he referido, y compruebe la coincidencia de la opinión de Azaña con los aspectos mentales, tan centrales en esta serie de artículos. Dijo: “Lo peor del caso, señores diputados, es que hay gente de elevada posición social o política o de jerarquía que puede llegar a creer de buena fe –su capacidad no alcanza a más- que es posible que en un régimen legal, jurídico, noble y moralmente establecido, un funcionario del Estado, abusando de las fuerzas que temporalmente tiene en sus manos, pueda intervenir en la vida pública, causar una perturbación hasta cometer un crimen de orden político y creer sinceramente que no ha hecho ningún mal, pues su afán ha sido ser útil al país. Lo malo es que hay quien lo cree de verdad, lo que demuestra que algunos viven en un estado de inadaptación política, con atrasos intelectual y mental. El efecto político sería éste: pretendiendo salvar a la patria, hundirla; pretendiendo establecer un orden que ellos son los primeros en infligir, abrir el camino a algo ciertamente peor, a una restauración o a una dictadura de la espada”.

“Nihil novi sub sole”, que significa “nada nuevo bajo el sol” bien traducido del latín. Lo que hay bajo el tecnicismo de “procés” no es más que una mala traducción de siglos pasados; insisten algunos en que no es un golpe de estado porque eso lo hacen militares. Pero no es otra cosa que un golpe de estado una declaración solemne del Parlament del “inicio de creación del estado catalán independiente en forma de república” (¿a quién creen estar engañando?); Malaparte lo definió como una operación ilícita, hecha por instituciones de poder contra el poder legítimo, dirigida a alterar o modificar la estructura del Estado (como señala Freixes, en esa dirección apuntan también Meyssan, Sharp y cualquiera que posea sentido común y carezca de cinismo).

Ejemplos de golpes de estado, más o menos “palaciegos”, en la historia los hay a porrillo, sólo hay que saberlos; al interés del rey felón, por citar un caso, le salió mal la conjura de El Escorial y bien el motín de Aranjuez, pero ya digo que los hay a montones. Solemos acudir a la imagen de los pronunciamientos militares, pero sin asumir que los primeros, los del siglo XIX, liberales progresistas al principio y liberales moderados luego, salpicados con otros carlistas, etc. constituían la única forma práctica de cambiar las cosas al no haber aún elecciones democráticas o ser deficientes después, y no los ejecutaban los ejércitos sino militares con nombre y apellidos, siempre animados por políticos, con algunas de sus fuerzas, y sin volver a las filas luego, como hombres de partido (del concepto de partido que había entonces), y con la diferencia fundamental con respecto al XX de que nunca se pretendió suplantar un régimen civil por un directorio militar.

Hay quien toda la historia que sabe es la de 1714 y, encima, mal. Azaña sabía bastante más y, seguramente, opinaba que “nihil novi sub sole”.

Por Ángel Mazo


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