Artículo quincuagésimo séptimo: la falsa bonhomía

Todos los días nos llegan noticias, muchas. Nos llegan por distintos medios y los hechos a que se refieren suelen venir ya “interpretados” de alguna forma, según el medio. Mi mente, siempre inquieta, trata de sobreponerse a tan sabida circunstancia y, a continuación, tiende a clasificarlas según la importancia que ella cree que tienen y, por lo que observo, lo hace en base bien a las consecuencias que pueden derivarse de los hechos en cuestión si son notables, bien al carácter de síntomas –que a veces cree que tienen- si corresponden a fenómenos relevantes. Y es que –según me informa- hay cosas que suponen poco pero indican mucho, por lo que casi le dan más que pensar. Terminada esta tarea, opta por archivar tales noticias debidamente o desecharlas, porque ya le van cabiendo pocas cosas nuevas en sus estanterías (cada vez más abarrotadas pues la edad las va menguando, simplemente).

Hace pocos días leíamos que, en San Cugat, en el portal de la casa de un conocido juez, dos jóvenes de Arran encapuchados vertieron unos litros de pintura amarilla. Este hecho no constituye un golpe de Estado ni siquiera una amenaza de ello, no ha sido un problema de urbanismo ni de salubridad pública, y ya está limpio del todo, pero sugiere bastante, da que pensar… Y eso de que da que pensar es innegable, basta observar que ha habido cantidad de reacciones, como éstas:

La de Torra, quien anima de vez en cuando a los CDRs a “apretar”; ha consistido en condenar “todo acto de violencia” (los obispos vascos y navarros ya han pedido perdón por haber dicho parecidas cosas y haber tenido otras complicidades con el terrorismo de ETA; -esto no lo es-) y rápidamente aprovechó Torra la ocasión para decir que tampoco es admisible pasar en la cárcel ni un solo minuto por dar la voz al pueblo. Él imparte justicia, reparte culpas…, no sé si querría que pronto fueran penas (¿con los CDRs como verdugos?); se ve que no puede controlar ciertas reacciones.

He buscado sin éxito otra reacción -de signo contrario- que al parecer ha habido. Alguien ha debido comparar esta actuación nocturna con las famosas noches de los cuchillos largos o de los cristales rotos, y lo he sabido (crédito de la publicación aparte) al leer en un medio independentista “la reacción a tal reacción”, diciendo que el símil es desmesurado y rasgándose a continuación las vestiduras por la falta de respeto a los cientos de inocentes asesinados por los nazis en esas ocasiones (días después, se han convertido en defensores también de los indios estadounidenses masacrados… son los extraños compañeros de cama que hace la política…).

La comparación “nazis-lazis” parece, desde luego, un tanto exagerada sobre todo si no se tiene en cuenta la proliferación de señalamientos, ya diarios, a que estamos asistiendo en Cataluña, como tampoco se tuvieron en cuenta en Alemania a punto de comenzar la II Guerra Mundial, los marcajes de viviendas y negocios cuyos propietarios serían víctimas efectivas de los nazis poco después. Esos medios no tienen en cuenta estas cosas, y ponen el grito en el cielo si lo hacen otros. (Por cierto: salvo Teresa Freixes y alguno más, pocos hablan del muy significativo y peligroso parecido que tuvo la aprobación por el Parlament el 7 /9/2017 de la “Ley de transitoriedad jurídica” con la “Ley habilitante” de Alemania en 1933, por la que dejó de existir la República de Weimar y quedó libre  el paso al régimen nazi; los cuchillos largos y los cristales rotos vinieron después, todo tiene su proceso…).

Yo, en estos casos, suelo admitir la parte de razón que llevan los escandalizados, pero también suelo recurrir a la imagen del tobogán: ciertamente, no es lo mismo estar arriba que abajo, pero esparcir aceite y ponerse a tontear en la parte alta con las manos levantadas y el culito en el mismísimo borde, es del todo imprudente por dónde y cómo puede acabar uno. Las tragedias humanas causadas por humanas perversiones no suceden de la noche a la mañana; las noches famosas por sus cuchillos o cristales son como esas explosiones que parecen repentinas por lo brusco de su aparición, pero si liberan energía es porque alguna presión se ha ido acumulando lentamente hasta que se ha hecho excesiva.

También hace muy poco leíamos que, en Torelló (mi comarca otra vez), algunos radicales separatistas reventaron un acto de un partido constitucionalista impidiendo que sus propuestas llegasen a la ciudadanía. En esta ocasión la condena de su alcalde fue tan cuidada como ligera, consistió en decir que cree que los que llaman “unionistas” no han acabado de entender que todos, y ellos también -gusten o no al alcalde-, formarán parte de la república que están construyendo; que hay que ignorar el escrache ¡vaya!. Ignoró él también, por cierto, que se trataba del partido que mayor número de votos y escaños ha obtenido en las últimas elecciones catalanas, y lo trató como algo residual, de la ultraderecha, que no hay más remedio que soportar…, como “un castigo que le manda el Señor al alcalde”.

Admitir que personas que no gustan “disfruten” del proyecto propio y condenar la violencia de “algunas personas impropias del proyecto propio”, incluso desde las medias tintas como hacen estas autoridades (tenemos las autoridades que nos merecemos), son muestras de bonhomía que se supone que, encima, deben agradecer los demás (víctimas incluidas). El diccionario de la RAE dice que bonhomía es afabilidad, bondad, honradez… lo que no dice, claro está, es que puede haber bonhomía falsa desde el momento en que puede haber falsa afabilidad, bondad, honradez… (para eso tiene otras entradas, como: hipocresía, santurronería, fingimiento y retorcimiento).

En mi artículo undécimo hablaba de “microdesconexiones”, y venía a decir que con anterioridad a la ejecución (¡menudo término!) de la sentencia de “muerte civil”, los miembros de los pelotones secesionistas muestran también síntomas de esa bonhomía al apropiarse del papel de guardianes de la armonía familiar, la amistad, el afecto en la comunidad educativa, el buen ambiente del equipo deportivo o grupo de whatsapp, etc. y, cuando creen que procede, disparan repentinamente su hostilidad y zanjan el tema (como venían advirtiendo a su víctima que no convenía que hiciera ella). O sea, que lo que vengo a decir hoy es que ya estamos acostumbrados a parodias como ésta. Se ve que es posible (e incluso frecuente) ser supremacista y mostrar bonhomía; por muy imposible que sea sentir ambas cosas a la vez (“O soplo o chupo”, le oí decir a un argentino).

Si al final del saco de la paciencia de mi colegio había un palo, al final del tobogán de la bonhomía hay un “tiro de gracia” para abreviar el sufrimiento de la víctima. Sentarse en el borde de arriba es como poner la bala en la recámara. Pero me dicen que tal cosa no es delito mientras no dispares a dar; y que echar un papel en una caja de plástico tampoco es delito; de hecho: casi nada lo es. ¡Ancha es Cataluña! (una expresión que, en referencia crítica y sarcástica, se ha venido diciendo de Castilla para significar la posibilidad de hacer cualquier cosa impunemente y con desvergonzado libertinaje).

Muchas gracias, querido lector, por haber llegado conmigo hasta aquí semana tras semana durante algo más de un año; no sé sobre qué aspectos podría seguir insistiendo. Tal vez (con menor frecuencia) volvamos a reflexionar juntos; sobre todo si siguen sin hacerlo quienes deben… hablo de los unos y de los otros… Gracias por su paciencia al leerme, y por su generosidad al distribuir mis consideraciones sobre la higiene mental que tanto echo de menos; reciba un fuerte abrazo.

Por Ángel Mazo


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