Artículo quincuagésimo segundo: “no me da miedo”

De aquel amigo separatista (o más bien: de aquel separatista que una vez fue mi amigo), el del artículo undécimo, no he vuelto a contarle nada a usted; sepa que le contesté a vuelta de correo con una cariñosa carta, en tono conciliador, de esmerado contenido intelectual, aséptico, sin demostrar que me di por enterado de que -con otras palabras- me había llamado “facha”, etc. Pero su respuesta fue demoledora, desproporcionada, desconsiderada (demostró no conocerme en absoluto ni importarle un pimiento), una incomprensible e inesperada sarta de salidas de tono, chulerías, ironías… y alguna post-verdad, con todo lo cual volvió a clasificarme –de facto- como “facha”. Me quedó clarísima su opinión. Opté por no contestar, y de esto hace ya bastantes –demasiados- meses.

Así pues, como ya voy ganando cierta “antigüedad en las filas fascistas”, he creído oportuno aumentar mis conocimientos sobre el fundamento y desarrollo de la ideología a la que parece ser que pertenezco. Investigando en diversas fuentes (sobre todo extranjeras para no verme demasiado limitado por opiniones locales) he podido concluir que, aunque asociamos el fascismo al s. XX, muchos autores coinciden en que empezó a gestarse ya en el anterior, y que, aunque revistió diversas formas según los países en que iba apareciendo, pueden rastrearse ciertos rasgos comunes que ayudan a definirlo.

Parece procedente recordar que a finales del XIX, el clima intelectual en Europa estaba enrarecido; el nacionalismo tomando fuerza, el socialismo y el conservadurismo “en sus trece” y, en medio, un liberalismo debilitado y menos optimista, que había progresado de forma desigual y que no estaba resolviendo adecuadamente la tensión entre libertad e igualdad, por más que –junto con la fraternidad- fueran recordadas a menudo en muchas partes. Algunos –los fascistas- se rebelaron contra él porque entendían que la fe en la diversidad y el pluralismo no habían llevado sino a inestabilidad y adocenamiento. Comenzaron, pues, a sustituir las ideas liberales por otras centradas en la nación y la raza, en su fuerza y su instinto; y así, el pensamiento-racional-ilustrado-individual-liberal dejó el puesto a la fuerza-irracional-totalitaria-racista-estatal. Miedo me da…

No hace mucho hablé del mono de Darwin. Son muy célebres sus teorías acerca del origen de las especies y su evolución natural a causa de la necesidad de sobrevivir. Él no era racista y sí contrario a la esclavitud, y no podría ni imaginar que, después de su muerte -en 1882-, empezaría a tergiversarse su conocimiento y acabaría en lo que luego se llamó “darwinismo social” (las personas son irracionales y amorales, luchan instintivamente por su supervivencia, lo logran sólo los pertenecientes a las razas –como las especies- mejor dotadas, etc.). Esta equiparación del hombre con la bestia irracional (¿le recuerda a algún president?) era la antítesis del liberalismo, que atribuía la conducta humana a una elección racional, positiva y deliberada. Comienza el mito de la raza (como usted bien sabe, sobre todo comienza el de la raza aria pero hay más…). El nacionalismo siguió recordando que si el individuo tiene un alma única e inmutable, también la tiene el pueblo (Volkgeist), y hay que liberarla como sea; el alma alemana, se sentía entonces humillada por Francia y dotada de una natural superioridad sobre cualquier otra (no sé si traducir “Volkgeist” por espíritu del pueblo, que es lo correcto, o por “hecho diferencial” para expresarme mejor ante usted). Miedo me da.

Con esto llegamos a las crisis económicas (¡vaya por Dios, siempre tan oportunas!… -o ¡tan oportunamente aprovechadas…!-) de entre las dos guerras mundiales, ya en el s. XX. El fascismo sigue viendo al individuo totalmente subordinado a la nación; en Alemania con obligaciones respecto a la supremacía de la raza (el Estado es, más que un fin, un medio para garantizar los intereses del pueblo, según Hitler); en Italia, más subordinado al Estado (“Todo para el Estado, nada fuera del Estado”, según Mussolini). Por aquí cerca y hace nada lo que se ha oído es: “Todo por el futuro nuevo Estado europeo”. Miedo me da.

No me resulta difícil entender que los “socialdarwinistas” rechazasen el liberalismo, el igualitarismo, el internacionalismo, la paz mundial, el mestizaje… (ya hablamos un día de Gobineau y Chamberlain; éste último creía que eran perversiones contrarias al orden natural). Había una especie de “jerarquía” natural entre las razas y, dentro de ellas, también entre los más dotados. Claramente, observaban la existencia de una desigualdad endémica en la sociedad y veían necesario mantenerla, en contra de las ideas liberales, y para ello habían de movilizar al pueblo como una masa instintiva e irracional, apelando directamente a sus sentimientos y emociones. Miedo me da.

El progreso no estaba en el liberalismo sino en manos de los más fuertes entre los de la raza de los más fuertes. Mussolini quiso sintetizar fascismo, nacionalismo y socialismo; y puso el acento en el Estado (estatismo). Hitler denominó los aspectos “socialistas” de su nazismo como “la nacionalización de las masas”, y se centró en la supremacía de la raza aria. Führerprinzip (autoridad y responsabilidad absolutas de una única persona –él-) y Lebernsraum (más espacio vital para Alemania). Miedo me da.

De cómo pueden acabar estas cosas no necesito decirle a usted nada. A veces no acaban tan trágicamente pero por poco: Mosley fundó en el Reino Unido, en 1932, la BUF (Unión Británica de Fascistas) y abogaba por encontrar una “solución final” al problema judío deportándoles a una patria artificial en algún lugar inhóspito del mundo si mostraban conducta antibritánica, o permitiéndoles quedarse “como ciudadanos de segunda”. De haber triunfado un régimen fascista en aquel país, quizá habría habido más holocaustos. Miedo me da.

Bueno, pues eso… que, volviendo al caso del que fue mi amigo, el fascismo es más rastreable en sus cartas que en las mías (ya ninguna más). Me da miedo, sí, pero en realidad ¡poco o muy poco!, porque a lo que tengo yo miedo es a no saber, a no entender, a sentirme desorientado. En este tema, cada vez tengo las ideas más claras: ¡el facha es él!

Por Ángel Mazo

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