Artículo decimotercero: de construcción nacional y artificial

A veces es difícil distinguir entre una mente normal y otra patológica, pero puede intentarse empezando por admitir que las enfermedades mentales existen (con mayor o menor gravedad) y, luego, observar si existe dificultad para separar fantasías de hechos, si se producen comportamientos dañinos, etc. Conviene alternativamente ponerse en el lugar de la mente analizada y tomar cierta distancia de ella, como el que enfoca una lente. Esto es difícil de hacer desde la propia mente afectada, más aún: a mayor tamaño de los problemas que la aquejan, menor conciencia suele tener de su existencia (mayor es la posible anosognosia que mencioné el otro día: el paciente niega que sufre una enfermedad como mecanismo de defensa para no afrontar una situación que le resulta demasiado exigente). El único modo de hacer un buen análisis es recurrir a los síntomas y basarnos en ellos como basa el piloto su fe en las mediciones de los instrumentos de su cabina, consciente de que sus sensaciones corporales pueden estar equivocadas por las circunstancias del vuelo.

Ver el mundo de forma racional y realista proporciona emociones más sanas que si nos aferramos sólo a deseos (wishful thinking) y otros sentimientos, por humano que esto sea, como veíamos en el artículo anterior. La actitud que hace expresar cosas como: “Sé lo que me dices, pero es que yo lo siento de otro modo” equivale a decir “confundo sentimientos y deseos con realidades pero así es como soy feliz y lo demás no me importa, ni siquiera me importa la factura que esto acabe pasándome a mí mismo”. Para mí que esto es ya “acrasia intelectual” (sería como una anosognosia consciente), pero para que se me entienda mejor, lo compararé con la típica reacción de las personas anoréxicas (que, por cierto, son muchísimas menos) ante los avisos médicos o familiares: “Ya sé que me ves sumamente delgada, pero yo me veo gorda y eso es lo que cuenta; así es que seguiré sin comer”.

Ejemplos como éste de la anorexia nerviosa ayudan a entender un poco ciertos comportamientos sociales de los independentistas catalanes como los que les llevan a seguir creyendo y opinando contra la realidad que desautoriza sus creencias, y a seguir actuando (y votando –hace sólo un mes, por ejemplo-) en el mismo sentido que ya se ha revelado inadecuado por contraproducente (no me meto hoy en cuestiones de ilegalidad).

Cualquier sentimiento –por humano al fin y al cabo- es comprensible, aunque sea infundado o exagerado, pero a condición de que sea un sentimiento sobre algo real, no artificial. Tal vez los sentimientos de los independentistas se hicieran menos exagerados y crispados si reflexionasen mínimamente sobre la artificialidad de los procesos de construcción nacional de los que ha sido testigo la historia en los últimos doscientos años. De ello han escrito muchos autores de talla indiscutida; por no alargarme, pondré como ejemplos sólo cuatro libros muy fáciles de encontrar, de autores contemporáneos y naciones europeas distintas: “Mater dolorosa” y “Dioses útiles” (de Álvarez Junco), “La construcción de las identidades nacionales” (de Anne-Marie Thiesse) y “La invención de la tradición” (de Eric Hobsbawm).

Los tres coinciden en que en el s.XIX se inició en Europa una etapa de frenética afirmación de identidades nacionales que implicó la invención de mitos legendarios (falsa o dudosamente históricos, y siempre centrados en momentos de máximo esplendor en que se disponía de espacios y potencialidades que luego fueron ilegítimamente arrebatados), símbolos diferenciadores (escudos, banderas, himnos, festividades, monumentos, deportes, música popular…) además de fronteras físicas, asuntos de lengua y literatura, incluso aspectos pretendidamente biológicos, etc., todo ello en aras a conseguir o asegurar soberanía política sobre la población de determinados territorios. Moldeadas estas marañas por élites intelectuales, los políticos las hicieron populares dando así lugar a movimientos nacionalistas masivos por doquier.

Álvarez Junco pone su énfasis en que las identidades nacionales son construcciones hechas a lo largo de la historia, por numerosos hechos y factores, mucho más contingentes que estructurales, y no debidos a designios divinos ni espíritus milenarios. Que los pueblos no son naturales ni inmutables. Que la identidad nacional es una más de las componentes del individuo, sólo que la única capaz -en la práctica- de legitimar una estructura política.

Anne-Marie Thiesse añade que el origen de las naciones no es tan antiguo como pretenden sus historias oficiales. Cree común el proceso de construcción de identidades nacionales (llega a denominarlo “Ikea”), con una fase primera de identificación de antepasados –que se mitifican en poemas épicos-, fantasías que coinciden siempre con la emergencia de la lengua, etc. y otra fase segunda de fijación del folklore en general y su conversión a cultura de masas. No es la nación la que origina el nacionalismo, sino al revés. Nacido con el desarrollo industrial, el nacionalismo rechaza la modernidad urbana y exalta el pasado rural, pero tranquiliza a la población al afirmar que la identidad permanece inalterada.

Eric Hobsbawm acuñó la expresión “invención de la tradición” como conjunto de métodos para inculcar ciertos valores y normas de conducta, de supuesta continuidad histórica a partir de un pasado imaginario, y cohesionar a las generaciones jóvenes en torno a unas creencias y valores determinados, así como hacer a las instituciones políticas herederas de otras antiquísimas (o sea –y esto es cosa mía-, analizar el pasado desde la mentalidad del presente y viceversa, cayendo en errores del tipo del presentismo histórico).

Y, a modo de botón de muestra entre los numerosísimos ejemplos que hay: Henry Kamen, hispanista británico afincado en Barcelona, en su “España y Cataluña. Historia de una pasión” y hablando del reinado de los Reyes Católicos, cuenta que algunos nacionalistas castellanos, sobre todo a principios del s.XX, generaron una versión ficticia e ideologizada de lo que había ocurrido en aquel período y que, del mismo modo, algunos catalanes decidieron crear su propia versión ficticia del mismo; sólo que esta ficción ha alcanzado ahora estatus de verdad en la historiografía oficial del nacionalismo catalán. Esto lo dice tras constatar el escaso interés que los historiadores catalanes han mostrado por el papel de Cataluña en el imperio de los Habsburgo y que el resultado ha sido una versión completamente distorsionada que ahora se vierte una y otra vez en la prensa y escuelas catalanas.

En resumen: como mencioné en el primer artículo, el nacionalismo es cosa distinta del patriotismo y no tan natural y antiguo sino que cabe situarlo a partir de principios del s.XIX, más o menos. Es ideología pero, sobre todo, movimiento sociopolítico que nace porque aparece el concepto de nación (muy básicamente: soberanía popular frente a soberanía real), en la era de las revoluciones liberal, burguesa e industrial. Introduce y amuebla, forzadamente a mi entender, el referente identitario como nuclear para la organización política del territorio sobre el que pretende ejercer la soberanía y considera que la nación que crea es la única base para tener un Estado, que cada nación debe formar el suyo, y las fronteras de Estado y nación deben coincidir dando lugar a una perfecta homogeneidad interna que, naturalmente, tiene que contrastar de modo absoluto con las homogeneidades vecinas –diametralmente opuestas, agua y aceite…-. ¡Por supuesto que se debe a una construcción artificial!…; de hecho, como dice Santos Juliá: “El sentimiento nacional no es espontáneo más que cuando ya ha sido perfectamente interiorizado; antes hace falta haberlo enseñado”, (o adoctrinado, para que usted entienda bien por dónde voy).

No es necesario ser un gran experto en historia para saber estas cosas, pero sí es conveniente que las repasemos de vez en cuando; unos más que otros… Está claro que la nación, la religión, la familia, la pareja… son lazos tan íntimos y personales que uno está poco dispuesto a razonar sobre ellos (no hay lógica que valga); pero también está claro que es una opción personal combatir la propia incultura, ignorancia, irracionalidad… La experiencia demuestra sobradamente que los mayores excesos de apego a la pareja o a la tierra, pongo por caso, se dan por la inexistencia de tal combate. Opte usted.

Aquí el enlace a mi artículo anterior. La semana próxima trataremos de distinguir entre causas y consecuencias.

Por Ángel Mazo


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