Artículo decimoséptimo: que trata de una tarde en el circo (hermanos Mas)

El espectáculo artístico que conocemos como “circo” tiene casi siempre carácter itinerante, anunciando su llegada a un nuevo destino con un desfile que impacienta a los que esperan poder asistir. Bajo la gran carpa, va apareciendo una variedad de artistas que, a veces jugándose el tipo, hacen las delicias de su respetable público. Los circos grandes comprenden más de una pista para poder disfrutar a la vez de varios números y, prácticamente todos los circos –grandes o pequeños- incluyen animales (con perdón) en sus funciones.

Hace unos días, uno de mis nietos me pidió que le llevase al circo en cuanto se instalase la carpa en el pueblo. Con la obsesión que tengo, pensé enseguida que en realidad ya podemos ver por televisión el circo que tenemos todos los días montado usted ya sabe dónde; no es itinerante y no hay desfiles –con lo que me gustan…-, pero hay actuación todos los días (mañana, tarde y noche), muchos artistas (algunos se juegan el tipo), el público que les aplaude es también respetable (porque lo dice la Constitución y por su excesivo número), a veces funcionan a la vez varias pistas, y también se muestran animales (con perdón) aunque a algunos les cuesta verlos.

Como decía el genial humorista catalán Jaume Perich: “El hombre es un animal racional bastante irracional”, o “El hombre es el inteligente más animal que existe”; (también nos dejó dicho que “El nacionalismo es creer que el hombre desciende de distintos monos”). Abuelo genuino que soy, le prometí a mi nieto una tarde de circo en cuanto hubiera ocasión.

Aquella noche lo mezclé todo y soñé con una tarde de circo muy especial. Iba a empezar enseguida la función. Las gradas estaban llenas de gente expectante, mi nieto y yo teníamos sillas en la primera fila y a mí me preocupaba tanta proximidad del niño a cualquier animal que, seguro, aparecería luego.

Salió primero alguien que parecía un presentador a decir que se negaba a presentar a nadie porque había muchos artistas que eran unos impresentables y repetía que él se consideraba un profesional muy digno. Así es que fueron apareciendo artistas en la pista sin presentación ni otra solución de continuidad… bueno, ya se vio pronto que aquel espectáculo tenía poca solución, ni de continuidad ni de nada…

De repente, pues, sin avisar, se apagaron algunas luces pero, gracias a un potente foco, vimos en lo alto de uno de los mástiles, muy agarrado, un personaje con antifaz que decía ser acróbata y usaba como capa una bandera de ésas de algunos balcones de ayuntamiento, rebeldes, muy suyos.

Todos exclamamos un “¡Oh!” profundo y anunció desde arriba dos cosas: que los mástiles serían siempre suyos y que iba a efectuar un vuelo con capa de modo que al llegar al mástil gemelo, a igual altura, su pueblo sería independiente de una vez por todas. Supuse que usaría un trapecio, pero se ve que no cayó en la cuenta. Se oyó un redoble de tambor, muy largo… y mucho silencio pero aquel valiente se agachaba, y se agachaba, pero no se lanzaba… Alguien apagó prudentemente el foco, de momento, hasta ver en qué acababa aquello.

Aquél era un artista vulgar, murmuraban en la segunda fila. Mucho más importante en el escalafón del circo era un equilibrista que salió a escena enseguida recabando la atención distraída. Bastante por debajo del acróbata, iba a cruzar hasta el mismo mástil que aquél pero andando sobre un tenso cable. Una vara larga le servía para no caer ni del lado de las peligrosas declaraciones públicas ni del lado de las no menos peligrosas declaraciones en los juzgados. Sudaba, pero se iba apañando. Lo hacía lanzando besitos al respetable pero con una gran seriedad interior disimulada. Llegó al otro extremo y se puso eufórico; contento, dijo ser amigo del artista siguiente que era un escapista que usaba el flequillo para mejorar su camuflaje, pero lo cierto es que no le vimos.

Era, según parece, tan buen escapista que se había escapado ya antes de la función, a poner picas en otro país decían… La gente quería verle allí y pronto, pero el escapista no aparecía por más tiempo que pasaba, por lo que muchos del respetable reclamaron su “derecho a decidir suspender esa parte” y, extrañamente, así hubo de hacerse (“…fuese y no hubo nada”, es como acaba el famoso soneto con estrambote de Cervantes).

De vez en cuando se veía pasar a un monociclista, con flecos en los pantalones y brazos en cruz todo el tiempo (pobrecito), que no dejaba de pedalear de un lado a otro (daba pena); aquella rueda con sillín daba vueltas sin llegar a parte alguna, avanzaba y retrocedía con mucho nervio; parecía que iba a caerse en cualquier momento, pero su truco era no dejar de pedalear muy deprisa; así era como lograba no darse de bruces.

Mi nieto, que en el sueño era tan listo como son todos mis nietos en la realidad, me dijo que se trataba de un “proceso”; le objeté que en un proceso debía haber una secuencia lógica en busca de un resultado concreto, pero me dijo que no era un proceso normal, que era un proceso que pretendía mantener vivo el proceso mismo ¡y ya está, abuelo!. Le pregunté si el “procesismo” no es algo inútil en sí mismo y mi nieto se echó a reír mirándome con lástima; se ve que está “muy puesta” esta generación.

Algunos del público comenzaron a pedir la aparición de los forzudos que estaban anunciados en un programa de mano de hace muchos años, pero rápidamente el presentador aclaró que ahora lo de la fuerza está mal visto y que ya no salían. Pues… ¡que salga el hombre-bala!, fue el clamor siguiente. El presentador, ya nervioso, replicó que lo del cañón no podían verlo tampoco los niños de hoy porque la cultura de paz no aconseja exponerles a tal impacto psicológico. Nada de violencia. Estaba claro que se trataba de un circo distinto a los demás, o que yo estaba soñando. Se encendió el foco de nuevo y vimos agacharse otra vez al de la capa, sudaba, respiraba hondamente; ¡venga ya hombre, que es para hoy!… le gritaban los más impacientes; tras unos instantes, el foco se apagó.

Saltaron a la pista los contorsionistas, eran muchos más de los que suele haber en un circo. Entre ellos iba un señor muy elegante que decía ser hipnotizador. Les convenció de que no eran personas sino “argumentos nacionalistas” y ellos solitos empezaron a retorcerse de formas sorprendentes que a todos nos deleitaron porque parecían imposibles por inhumanas.

El hipnotizador se iba acercando a cada uno con un micrófono buscando su boca para que se explicase (nada difícil, unos no eran más que boquilla y otros sólo bocazas); el primero dijo querer decidirlo todo en solitario por ser soberano, y que era soberano por haberlo querido así en una decisión que había tomado previamente basándose en su natural soberanía. Los demás, en su estado hipnótico, no eran más inteligentes, y la mayoría sigue sin despertar.

El segundo contorsionista parecía abducido pero sólo estaba hipnotizado, quede claro; dijo que sacaría a su Comunidad de la Nación (y de la Unión de Naciones) pero que sus paisanos sí permanecerían en la Unión porque se les autorizaría a mantener la nacionalidad (“O sea: seguir siendo lo que son sin que lo sea su tierra”, aclaró un mago que se sabía de memoria este número y pasaba por allí, al ver caras de asombro entre los espectadores más cercanos y espabilados; “Basta desear algo para que se obre el milagro”, aún aclaró muy convencido otro payaso amigo suyo que ya se había pintado pero que esperaba todavía su turno).

El tercer contorsionista era un auténtico profesional. Cuando tuvo el micrófono cerca, intentó su “más difícil todavía”: afirmó en aquella difícil postura que lo no plebiscitario podía serlo, y que lo que requería mayoría de votos podía perfectamente hacerse con mayoría de escaños o incluso simplemente con la mayoría de edad de un diputado cualquiera. Añadió que puede ocurrir que no haya mayoría para gobernar y sí para dar un salto en el vacío (el de la capa no le estaba oyendo). Este contorsionista estaba bastante retorcido, como ve, y fue muy aplaudido por el respetable. Sigue así, y los amigos más íntimos ahora le llaman “Gordiano”, que se parece a “Mariano” pero no tiene nada que ver.

Volvió a encenderse el foco que iluminaba lo más alto del mástil más alto, donde estaba el de la capa y la gente empezó a animarle gritando que era su última oportunidad, “¡Ahora es el momento!”, “¡Ahora sí que sí!”, “Ahora es la hora”, “¡Ahora o nunca!” y cosas así, pero a pesar de creer firmemente que nunca había habido un momento más propicio resonaban en su mente otros momentos en que la impaciencia había sido la clave del fracaso y siguió dándole vueltas.

Apareció en escena el mago de antes, con todos los focos para él. Colocó muy cuidadosamente una mesita a la vista de todos, demostró que no había doble fondo ni espejo. La tapó con un pañuelo grande y, al levantarlo bruscamente, apareció una declaración unilateral; algunos espectadores no sabían de qué se trataba pero, por si acaso, exclamaron como todos: “¡Ohhh!”. Repitió el gesto y ya no estaba. “¡Maravilloso!”, dijeron y siguieron sin saber qué era.

Pidió luego la colaboración de un gentil voluntario que le prestase momentáneamente un derecho de autodeterminación; un joven sacó uno de su bolsillo, se lo entregó al mago; tras unas palabras mágicas, en su lugar pudimos ver todos claramente que lo que había era un derecho a decidir. Además de un gran mago, era un mago humilde porque dijo que eran la misma cosa y que ninguna era relevante, restando así importancia a su portento; la nueva ética, oiga.

Gustó mucho también un ventrílocuo que hablaba con la voz del pueblo sin inmutarse ni mover los labios lo más mínimo. Alguien le pidió (debió ser un facha), que hablase con alguna otra voz del pueblo, pero dijo que sólo había ensayado aquélla y que no se le estropease el numerito. Salieron después unos zanqueros que andaban entre los problemas de la gente sin mancharse, se mosqueó el público; pero se justificaron diciendo que lo social debía esperar porque lo prioritario era lo identitario, y eso –que, además, rima bien- gustó tanto al respetable que le perdonó enseguida y aplaudió con locura y mucho ritmo al compás de la “iden-ten-den-cia”; con lo que yo me relajé pues, con el nieto allí, yo quería ambiente festivo y ninguna violencia.

Llegó el descanso; quedaban aún malabaristas, unos mimos, el payaso, tragafuegos, tragasables, domadores… pero mi nieto prefería ir a casa a merendar ya que es tan listo que se imaginaba el resto sin necesidad de verlo; no como su abuelo, al que cada numerito le sorprende más que el anterior…

Pero no había preparado yo lo de la merienda y, del susto, me desperté. No pude evitar quedarme pensando largo rato en la cama… y decidí escribir enseguida mi sueño para no olvidarlo. La abuela me dice que no hacía falta escribir nada, que estos malos sueños son como para no olvidarlos. Pero ella no es paisana nuestra y no sabe que tenemos una muy flaca memoria. Esto es lo que puse negro sobre blanco.

Aquí el enlace a mi artículo anterior. La semana próxima quería tratar de “algunos titulares de prensa”, puestos también negro sobre blanco, pero lo dejaré en “titulares de alguna prensa”, que parece menos preciso pero lo es más.

Por cierto: el dueño de los mástiles no llegó a saltar.

Por Ángel Mazo

no recibe subvenciones de la Generalitat de Catalunya ni de otros organismos públicos.
Si quieres leer nuestras noticias necesitamos tu apoyo.

DONA

Recibe las noticias de elCatalán.es en tu correo