Parece que, para el secesionismo, mañana tendrá lugar algo parecido al desembarco de Normandía. Ante ello hay que tener en cuenta:
1.- Una declaración de independencia, la emita quien la emita (Govern, Parlament, o quien sea) no es efectiva si no va acompañada de actos que la pongan en práctica.
2.- Los actos que la pongan en práctica pueden ser muy distinta índole: ocupación de lugares estratégicos, cartas conminatorias obligando a hacer algo, toma de medios de comunicación, etc.
3.- Ello es importante porque, una vez proclamada una independencia, ella no se consolida hasta que la Comunidad Internacional no reconoce al nuevo Estado. Para ello, se necesita la aprobación en la Asamblea General de Naciones Unidas, a propuesta del Consejo de Seguridad (si no hay propuesta previa no hay votación y recordemos que en el Consejo, los cinco «grandes» tienen derecho de veto, entre ellos Francia que ha asegurado que no va a reconocer la DUI).
4.- Entre la declaración de independencia y el reconocimiento internacional pueden pasar días, meses o años, según sea el caso. Normalmente, es el tiempo que precisa el nuevo «Estado» para controlar territorio, población, infraestructuras, etc. Las «estructuras de Estado» que dicen aquí.
Por todo ello, ya sea una declaración que pretendan de efectos inmediatos, como diferidos, lo que se tiene que asegurar es que las «autoridades» rebeldes no tengan el control sobre los «elementos del Estado»: territorio, población y Derecho fundamentalmente.
Es necesario desconfiar de las declaraciones «en diferido» o «simbólicas» porque de producirse es para obtener un espacio temporal en el que consolidar las posiciones de dominio, para poder después acreditarlo internacionalmente.
De ahí que no sea aceptable ningún tipo de declaración de independencia: ni inmediata, ni en diferido, ni trasladable en el tiempo, ni simbólica. Todo ello está en la estrategia inaugurada por Artur Mas, pretendiendo «engañar al Estado». No nos dejemos engañar, que el horno hace tiempo que no está para bollos.
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