Rafael Jiménez, inspector del Cuerpo Nacional de Policía, ha presentado su novela negra La novia ahorcada en el país del viento (Principal), con ella cierra la trilogía sobre el odio que comenzó con Inchaurrondo Blues y prosiguió con El blues de Garibaldi; odio político y religioso, respectivamente. Recuerdo de la primera esta frase: “El perdón de los hijos de los asesinos es el único perdón que puede servir para curar las heridas de una guerra”. Rafa es barcelonés, vital y nostálgico, cultivado y elocuente, un hombre de paz y armonía.
Oigo que esta novela aborda el odio hacia las mujeres. Pero, de hecho, trata de la cosificación de las mujeres y su tráfico a los burdeles de Portbou y La Jonquera. En un ámbito con sobornos y mordidas impunes, el inspector Miguel Garitano -apodado ‘Garibaldi’- investiga un crimen. Hay referencias a los polis que trepan, “tirando de glorioso pasado sindical o de una conversión al nacionalismo tan súbita como la de Pablo de Tarso camino de Damasco”. Un personaje de Rafael Jiménez sostiene que “al fin y al cabo, los hijos somos el reflejo de nuestros padres, por lo que nada es lo que parece y todo tiene una razón”.Siempre un vínculo con los ancestros, libre de culpa.
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