El gran director de cine Luis Buñuel publicó en 1982 el libro de memorias Mi último suspiro, fruto de sus largas conversaciones con Jean-Claude Carrière, guionista y actor. El autor de películas como Un chien andalou, Los olvidados, Nazarín, Viridiana, Belle de Jour o Tristana, entre tantas otras, conservó sus simpatías por el PCE hasta el final de los años cincuenta. El fanatismo le repugnaba, ni siquiera contra Franco. De los doctrinarios marxistas detestaba su rigidez: “Todo debía obedecer a los mecanismos socioeconómicos, lo cual me parecía absurdo. Se olvidaba a la mitad del hombre”.
Gran amigo de García Lorca, confiesa que con su trato, se transformó “poco a poco ante un mundo nuevo que él iba revelándome día tras día”. Buñuel sostenía que de todos los seres vivos que había conocido, Federico era el primero. “La obra maestra era él.
Me parece, incluso, difícil encontrar alguien semejante. Ya se pusiera al piano para interpretar a Chopin, ya improvisara una pantomima o una breve escena teatral, era irresistible. Podía leer cualquier cosa, y la belleza brotaba siempre de sus labios. Tenía pasión, alegría, juventud. Era como una llama”.

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