Estamos inmersos en una de esas competiciones deportivas que, ya sea de tu agrado o no, está presente en prácticamente todas las casas del mundo. Y, si cabe, más en esta ocasión, al implementarse un nuevo formato de competición que ha ampliado la participación de equipos nacionales dando la posibilidad de presencia en la cita mundialista a países que, con el formato más exigente que había hasta este 2026, tenían seriamente limitada la opción de ser partícipes de la gran fiesta del deporte rey. Nada menos que 48 equipos se han citado en el mundial que se está desarrollando en EEUU, Méjico y Canadá.
Cabo Verde es un claro ejemplo de esta situación. Un equipo encuadrado en el grupo de España y que ha logrado acabar segunda en la primera fase, pasando a las eliminatorias sin haber perdido ningún partido, aunque tampoco lo ha ganado al sumar tres puntos equivalentes a tres empates. Un país muy pequeño que ha sabido dar la talla y cumplir con el ilusionante grado de exigencia que va parejo al orgullo por estar presente en un evento de tanta significación. No olvidaremos que los caboverdianos llegaron a empatar con nosotros, en ese primer partido que por costumbre le cuesta tanto desperezarse a España, pero ahora van a sufrir mucho teniendo su primer cruce con la vigente campeona del mundo.
Pensando en positivo, invito a que nos remontemos a lo vivido en el año 2010. En el Mundial celebrado en Sudáfrica, tras la pájara del primer partido, acabamos levantando el trofeo más importante de nuestro historial futbolístico y posicionando la flamante estrella de campeones en nuestro escudo. Una estrella que ya desea verse acompañada de la segunda y esperemos que así sea cuando finalice en unas semanas el campeonato en curso.
Pero, en lo que respecta a este gran acontecimiento deportivo, me parece interesante reflejar el trasiego de jugadores que pululan de una nacionalidad a otra o que, siendo más concretos, optan por representar a una selección u otra en función de una serie de circunstancias o vicisitudes que tienen lugar con el jugador o sus raíces. El caso del mayor de los hermanos Williams es un ejemplo. Un jugador que, tras competir con la equipación española ha optado, desde hace un tiempo, ser parte del equipo de Ghana en referencia a su vínculo materno con el país africano. Un modo elegante e incluso comprensible o emotivo, al verse en la etapa final de tu carrera futbolística. No voy a discutirlo.
Lo que sí veo muy significativo, y apela al sentir que pretenden vendernos en el poder para dar cabida y cariño al emigrante que viene del “país hermano marroquí” (usando el apelativo que usa ese peligro que todavía preside el Gobierno de España), es el grado de integración que demuestran los nacidos en Europa con raíces africanas del país alauita. Ver jugar a Marruecos sin ningún nacido al sur de las españolas Ceuta y Melilla, plagado de mercenarios que combaten en el césped en contra de las nacionalidades que le vieron nacer, debe darnos mucho que pensar.
Debo suponer, como todos conocemos del ejemplo del madridista nacido en Málaga, que el rey dinero tiene mucho que ver en la decisión. Una elección enmascarada bajo la consabida excusa de las raíces familiares, aunque durante toda la vida hayas sido seleccionado y competido con la camiseta de la nación que verdaderamente te vio nacer. Pero, llegados al momento clave, como puede ser la clasificación y jugar un campeonato del mundo de selecciones, las verdaderas opciones de ser seleccionado y poder jugar, junto al retorno en bienes que ofrece una u otra camiseta, habilitan el carácter mercenario de la persona que debe tomar la decisión. El diagnóstico es evidente.
Hemos de tener muy claro que hay culturas que no se van a integrar de ningún modo en el contexto mayoritario europeo, sin valorar el tema conflictivo del credo que históricamente marca la trayectoria de una sociedad como la nuestra. El ejemplo de los europeos que siguen arrodillados ante el “hermano” Mohamed, aunque sea para algo tan social como es el deporte, debería permitirnos sacar conclusiones claras del futuro que nos espera con ese difícil tema que es la integración del que no quiere integrarse.
En esta ocasión hablamos de algo tan banal como es el fútbol, algo que podemos considerar insignificante y muy relativo, pero no hay duda de que esa misma toma de decisión sería extrapolable a todo lo que sea pertinente y sirva para el agrado del rey alauí, experto en las artes y técnicas para contentar y controlar a los suyos, en este caso si despuntan y dan visibilidad en positivo a su régimen.
El riesgo que sufren nuestras naciones y tradiciones, que veremos claudicar si no se toman medidas urgentes y contundentes, merece un cambio urgente que ponga fin a esa idea falsa de integración, devolviendo a sus deseados orígenes a todo aquel que no aprecie ni valore a las naciones de Europa que les dieron la vida. Es tan fácil como elegir entre dos opciones: ¿eres o no eres?
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