Reconozco que estoy bastante cansado de muchos de los cambios que vienen parejos a esta vida moderna. Debe de ser cosa de la edad. Y deseo que la cordura vuelva en algún momento y se enderece una situación que, si nadie lo remedia, nos va a llevar al fin de la sociedad que hemos disfrutado y conocido.
Podría argumentar lo anterior en base a la realidad política que vivimos. Un contexto actual en el que es evidente que los argumentos que sirvieron para llegar al poder ya no son válidos, tras haber asaltado el mismo justificando la llegada en la corrección de los errores anteriores por conductas corruptas, pero que, con el tiempo, se ha demostrado que el remedio ha sido muchísimo peor que la enfermedad. Mantengamos la esperanza de que siga habiendo una justicia libre haciendo bien su trabajo, si el mal del sanchismo no llega a contaminar del todo a ese poder, y veremos que a medio plazo no va a quedar títere con cabeza en este PSOE gobernante plagado de mafiosos, corruptos, ladrones y puteros.
Pero, estando como estamos en pleno Mundial de Fútbol, aparco de momento la política y me decanto por poner de manifiesto algunos detalles que se han originado por ciertos cambios que me gustaría revertir, desde otra perspectiva más futbolera. Por ejemplo, añoro aquel tiempo en el que para jugar al fútbol existía un límite de extranjeros en el equipo. Recuerdo las plantillas de los clubes casi plenamente nativas, dando más opciones a los nuestros, con solo dos o tres fichajes de fuera que daban el toque diferencial a los once que corrían tras la pelota en el campo. Y, pensando en las selecciones nacionales, no había margen para saltarse esa norma en la que la nación de nacimiento o, puntualmente, la nacionalización por causas justificadas, daba paso a la posibilidad de vestir la elástica roja de España. Por el contrario, en la actualidad, inmersos en esta sociedad contemplativa que vende inclusión para no aludir a sumisión, llegamos al esperpento de ver un equipo de “mercenarios sin fronteras”, como es el que pone en el campo de juego la selección de Marruecos, sin jugadores nacidos en ese país. Reflexionemos pausadamente al respecto.
Tampoco es muy halagüeño el futuro de nuestra juventud, que deberá saber convivir en minoría a pesar de ser la propia del país, viendo en los parques a más chavales vestidos con la camiseta marroquí que con la nuestra. Un ejemplo claro de la demostración de la evolución de nuestra demografía y el reflejo evidente de lo que da de sí el aprovechamiento al máximo de las subvenciones y paguitas que reciben los que nada aportan, pero nos engañan a diario diciendo que serán los que nos paguen las pensiones en el futuro.
Dichoso aquel tiempo en el que los jóvenes, jugando con una lata o una pelota con más kilómetros que Fernando Alonso y usando los árboles del parque como postes de la supuesta portería, se repartían entre los del Barça y el Madrid para hacer equipos. O, con competición de selecciones, jugaban representando a España o el resto del mundo. Ahora, con nuestros escasos jóvenes encerrados en sus casas jugando a la Play, esos equipos de juego en la calle han pasado a competir entre marroquís e hispanos, con los primeros con mucho banquillo para los cambios y mi evidente preferencia por los segundos. La calle, al final, no será ni para los indepes ni para el difunto Fraga, se la han apropiado ellos.
Una evolución que debemos agradecer a los impresentables que, ligando con el comienzo, viven obsesionados en esa necesidad de seguir en el poder. La regularización masiva en curso es la mejor demostración del ánimo que persiguen. Saben que los españoles están hasta las narices de sus vejaciones, quedándoles como opción la ampliación de la base de electores. Esa es la razón última de tanta concesión acelerada. Un logro en favor de personas que no sienten ni respetan este privilegio, pero que les servirá para opinar cuando el sanchismo los necesite.
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