El célebre escritor checo Franz Kafka nació en 1883, el mismo año que Ortega, y no pasó de los 40 años de edad. Era judío y escribía en alemán. Se habla mucho de situaciones ‘kafkianas’ sin saber de cierto por qué; se trata de situaciones absurdas, insoportables y opresivas. Kafka escribió una larguísima Carta al padre; más de cincuenta páginas, en el libro que manejo. La escribió cinco años antes de morir y después de dos años de que se le diagnosticara tuberculosis. Es un mensaje quejumbroso a un padre. ¿Qué le recriminaba? Una completa incapacidad de entender o, más bien, de amar.
Kafka se reconocía a sí mismo como “temeroso, vacilante y suspicaz”. Por dos veces estuvo a punto de contraer matrimonio: “ninguna de las dos chicas me ha decepcionado, sólo yo a ellas”. Reprochaba a su padre que le hubiera echado por tierra a cualquier persona que, desde niño, hubiese sido importante para él. Y sostiene: “Ni siquiera tu desconfianza hacia los demás es tan grande como la que yo tengo a mí mismo, a consecuencia de tu educación”. Demoledor. Da que pensar.
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