Miembro destacado de la Real Academia de Historia, fue catedrático de Historia en la Universidad de Barcelona, entre 1957 y 1975, año en que pasó a Madrid. Hace unos años me dijo, con cariño y nostalgia, que en Barcelona tuvo discípulos y que en Madrid sólo alumnos.
Su padre, un honrado militar monárquico que rechazó sublevarse en 1936, por su juramento de lealtad al Gobierno de la República, fue fusilado de inmediato por los franquistas. Seco Serrano defendía la monarquía como un bien que no se puede improvisar, garantía de estabilidad e imparcialidad política.
Creía que sólo una reeducación histórica basada en la historia real puede conducir al reencuentro de la ciudadanía. Su labor como historiador se alimentaba por una voluntad de concordia, superadora de los extremismos revolucionarios y reaccionarios, ambos dogmáticos y aficionados a excluir y enfrentarse al ‘enemigo’.
Carlos Seco Serrano (1923) sostiene que “en 1936 no hubo buenos ni malos: todos fueron culpables; había mucho que olvidar por unos y por otros”.

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