
Hay que trabajar sin cesar por la educación sentimental. En esa ruta localizaremos una comunidad de cultura compartida. Hacia 1612, un militar culto y residente en Sevilla, con menos de cuarenta años de edad y llamado Andrés Fernández de Andrada, escribió los 205 versos que componen la célebre Epístola moral a Fabio. Para María Zambrano, se trata de “un pequeño tratado filosófico en que la moral se hace poética”. Y Dámaso Alonso afirmó que no había en la literatura española otro poema con tales rasgos de serenidad, de contención, de precisión, de felicidad conceptual y expresiva. Es, por tanto, una lectura provechosa.
Hay una seria y disimulada dificultad social de aceptar que un poeta desconocido escriba una obra maestra. En esta pieza asoma una visión del hombre como un microcosmos que refleja o resume cuanto pueda hallarse en el universo. La muerte separa el tiempo medible y la eternidad inmensurable. Como culminación, Andrada sostiene esta propuesta: “Ya, dulce amigo, huyo y me retiro/ de cuanto simple amé: rompí los lazos./ Ven y sabrás al grande fin que aspiro,/ antes que el tiempo muera en nuestros brazos”. Vayamos a ello.
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