La expresión ‘serpiente de verano’ forma parte de nuestro pasado periodístico. Hace unos años el verano era una especie de paréntesis, el tiempo detenido. Los diarios tenían menos páginas, muchos abrían sus ediciones con fotografías de playas repletas de familias, o de paseos marítimos llenos de gentes saboreando helados de cucurucho.
Otros emprendían el viaje al pueblo de sus padres. Allí les esperaban los abuelos y un sinfín de primos y tíos. La vuelta a casa. Hacía calor, había incendios y no llovía o había repentinas y furiosas tormentas… algo habitual. A nadie se le ocurría hablar de cambio climático. Todavía no se había montado ese circo y su negocio.
Teníamos la sensación de que pasaban menos cosas y, por tanto, escaseaban las noticias. La política y el futbol estaban de vacaciones.
Era época propicia para lo que se venía a llamar serpientes o culebrones de verano, noticias que pretendían llamar la atención desde la sorpresa y la imaginación: ovnis, el monstruo del lago Ness, el Yeti o en clave más doméstica, las caras de Velmez. Últimamente vemos que, en este verano, la serpiente se ha convertido en culebra, con todos sus atributos: venenosa, rastrera, traidora.
Diez años después de que Gabriel Rufián, portavoz de ERC, afirmara solemnemente que, en un periodo no superior a los 18 meses, abandonaría la política (cosa que evidentemente no ha hecho), al amparo de los calores del verano, se ha erigido en abanderado de una iniciativa que promueve la creación de un frente electoral “plurinacional”. Este debiera presentarse unido a las próximas elecciones generales. Desde ERC a BNG , desde Compromís hasta Podemos y Sumar, para cerrar con los Bilduetarras. Una especie de Frente Amplio a la uruguaya o a chilena.
Quizás incluso haya un rinconcito para el PNV, para limpiar los ceniceros y vaciar las papeleras de tanto “progre” vividor del sistema. ¿Se acuerdan ustedes de cuando el PNV era un partido democristiano? Todo ello sería de gran ayuda al sátrapa de Pedro Sánchez, para seguir en el poder y alejar algo en el tiempo su inevitable rendición de cuentas y de parte de sus ministros ante la Justicia.
Pero es muy posible que esta iniciativa no vaya más allá, el tema no despierta simpatías en un resentido Pablo Iglesias, que aún no ha digerido su inquina hacia Sumar. O en a ERC que sería directamente perjudicada por la ley electoral.
Por no hablar del paulatino distanciamiento de Gabriel Rufián con su mentor y hasta ahora valedor, Oriol Junqueras. Éste ha visto que la ambición de su pupilo no tiene límites y que darle la espalda no es un ejercicio de confianza, sino un suicidio.
Me decía un buen amigo, ex miembro en su juventud de partidos a la izquierda del PC, y hoy en las antípodas ideológicas, que Rufián es el hombre que hace honor a su apellido. Si no se lo creen, busquen los sinónimos que enuncia la Real Academia de la Lengua Española. Lo clava.
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