La política española vive una curiosa paradoja encarnada en Gabriel Rufián. El portavoz de Esquerra Republicana (ERC) ha desarrollado una habilidad para la comunicación que contrasta con el acartonamiento de otros líderes de la izquierda. Posee esa cintura política y mediática que Pablo Iglesias perdió hace tiempo, transformando el debate en show.
Rufián ha sabido adaptarse a los nuevos formatos. Su dúo en TikTok con el periodista Vito Quiles, basado en preguntas incisivas y réplicas ingeniosas, ha conquistado a los jóvenes. Consigue que incluso quienes no comparten su ideología le dediquen unos minutos de atención. Da bien en un programa como el de Broncano, o se puede echar un bailecito viral con la actriz Ester Expósito.
Detrás de su éxito se esconde un historial de promesas incumplidas. Rufián juró que su paso por el Congreso duraría solo 18 meses, el tiempo que tardaría en proclamarse la República Catalana. Va ya camino de la década, una mentira que ha servido para mantener su escaño y sueldo.
Es innegable su intento de seducir a catalanes de izquierdas no separatistas. Busca atraerlos al proyecto excluyente de ERC. Pero su perfil mediático se ha revalorizado precisamente por el elevado nivel de odio y rencor que destilan muchos de sus compañeros de ideología.
Frente a la crispación constante que emana del entorno de líderes como Pablo Iglesias o Irene Montero, Rufián aparece como un tipo simpático. La gente lo percibe como un personaje con el que, al menos, te podrías tomar algo y echar unas risas, aunque sepa que te está tomando el pelo.
El proyecto de «frentepopulismo» liderado por Pedro Sánchez necesita figuras que conecten con la ciudadanía. Hacen falta líderes en la izquierda radical que no generen rechazo, capaces de movilizar a votantes desencantados. Urge encontrar alternativas al hastío por la corrupción del PSOE, el fanatismo impostado de un Podemos en manos de nuevos ricos (Iglesias y Montero) y la inanidad de Sumar.
Y Rufián parece entenderlo. Cada vez dedica menos tiempo a la secesión y más a la promoción de medidas sociales. Su discurso se centra en construir un «escudo social» contra el ascenso de la derecha. Es un cambio de estrategia notable para un líder separatista. Aunque él defiende la misma ideología supremacista que el resto de la dirección de ERC la enmascara con sus propuestas económicas dirigidas a un electorado preocupado por el deterioro de sus condiciones de vida.
Este giro tiene lógica: el recorrido de Rufián en ERC como portavoz en Madrid podría estar tocando a su fin. Necesita reconvertirse en una figura clave de la izquierda radical a nivel nacional. Un faro que ilumine un espectro ideológico mucho más amplio.
Rufián tiene, ahora mismo, más futuro político que la propia Yolanda Díaz. Su capacidad para conectar y generar curiosidad supera la imagen de un «Gobierno de corrupción» y su socio minoritario. Su perfil podría ser la tabla de salvación de una izquierda radical y separatista que está perdiendo la batalla del relato.
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