El hemiciclo del Congreso de los Diputados, templo de la palabra y el contraste de ideas, asistió una vez más a un espectáculo de degradación que poco tiene que ver con la altura política. La reciente comparecencia del presidente valenciano, Carlos Mazón, se convirtió en el escenario perfecto para que el diputado de Esquerra Republicana (ERC), Gabriel Rufián, ofreciera una lección magistral de cómo la confrontación se puede deslizar hacia el matonismo verbal y la falta de respeto más elemental.
Rufián, cuya trayectoria parlamentaria se ha cimentado más en el histrionismo que en la propuesta constructiva, pareció confundir la tribuna con un patio de colegio donde la única ley válida es la del más irrespetuoso. Su intervención ante Mazón no fue un ejercicio de crítica política legítima, sino una sucesión de interrupciones groseras, comentarios socarrones y actitudes de desprecio que anulan cualquier posibilidad de debate racional.
El fondo de su crítica, legítimo o no, quedó completamente sepultado bajo una forma inaceptable. El Congreso no es un plató de televisión diseñado para generar titulares vacíos a base de ruido. La función de un diputado es fiscalizar al poder y exponer argumentos, no rebajarse a la caricatura del matón que busca intimidar al adversario con descalificaciones personales y el abuso de la palabra.
La actitud de Rufián no es un caso aislado, sino un síntoma preocupante de la pérdida de las formas de los partidos de izquierda. Cuando un representante público prioriza el show y el ataque personal por encima del rigor y la cortesía parlamentaria, está minando las bases mismas de la convivencia democrática. El debate político es inherentemente duro, pero exige un mínimo de civismo; exige que se respete al adversario como tal, y no que se le trate como un objeto de burla.
Si el Congreso de los Diputados quiere recuperar su dignidad como principal foro de representación nacional, debe rechazar con firmeza este tipo de comportamientos. La crítica debe ser feroz en el contenido si es necesario, pero inmaculada en la forma. El matonismo es un arma barata que envilece a quien lo ejerce y contamina el ambiente institucional. Los ciudadanos esperan de sus representantes que, incluso en la discrepancia más profunda, exhiban la altura moral y la ejemplaridad que la Cámara Baja merece.
NOTA DE LA REDACCIÓN DE ELCATALÁN: elCatalán.es necesita ayuda para poder seguir con nuestra labor de apoyo al constitucionalismo y de denuncia de los abusos secesionistas. Si pueden, sea 2, 5, 10, 20 euros o lo que deseen hagan un donativo aquí.
necesita tu apoyo económico para defender la españolidad de Cataluña y la igualdad de todos los españoles ante la ley.




















