Pedro Sánchez es un líder tóxico que incinera a cualquiera que se le acerque. Vean a Yolanda Díaz que ha pasado de posible presidenta del Gobierno a número tres de la plataforma que ella misma había creado. O Pablo Iglesias, azote la ‘derecha’ y que pasó de querer asaltar los cielos con sus 71 diputados a YouTuber de rebajas y a líder moral de una formación que, con suerte, sacará media docena de escaños.
También hemos de mencionar a la brillante Esquerra Republicana de Oriol Junqueras y Gabriel Rufián, que llegó a reinar en la Generalitat, a gobernar un buen número de grandes ciudades catalanas, a ganar las elecciones municipales en Barcelona, y a tener 13 diputados en el Congreso.
Su sumisión a Sánchez ha llevado a ERC a dejarse la mitad de los escaños, a perder el gobierno autonómico catalán y alcaldías tan importantes como Tarragona o Lérida. Y en Barcelona pasaron de ser la primera fuerza, a la cuarta. Y no nos olvidemos del PNV, que está un paso de ceder la hegemonía política en el País Vasco a los fans de los terroristas de ETA, EH Bildu. Es curioso que los únicos que han resistido el gafe sanchista sean Otegi y sus amigos.
Ni Puigdemont se salva, porque sus cesiones al inquilino de La Moncloa han alimentado a la Aliança Catalana de Silvia Orriols, mucho más efectiva y contundente en su mensaje hispanófobo. En las siguientes elecciones que se convoquen en Cataluña Puigdemont se va a dejar los dientes y buena parte de sus escaños.
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