El 15 de septiembre de 2020, se presentó un anteproyecto de ley que pretende ser una ley de la Memoria Democrática o lo que es lo mismo, una ley que confirme la superioridad moral de la izquierda frente a la derecha liberal-conservadora a la hora de hablar del pasado. La “aristocracia intelectual”, que dirige el gobierno, perpetró un alegato que nace de un radical desprecio hacia la verdad, pero que, además, fue estratégicamente perfecta.
El día que las cifras oficiales de muertos por la COVID llegan a los 30.000; que FACUA indica que la caída del PIB será aun peor y que el VP1 anuncia sus reuniones con EH-BILDU para negociar los presupuestos, va el gobierno, sus terminales y la brigada de comunicación política y anuncian a bombo y platillo un papelito en el que pretenden liquidar el pasado y adaptarlo a sus necesidades.
Por el camino, indultan y exoneran a los terroristas y sus herederos de cualquier culpa sobre los regueros de sangre que dejaron en las calles de Madrid, Barcelona Bilbao y legitiman que, en el fondo, hay violencias necesarias o justificables. ¿Dónde quedó la necesidad de buscar un equilibro entre crimen y castigo? Hay en la derecha española una pereza intelectual; una resistencia irracional a plantear un programa de pedagogía de la libertad que equilibre, como indicaba Cayetana Álvarez de Toledo, el “tablero”.
Desconozco cuál es el origen de esta molicie, pero las consecuencias son profundamente disolventes para un votante liberal o conservador que ve cómo con una cerril aversión la izquierda totalitaria pretende liquidar y aniquilar socialmente todo pensamiento que no se acomode al ministerio de la conciencia que pretenden crear. La orfandad intelectual en que PP o Cs han dejado a los españoles de su espectro político confirma ese deseo de frivolizar la política y la acción de oposición.
Hay periodos, momentos históricos, en los que se hace necesaria la fuerza de las ideas y la rotundidad de los principios para que la batalla de las ideas y de la razón se libre sin complejos. La izquierda española en el gobierno actúa sin complejos; con un entusiasmo voraz que igual crea una comunidad imaginada en Cataluña como una España silenciada durante cuarenta años. Han sido capaces de hacer pensar que el matiz que se pueda dar al analizar un hecho o periodo histórico conlleve un evidente posicionamiento a favor. Esta frivolidad intelectual, más propia de un debate sobre las infidelidades de Jesulín en sus tiempos con Belén Esteban, deja el espacio de la discusión política debilitado, al expulsar, por la fuerza de la corriente del pensamiento único, la diversidad. Sobre el pasado no hay luces y sombras; en función de cuál sea el pasado, sólo hay sombras o un insoportable sol, que deslumbra a los fotofóvicos (que serían los liberales o conservadores).
El PP o el nuevo Ciudadanos no deben interpretar el parlamentarismo como una aventura romántica. No hay que volver a buscar el pasado en términos de “paraíso perdido”. El ahora es lo fundamental. Las ideologías disolventes y los modernos radicales que dirigen el gobierno de España solo miran hacia el pasado para construir un futuro que han decidido que les pertenece a ellos y para plantar cara a esa estrategia – que no es nueva- no se puede frivolizar; no se debe errar la interpretación de los hechos. No es una cortina de humo todo lo que sale del gobierno y de sus ideólogos, no, es una parte más de una guerra cultural por la hegemonía que, cada vez con mayor frecuencia, se plantea en ataques encadenados al pensamiento liberal, a la verdad y a la razón.
El control de las instituciones culturales, de la producción de ideas y la creación de significantes convertidos en legislación que se está realizando para controlar el discurso deben convocarnos a una reflexión sobre la filosofía subyacente a todo este proceso y que como todos imaginan, no termina en un espacio de libertad ni igualdad.
Heraldo Baldi
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