Reflexiones de última hora

Estamos a unas pocas horas de que en el Parlamento de Cataluña tenga lugar otro pleno lamentable. Los nacionalistas pretenden dar el golpe definitivo a las instituciones democráticas, para alcanzar su objetivo de separar Cataluña del resto de España. No les importa el coste, porque lo que mueve a los que ostentan el poder político, mediático y asociativo en Cataluña es el nacionalismo étnico. Todo lo demás, las promesa de mejorar las condiciones de vida de los catalanes en una Cataluña independiente, mentiras y propaganda para intentar convencer a aquellos ciudadanos de Cataluña que no respondían a la reivindicación identitaria. Pero que no se equivoquen: el grito de “boti, boti, boti, espanyol el que no boti” es el que mejor describe a este movimiento nacionalista. Y de la raíz etnicista del fenómeno dan cuenta textos escritos por Jordi Pujol, Heribert Barrera, Oriol Junqueras, y otros muchos nacionalistas más.

Ya advirtió Tarradellas: dijo que Pujol instauraría una dictadura blanca, y lo hizo. La Cataluña actual es el resultado de más de 30 años de nacionalismo. Más de 30 años en los que los nacionalistas se arrogaron la exclusividad de lo que es ser catalán. Dieron una imagen de hegemonía, ocuparon todos los espacios relevantes del poder político, económico, mediático y social en Cataluña, con el silencio temeroso de la mayoría y el abandono de ésta por parte de los que tenían las máximas responsabilidades de Estado en el Gobierno de España. Tampoco dijeron nada empresas que han sido cómplices, por acción u omisión, que tuvieron un marcado carácter simbólico en Cataluña, y que hoy la abandonan por miedo al escenario económico que se ha producido. Un escenario que no se habría producido si no hubiese existido esa espiral del silencio del que algunos han advertido durante mucho tiempo.

Escribo este artículo sin poder detenerme demasiado, a última hora, como compungido ante la situación que estamos viviendo. Es una sensación que puede que nos recorra a todos, pero hay que reconocer las cosas como son. No todo el mundo ha actuado mal. Algunos advirtieron del nacionalismo desde hace tiempo: Tarradellas, los 2.300, y la Asociación por la Tolerancia son claros ejemplos de ello. Ocultados, denostados, pero firmes defensores de valores cívicos. Lo que pasa hoy en Cataluña es el resultado del pujolismo, del régimen nacionalista construido por Jordi Pujol. En 2006 fundamos Ciutadans, y a muchos les pareció una excentricidad. Es lo que conseguía la hegemonía nacionalista: hacer pasar por excéntrico, lo normal. Pero ya ha perdido. Y el pasado 8 de octubre se reafirmó esa derrota.

Cuando todo esto pase, deberemos reconstruir el relato, hacer justicia a la memoria y la historia de los excluidos en la Cataluña nacionalista. Volviendo a coser la sociedad, conciliándola, perdonando. Pero sin olvidar, porque cuando se olvidan los errores, se corre el riesgo de cometerlos nuevamente en el futuro. Para que nadie vuelva a decir que la calle es suya. Porque es de todos. Para que nadie se atribuya la exclusividad de lo común ni pretenda excluir a una parte de la sociedad saltándose el marco de convivencia que representan la Constitución, el Estatuto y el resto de leyes aprobadas democráticamente. Para que la televisión pública sea de todos, e informe objetivamente, y no sea un instrumento de propaganda. Para que las escuelas sean un lugar donde ilustrarse, donde adquirir conocimientos, y no donde memorizar consignas.

Sólo hay futuro para Cataluña, para España, y para la Unión Europea, si se vacuna contra el nacionalismo. Porque el nacionalismo siempre pretende convertir a conciudadanos en extranjeros. Hay que hablar de ciudadanía, de derechos, de libertades, de igualdad, y no de comunitarismos. La política debe servir para construir una sociedad justa y democrática, que incluya a todos, y no para construir identidades. Pero pongámonos en serio a ello. El riesgo es máximo: no debemos permitir que la comunidad política que es España la destruya el nacionalismo. No debemos permitir, tampoco, que destruya la Unión Europea.

Hoy empieza el fin de un régimen que inició Pujol. La manifestación del pasado día 8 en Barcelona nos advierte de que hay base social para ello. Fue el primer día en el que se demostró que el nacionalismo puede y debe retroceder en Cataluña. Van a acabar los señalamientos, el adoctrinamiento en las escuelas, los acosos a las familias que reivindican sus derechos lingüísticos, y el hostigamiento a vecinos que son guardias civiles o policías nacionales. El nacionalismo, el pujolismo, tiene los días contados. Hablaremos de ciudadanía.

Pero dentro de un rato, de momento, lo que debemos hacer es defender el Estado social y de derecho que es España. Defender la Constitución. Y todos y cada uno de sus artículos.

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