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Ramón González Férriz: “En Cataluña hay una crisis de convivencia”

Por Óscar Benítez
domingo, 23 de diciembre de 2018
en Sociedad
5 mins read
 

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Exdirector de la edición española de Letras Libres y actual columnista de El Confidencial, Ramón González Férriz (Granollers, 1977) ha publicado 1968. El nacimiento de un mundo nuevo (Debate), un ensayo que relata los acontecimientos de aquel año en nueve países diferentes. En relación al proceso catalán, el autor explica a este diario que “quien se salta los procedimientos se sitúa fuera de la democracia”.

En su último ensayo analiza el legado de mayo del 68. ¿Le debe algo el procés a lo ocurrido entonces?

Creo que hay una cosa en común y dos rasgos que hacen que sea completamente distinto. Es cierto que comparten un cierto entusiasmo ideológico. La idea de que se puede hacer una especie de revuelta desde la participación en las calles y las manifestaciones, con ideologías poco pragmáticas, muy utópicas. Pero ahí acaban los parecidos.

Las dos diferencias: los acontecimientos de 1968 en París, pero también en buena parte del mundo occidental, fueron muy minoritarios, y hay que reconocer que el procés ha implicado a prácticamente la mitad de la población adulta catalana. Pero los acontecimientos de 1968, por otro lado, no estuvieron apoyados por partidos mainstream —aunque a veces estos aspiraran a beneficiarse de ellos— y por supuesto no tuvieron detrás el apoyo organizativo, económico y propagandístico de las instituciones públicas, cosa que sí ha sucedido en el procés.

De modo que el parecido es, en realidad, escaso.

¿Y cómo definiría lo ocurrido en Cataluña en octubre de 2017? ¿Es exagerado hacerlo como “golpe de Estado”?

Daniel Gascón lo ha llamado “golpe posmoderno”: un golpe sin violencia, pero esencialmente un intento de pasar de un orden constitucional a otro sin pasar por el procedimiento de reforma contemplado en el primero. Me parece una buena definición. También he oído hablar de “pronunciamiento” y los más prudentes hablan de “crisis constitucional”.

Creo que fue algo más que una crisis constitucional. Pero en todo caso creo —y lo digo con prudencia porque no soy jurista— que fue un intento de cambiar las reglas democráticas mediante procesos que, aunque pudieran tener un respaldo importante, no eran democráticos. Tengo una visión muy prototípicamente liberal de la democracia: esta consiste en procedimientos. Lo que se salta los procedimientos está fuera de ella.

Ha defendido que atribuir el origen del procés a la sentencia del Estatut es un mito del secesionismo. ¿Cómo hemos llegado hasta aquí, entonces?

Como tantos procesos históricos, el procés es una suma de factores. Por un lado,  una larga maduración de rasgos ideológicos, acumulación de poder institucional y privado, y creación de unas élites muy asentadas y convencidas de disponer de una legitimidad que va más allá de lo meramente representativo. Por otro, un acontecimiento repentino —en este caso, la crisis financiera de 2008— que hizo que España en 2012 estuviera en serio riesgo de bancarrota y que la Unión Europea pudiera romperse o reconfigurarse de una manera más radical de la que finalmente, en ese momento, lo hizo. Ambas cosas convergieron.

Sin duda, la sentencia del Estatut molestó a mucha gente. Y creo que era muy torpe el mecanismo de acuerdo con el cual el Tribunal Constitucional se pronunciaba después de que la sociedad catalana opinara sobre el Estatut. Pero pienso que no fue decisiva. Después de esa sentencia, CiU pacta unos presupuestos catalanes con el PP sin mayor problema.

También ha contado que en su familia se han roto amistades de 30 años por culpa del procés. ¿Cómo es posible que el nacionalismo siga afirmando que la fractura social no existe?

La fractura social existe. La pregunta es: ¿se trata de un pluralismo un poco agravado, como sucede en tantas democracias donde hay mucha polarización, o es algo más que eso y entra en una categoría que debe preocuparnos seriamente? Yo vivo en Madrid desde hace doce años, por lo que no puedo tener una experiencia individual clara. Diría que lo que se vive hoy en Cataluña no es tan grave como lo que sucedía en octubre de 2017, pero igual cuando publiquéis la entrevista todo ha cambiado. Hay una crisis de convivencia, eso me parece cierto. Durante los últimos años he afirmado que la sociedad catalana iba hacia eso, pero que mi duda era si iba hacia su expresión más dura o su expresión más suave. Ninguna de las dos es agradable. Pero creo que ahora vamos hacia lo segundo. Aunque insisto en que estas palabras pueden quedar viejas en cualquier momento.

El filósofo Manuel Arias Maldonado sostiene que el sentimiento independentista “bloquea toda discusión racional”. ¿Le parece cierto?

No es algo que pase solo en Cataluña. El votante nunca ha sido racional. Muchas veces hemos sustentado la idea de democracia imaginándonos a unos electores que se leían los programas, los periódicos, hablaban con sus vecinos como si lo hicieran en el ágora y luego, seguros de su decisión, depositaban su voto. Eso no ha existido nunca.

Pero sí es cierto que vivimos un momento particularmente irracional de la democracia liberal. Y lo que pasa en Cataluña no es más que otro episodio de ello: las sociedades liberales europeas y ricas están en crisis, y ello se debe en parte a lo que dice Manuel: hay una inflamación sentimental. A los nacionalistas catalanes quizá no les guste la idea, pero son una expresión no tan distinta de Vox en el resto de España, la Liga y 5 Estrellas en Italia, Le Pen en Francia, el brexit en Reino Unido y Trump en Estados Unidos.

En los últimos tiempos, diversos analistas ha recurrido al término “iliberal” para definir el movimiento secesionista en Cataluña. ¿Por qué se le cataloga así?

Las democracias liberales son una cuestión de procedimientos claramente marcados por la ley. Ninguna mayoría, por grande que sea —y la del independentismo es una mayoría muy pequeña— puede saltarse esos procedimientos, que son la garantía de que no se vulnerarán los derechos de nadie, y especialmente los de las distintas minorías. El independentismo ha obrado exactamente con esa falta de respeto, lo que le hace “iliberal”.

Distintos estudios indican que, en Cataluña, los partidarios de la secesión son catalanohablantes de clase media o alta, mientras que los que se oponen son castellanoparlantes de rentas más bajas. ¿Qué nos dice esa realidad?

Bueno, las realidades sociales, como creían los marxistas, siguen marcando en buena medida nuestras ideas políticas. La idea de que el independentismo es un movimiento catalanoparlante y de rentas altas se podía tener de manera intuitiva, pero los estudios cuantitativos lo demuestran. No creo que eso haga que sea más o menos legítimo, pero sí demuestra que no existe la transversalidad que los independentistas anuncian que tiene su movimiento.

Según los informes del Consejo Audiovisual Catalán (CAC) TV3 y Catalunya Ràdio son los medios más plurales del panorama catalán. ¿Cree que es así?

Vivo fuera de Cataluña desde hace doce años y veo TV3 y escucho Catalunya Ràdio solo de vez en cuando. Mi sensación es que son medios en los que muchas veces se respeta, en las tertulias políticas, la presencia de representantes de todas las tendencias, pero que con frecuencia los presentadores, los programas de humor y entretenimiento y la selección de las noticias de los informativos están sesgados hacia el independentismo.

La delegada del Gobierno en Cataluña, Teresa Cunillera, ha afirmado que no hace falta que VOX se presente en Cataluña, porque ya están PP y Ciudadanos. ¿Le parece justa la equiparación?

No. En absoluto. Ciudadanos es un partido de centro que se está moviendo un poco a la derecha y el PP es un partido conservador. Vox es derecha autoritaria. Son cosas distintas que, a mi modo de ver, no tienen la misma respetabilidad. Ahora bien, esta distinción sería mucho más fácil de mantener si Cs y PP no mostraran tanta disponibilidad a ser apoyados por Vox. Pero espero que siga quedando claro que son cosas distintas.

Por Óscar Benítez

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