¡Vaya espectáculo dieron el jueves los senadores y presidentes autonómicos! Si hay algo que ejemplifica la desaparición de los españoles esto es, evidentemente, la Cámara Alta. Cada genio hablando de sus problemas locales (según dijeron, admitieron y reivindicaron): el agua, la frontera, la dispersión, los trenes… ¡Pero si nos da igual!
El caso es que la amnistía para los que en 2017 intentaron derogar la Constitución de 1978 (gracioso aquello de la ensoñación de Marchena) está al caer. Si no sale será porque Puigdemont cree que le conviene más ir a elecciones. Pero no porque Sánchez no esté dispuesto a vender hasta la última letra de la Carta Magna. Total, pensará, a nadie le importa.
España es ese país en el que uno defiende, en política, lo que dicen los de tu costado. Si tu oráculo dice que la amnistía no cabe en la Constitución y que “no, no, no, ¿cuántas veces quiere que se lo diga?”; y al día siguiente dice que “claro que sí, porque es por el bien del país”, pues uno pasa del “no” al “sí” en menos de lo que pide otra caña en el bar.
Una amnistía (parece obvio que sí cabe en la Constitución) puede tener sentido si, realmente, se considera, elabora, describe, expone, defiende y aplica con el mismo consenso de 1978. Que una minoría quede fuera es asumible. El problema radica cuando es esta minoría la que determina la marca del pijama del que duerme en el colchón de La Moncloa.
Es decir, lo que no tiene cabida moral es poner patas arriba el Estado de derecho, tensionar las costuras de la Constitución y crispar a la población (¡una caña, por favor, que ahora estoy a favor!) por una circunstancia puntual y personal. Este es el delito ético de Sánchez. El séptimo del 78 no tiene escrúpulos y se rige por el relativista: “No pasa nada”.
Esta circunstancia sobrevenida (siete diputados de Junts en el Congreso) es el argumento común a todos los que, a favor o en contra, hablan del asunto. Es la única verdad. No hay nadie que se crea, a estas alturas, cualquier tipo de análisis (ni tan siquiera el buenista) que salga de la boca de Sánchez o sus esbirros. Es el delirio de grandeza de un adanista de manual.
Así pues, Sánchez insulta a todo el mundo cuando “cambia de opinión”. Porque cambiar de opinión no es simplemente pasar del “no” al “sí”. Es llegar a una posición diferente después de leer, analizar, escuchar, razonar y concluir. El líder del PSOE, sin embargo, no tiene palabra, ni opinión. Por lo que le da igual cambiarla y no le importa mentir para ello.
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