Fuimos a cenar tres matrimonios por el distrito XVIII, que tanto me gusta y tan poco ofrece a los parisinos. Vinieron dos amigos con sus mujeres. Tienen hijos mayores que se quedaron en Barcelona, así que pudimos hablar de todo. Lo personal se entremezcló con lo político. La actualidad, con la historia. Lo correcto, con lo incorrecto. Mentiras y verdades.
Resolvimos los problemas del mundo sentados en una mesa comiendo y bebiendo como no pudieron hacerlo nuestros abuelos, y no pueden hacerlo, hoy en día, gran parte de los que viven en las zonas más pobres del planeta. Sobrevoló -apenas unos minutos- el reconocimiento de la suerte que hemos tenido -no es otra cosa- de haber nacido en Europa.
Pasada la medianoche, ya en el calor del hogar, apareció un tema que se manifiesta, sobre todo, al salir de España. Los cuatro confesaron que jamás han votado -y van unas cuantas elecciones- a un partido nacionalista. Así los he conocido y les creo, cuando me lo dicen. Entonces, les pregunté: “¿Por qué lleváis toda la noche diciendo que sois catalanes?”.
Usted cree que existen los españoles y yo creo que no. Existen los vascos. Los murcianos. Los andaluces. Los extremeños. Aragoneses. Valencianos. ¡Y hasta riojanos y madrileños! Cuando un delantero de ‘La Roja’ -porque ya no es la selección nacional- mete un gol, los periodistas dicen: “Gol del jugador madrileño a pase del vasco”.
El otro día se celebró la Hispanidad, que es la Fiesta Nacional. Al menos, oficialmente. Nadie habló de los españoles. Sánchez, Feijóo, Illa, la Guardia Civil y hasta una asociación que se llama Espanya i catalans -no hay mejor declaración de intenciones-. En Cataluña se dice que hay “catalanes castellanoparlantes”, como si no fueran españoles.
Y hasta el popular Fernández, que es de lo mejor que tienen por ahí, dijo que el 12 de octubre era un día para estar “orgullosos de ser españoles y de hacerlo en su calidad de catalanes”. Es decir, españoles por ser catalanes. Me pregunto para qué ganamos la guerra civil del siglo XVIII contra los austracistas.
Mis amigos no supieron qué responder. No le dieron importancia. En su vocabulario ha desaparecido la palabra “españoles”. Ya hay poco que les una a sus primos de Sevilla y Santander. El odio al PSOE, quizás. Y la negativa a renunciar a una españolidad que no son capaces de definir. Siguen al minuto la guerra entre Israel y Hamás, pero no saben lo que pasa en Teruel o Badajoz. ¿Españoles?
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