Política para Cataluña… y para toda España

Leo que el PSOE y el PSC “quieren iniciar la reforma de la Constitución Española (CE) sin el apoyo del PP” y que “los dos partidos políticos aprueban la declaración de Barcelona con sus propuestas frente al soberanismo”. Sin embargo, lo más grave no es que quieran reformar la CE sin el apoyo del PP, sino que quieran hacerlo para contentar a los nacionalistas que quieren romper España, de lo que se concluye que no son propuestas “frente al soberanismo” sino la misma ridícula y cobarde cesión ante los nacionalistas de toda la vida, a mayor gloria de Íñigo Urkullu y otros hombres de Estado, mientras se desvertebra España y se tritura la igualdad. Plataforma Ahora sí es partidario de reformar la CE, pero para defender más igualdad y más bienestar para todos, no para contentar a quienes viven del cuento de estar permanentemente descontentos.

Otro de los dramas es que sean “dos partidos” y no uno solo y que sea precisamente el PSOE quien asuma dócilmente todas las ideas catalanistas del PSC. Aunque a estas alturas del partido y habiendo llegado a la conclusión, hace tiempo, de que el PSOE dejó de ser lo que alguna vez fue, ¿qué más da? Si algún izquierdista español pensó que el PSOE todavía podría ser ese gran partido político ubicado en el centro izquierda y tan alejado de los recortadores sociales como de los independentistas que pretenden recortar el Estado, que pierda toda esperanza. Habrá que construir una alternativa.

Cuando algunos prebostes de la política española y otros enanos intelectuales insisten en la necesidad de hacer política para impedir la independencia de Cataluña, les respondo que concreten, porque hay diversas formas de hacer política y distintas decisiones que pudieran ser tomadas. Por ejemplo, se puede seguir mirando a las musarañas o se puede aplicar el artículo 155 de la CE para garantizar el cumplimiento de los derechos ciudadanos vulnerados por la Generalitat en su territorio, más ahora que el nuevo director de la policía catalana es un fervoroso defensor de la ruptura de la legalidad vigente.

Se puede proponer condonar parte de la deuda (amnistiar fiscalmente, vaya, como Montoro a sus amigos) a quienes han venido derrochando dinero público y malversando fondos públicos o reformar la Carta Magna para garantizar la igualdad ciudadana y suprimir el Concierto Económico y el Convenio navarro. Se pueden blindar las competencias educativas, culturales y lingüísticas para que los gobernantes catalanes sigan dando pasos hacia la independencia o se puede blindar, para salvaguardarlo, el vulnerado derecho a la escolarización en lengua común en cualquier parte de España, incluso en Cataluña. Se puede seguir fraccionando la ciudadanía para que España siga siendo un puzle de territorios enfrentados que se dan la espalda mutuamente o se puede ir dando pasos hacia un modelo federal simétrico e igualitario que garantice mismos derechos y deberes para todos los ciudadanos del Estado y una España de ciudadanos libres e iguales. Y así podríamos seguir poniendo ejemplos hasta el infinito hasta concluir, por cierto, como cierre argumental y corolario, que la primera decisión política a tomar es cumplir y hacer cumplir la ley y que no puede dialogarse con los delincuentes que llevan años incumpliéndola.

Desafortunadamente, la izquierda oficial que decidió hace años sustituir la defensa de la igualdad por la defensa de la identidad quiere hacer política, pero política de la mala. Y además la misma mala política de siempre, la que, a falta de proyecto propio, decide abrazar las tesis de los más reaccionarios, esos que anteponen lo propio a lo óptimo. Porque para aplicar las políticas nacionalistas ya están los nacionalistas, lo que falta es aplicar políticas de progreso y de igualdad que protejan la ciudadanía compartida y el interés general. Derribar fronteras y ampliar espacios de convivencia, en lugar de achicarlos.

Al nacionalismo, efectivamente, hay que ganarle en las urnas. Y la mejor forma de ganarle en las urnas es plantarle batalla política, desenmascarar sus falacias y presentar un proyecto político alternativo, atractivo y atrayente, que no esté embaucado por las obsesiones nacionalistas. El problema es que hoy la izquierda oficial está ideológicamente triturada: lo mismo dice que bajar los impuestos es de izquierdas que defiende que España es una nación de naciones que propone amnistiar fiscalmente a los independentistas para que dejen de serlo.

Pedro Sánchez acusó a Mariano Rajoy de “querer gobernar España sin Cataluña”, cosa que nadie en su sano juicio defiende. Pero de la misma forma que no se puede gobernar España sin Cataluña, tampoco se puede gobernar España como si Cataluña no formara parte de ella. O como si los ciudadanos residentes en Cataluña no fueran ciudadanos españoles, abandonándoles a su suerte, víctimas como son de un gobierno autonómico que vulnera la legalidad vigente.

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