La izquierda hegemónica en España ha cambiado la lucha para mejorar las condiciones de vida de los más desfavorecidos para exigir más kilómetros de carril bici, cerrar las fábricas de automóviles –y de paso mandar a sus trabajadores al paro-, crear una neolengua que enmascare sus renuncias y consolidar un sistema clientelar que le garantice una cuota suficiente de voto para mantener sus privilegios.
Esa presunta izquierda carca nos quiere dictar qué hemos de cocinar, cómo y cuándo podemos flirtear o con quién nos podemos acostar, qué debemos pensar, qué podemos sentir y, sobre todo, qué hemos de decir. El PSOE lleva años apuntado a esta moda. A fin de cuentas, si se habla de memoria histórica, se enmascara sus corruptelas como los ERES – lo del Constitucional es de escándalo – y los ‘negocietes’ de la señora de Pedro Sánchez.
La discrepancia, para esta presunta izquierda inquisidora, no puede existir. En Cataluña sabemos mucho de eso, de cómo el totalitarismo separatista lincha socialmente al que disiente, al que se aparta del dogma tribalista. Pierdes oportunidades de promoción, empleos, amistades y vida social por oponerse al dogma de la ‘estelada’. En eso Podemos, Sumar, y los Comunes, son idénticos. No en vano son compañeros de viaje del secesionismo en la tarea de dinamitar nuestro sistema constitucional.
Por eso hemos de ir de barbacoa, oponernos a los ataques al Rey y a la Constitución, denunciar sus mentiras y poner en evidencia sus contradicciones. Porque si algún día consiguen el poder con mayúsculas, no podremos hacerlo. Nos jugamos nuestra libertad.
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