El homenaje a la Constitución Española celebrado este sábado en Tarragona por la Coordinadora de Entidades de la Resistencia Cívica de Tarragona ha sido un soplo de aire fresco. Un acto de genuino compromiso cívico que merece ser destacado. Más aún, si cabe, porque ha sido el único evento en la vía pública que se ha organizado en toda Cataluña para conmemorar nuestra Carta Magna. Ello dice mucho de la asfixia ideológica que impera en la región.
La Resistencia Cívica en esta provincia, liderada por Salvador Caamaño, ha tenido un acierto indiscutible. Lograron la presencia del dramaturgo Albert Boadella. Su figura es un símbolo de la libertad de expresión y de la defensa de la identidad común de los españoles frente a la deriva nacionalista. Boadella representa la voz de esa Cataluña silenciada, leal a la nación.
El discurso de Boadella fue, simplemente, magnífico. Una intervención valiente, cargada de lucidez y de la ironía propia de un artista que se niega a someterse al pensamiento único. No rehuyó la autocrítica, pero puso el foco en los grandes desafíos que afronta hoy nuestro marco de convivencia.
El dramaturgo lanzó una dura advertencia sobre los excesos del Gobierno de Pedro Sánchez. El actual Ejecutivo parece haber tomado por costumbre desdibujar las líneas rojas del consenso constitucional. Las cesiones al nacionalismo y la fragilidad institucional son el pan de cada día bajo el actual mandato socialista.
Boadella fue especialmente incisivo al denunciar el deterioro que el nacionalismo provoca en la sociedad catalana. Esta ideología, que él siempre ha combatido desde la cultura, sigue siendo la principal fábrica de fractura social y de enfrentamiento. El procés, pese a los intentos por blanquearlo, dejó heridas profundas que no terminan de sanar.
Tampoco se olvidó de señalar la deriva del Tribunal Constitucional. El alto tribunal, que debería ser el garante supremo de la Constitución, parece haberse convertido en un actor más del juego político. Esto genera una profunda desconfianza en el Estado de Derecho. Su labor, a ojos de muchos, ya no es la de proteger el texto fundamental, sino la de adaptarlo a las necesidades coyunturales del Gobierno de turno.
La conjunción de estos tres elementos –Sánchez, el nacionalismo y un TC debilitado– crea un caldo de cultivo peligroso. Deteriora la buena convivencia entre todos los españoles. La tensión territorial es palpable. La sensación de que las reglas del juego cambian según la conveniencia de La Moncloa es un sentir generalizado.
El acto de Tarragona, por su parte, demostró que hay una sociedad civil que se niega a claudicar. Es una base resistente. No se resigna a ver cómo se desmantelan los pilares de la Transición. El mensaje es claro. En medio del silencio institucional en Cataluña sobre la Constitución, la Resistencia Cívica se erigió como la única voz visible. Hay una parte importante de la sociedad que exige rigor, respeto a la ley y un Gobierno que mire por el interés general, y no solo por su propia supervivencia.
La lección que nos deja esta jornada es esperanzadora. La valentía de Caamaño y el eco de Boadella son un recordatorio. La defensa de la libertad y de la Constitución no es patrimonio de unos pocos, sino un deber cívico que, afortunadamente, sigue vivo en Cataluña. Es la hora de escuchar a estas voces.
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