
Los propagandistas de la “desmemoria histórica”, especialmente en Cataluña, se dedican a recordar únicamente lo terrible que fue la represión franquista, pero ocultan sistemáticamente los atroces crímenes producidos en la retaguardia presidida por Lluís Companys. Dentro de estos crímenes quiero, en esta ocasión, recordar a unos de los más olvidados: los izquierdistas víctimas del terror fratricida entre las propias organizaciones del Frente Popular, que en Barcelona, Tarragona y otras poblaciones de Cataluña estuvieron, durante la primera semana del mes de mayo, literalmente matándose entre ellos.
En mayo de 1937 tuvieron lugar algunos de los acontecimientos más destacados y controvertidos de la Guerra Civil: los llamados “Fets de Maig de 1937”, que fueron el estallido violento de la creciente tensión, producto de las querellas internas en la retaguardia en Cataluña entre las diversas fuerzas del Frente Popular, y que produjo un sangriento enfrentamiento armado entre, por un lado, el PSUC (PCE), UGT, ERC y las fuerzas de orden público, y por otro, los militantes de la CNT-FAI y del POUM (trotskistas).
Algunos han definido estos enfrentamientos como “la guerra dentro de la guerra”. Los mismos decidieron quién tenía la hegemonía y el control tanto entre las fuerzas antifascistas como en la política catalana en general. En Cataluña, de hecho, la fuerza obrera hegemónica hasta mayo del 37 era la CNT-FAI y, aunque el poder oficial lo tenía la Generalitat, el poder real en las calles lo tenían los anarquistas. Manuel Azaña describió cómo era aquella Cataluña de los primeros diez meses de la Guerra Civil: “Nada existe (…) Histeria revolucionaria que pasa de la palabra a los hechos para asesinar y robar; ineptitud de los gobernantes, inmoralidad, cobardía, ladridos y pistoletazos…”.
Los hechos de mayor trascendencia acontecieron en Barcelona. Entre el 3 y el 7 de mayo sus calles se tiñeron de sangre. Se saldaron allí algunos de los principales conflictos que arrastraban las organizaciones republicanas del Frente Popular desde su constitución en febrero de 1936, que se acentuaron enormemente durante los primeros meses de la Guerra Civil, pues se enfrentaban dos visiones o proyectos de cómo afrontar la guerra: “revolución y guerra al mismo tiempo”, que defendían los anarquistas y los trotskistas del POUM, y “primero la guerra y luego la revolución”, que defendían especialmente comunistas y socialistas. Todo ello agravado por los desmanes y atrocidades cometidas por los grupos de “incontrolados”, mayoritariamente anarquistas, por los fracasos militares y por la desunión política en el Gobierno.

Después de cinco días de encarnizada lucha, en los que se implantó una especie de caza del hombre en Barcelona, los guardias de asalto llegados desde Valencia (5.000), con el apoyo especialmente de militantes del PSUC-UGT, fueron haciéndose con la ciudad y acabaron con las últimas resistencias. Se dio como oficial la cifra de cuatrocientos muertos y mil heridos. Pero hubo muertos en otras poblaciones: en Ripollet, por ejemplo, aparecieron 14 cadáveres de cenetistas arrojados a un terraplén.
También los anarquistas estuvieron implicados en múltiples asesinatos, como el de Antonio Sesé, secretario general de UGT, tiroteado el 5 de mayo en la calle Caspe cuando se dirigía a tomar posesión como nuevo conseller de la Generalitat. Asimismo, Roldán Cortada i Dolcet, dirigente del PSUC y la UGT y exdirigente de la CNT, había sido asesinado por miembros de la FAI días antes en Molins de Rei. Otros serían asesinados en días posteriores en las checas de la policía paralela estalinista, controlada por la NKVD.
Este fue el destino, incluso, de destacados voluntarios (trotskistas) de las Brigadas Internacionales como K. Landau, Erwin Wolf (secretario de Trotski), H. Freund, M. Rhein o el intelectual anarquista italiano C. Berneri, que días antes había escrito: “Hoy luchamos contra Burgos, mañana tendremos que hacerlo contra Moscú”. El escritor George Orwell, que luchó como miliciano del POUM, se refugió, cuando iban a por él, en las cúpulas del Poliorama y pudo escapar.
Luego escribiría: “(…) los comunistas habían logrado definitivamente el poder, el orden interior había sido confiado a los ministros comunistas, y nadie dudaba de que aplastarían a sus rivales políticos en la primera oportunidad”. El balance total de las víctimas no será nunca conocido, pues muchos detenidos luego desaparecieron sin dejar rastro.
Estos disturbios se trasladaron pronto a Tarragona. El día 4 se produce ya algún tiroteo y el lanzamiento de una bomba de mano desde la terraza de la sede anarquista de las Juventudes Libertarias (JJ. LL.), situada en la confiscada casa Ventosa de la Rambla, contra la sede de UGT-PSUC, situada justo al lado, en el confiscado convento de las Teresianas. Al día siguiente, la presión fue en aumento y una delegación de PSUC, UGT, ERC y Estat Català exigió al delegado de Orden Público (Joan Rodríguez) que tomara medidas al respecto y ocupara los centros estratégicos.
El día 6 estalló con fuerza la violencia, con un incesante tiroteo por el centro de la ciudad y en los alrededores de las sedes de las diferentes organizaciones del Frente Popular. A mediodía, un militante de la UGT lanzó varias bombas de mano desde la azotea del convento de las Teresianas y consiguió destruir el nido de ametralladoras situado en la terraza de la sede de las JJ. LL.
Los enfrentamientos armados prosiguieron a lo largo del día, hasta que por la tarde las fuerzas de orden público, con la ayuda de refuerzos militares llegados desde el aeródromo de Reus, que con un pequeño cañón antitanque y un certero disparo destruyeron un blindado de la CNT, asaltaron, junto con militantes de la UGT, la sede anarquista de las JJ. LL., deteniendo a sus integrantes y ejecutando allí mismo al célebre y sanguinario patrullero J. Recasens (el “Sec de la Matinada”). A partir de este momento, los servicios de seguridad se harían con el control de la situación hasta conseguir la vuelta a una cierta normalidad.
El trágico balance fue de decenas de heridos y un total de 11 muertos (5 de ERC, 4 de las JJ. LL., un militar del aeródromo de Reus y un guardia de asalto). Se produjeron también cincuenta detenciones y se confiscó gran cantidad de armamento. También tuvieron lugar enfrentamientos importantes en Tortosa, con al menos seis muertos y varias decenas de heridos. Una vez restablecido el orden, se produjo en Tarragona un número indeterminado de ejecuciones de anarquistas e izquierdistas del POUM (algunos hablan de unos 50) por parte de las fuerzas del orden. En la prensa durante esos días, según el signo político que tuviera, se acusaban unos a otros de fascistas y contrarrevolucionarios, aunque pronto se acordó echar tierra sobre el asunto.
“Els Fets de Maig” significaron una pérdida de la hegemonía de los anarquistas y un gran reforzamiento e influencia de los comunistas del PCE-PSUC. Para anarquistas y trotskistas fue un golpe de Estado a la revolución. La víctima propiciatoria a la que se hizo aparecer, delante de todo el mundo, como el máximo responsable de los sucesos fue el POUM (el eslabón más débil en el tablero político). En Tarragona, en un documento entregado al presidente de la Generalitat y firmado por representantes del PSUC, UGT, ERC, Estat Català y el Centre Catalanista Republicà de Tarragona y Reus, donde se analizan los hechos sucedidos, aunque se reconoce que el POUM no participó directamente en los hechos, se le presenta como máximo responsable y se pide su disolución.
La líder comunista Dolores Ibárruri diría que los trotskistas del POUM se habían convertido en agentes del fascismo y debían eliminarse como “hierba ponzoñosa”. Se inició una persecución implacable que llevó a su ilegalización y a la detención de todos sus dirigentes, incluido el vendrellense Andreu Nin, máximo líder del POUM, quien, por orden expresa del general soviético Orlov (responsable en España de la NKVD), sería en el mes de junio encarcelado y cruelmente torturado hasta su muerte (su cuerpo no ha sido encontrado hasta el día de hoy). Se impuso y se justificó la lógica del estalinismo.
La persecución al trotskismo no cesó y así, en 1940, por orden de Stalin, León Trotski, uno de los principales artífices de la revolución rusa, sería asesinado en México por el comunista catalán Jaume Ramón Mercader (convertido en agente soviético), quien utilizó para ello un piolet que le clavó en la cabeza; por este hecho sería años más tarde condecorado como Héroe de la Unión Soviética.
Lo más triste es que, de estos hechos, sobre los que prácticamente nada sabe hoy gran parte de los ciudadanos de Cataluña, se suele correr un tupido velo. La dignidad de estas víctimas parece traer al fresco a todo el mundo.
Salvador Caamaño Morado (autor del libro: “Tarragona 1936. Terror en la retaguardia”)
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