En los últimos meses, Podemos ha vuelto a ocupar titulares no por propuestas constructivas, sino por su empeño en tensar el debate público y agitar la polarización política en España. El partido fundado por Pablo Iglesias parece haber optado por una estrategia de confrontación constante que poco contribuye al bienestar democrático ni a la convivencia social. De ahí sus continuos insultos a los periodistas críticos con su actuación, como Vito Quiles o Bertrand Ndongo, a los que llegó a llamar «nazis».
La ruptura con Sumar y la campaña de ataques personales a Yolanda Díaz, a medios de comunicación y a periodistas críticos, evidencia que Podemos ha dejado de ser un proyecto de transformación para convertirse en una fuerza centrada en preservar un espacio político a toda costa, aunque eso implique erosionar las instituciones y alimentar el enfrentamiento permanente.
Pese a no tener ya presencia en el Gobierno, y a contar con una representación parlamentaria muy reducida, Podemos sigue influyendo en la agenda mediática gracias a su agresiva presencia en redes sociales y a las intervenciones públicas de Pablo Iglesias. Aunque oficialmente retirado de la política, Iglesias sigue siendo el centro de gravedad del partido, dictando el tono y el rumbo desde su plataforma mediática y su rol como comentarista.
No es casualidad que las declaraciones más incendiarias vengan siempre del entorno más próximo a Iglesias. Podemos ha asumido una retórica populista que no busca consensos, sino enemigos. Periodistas, jueces, empresarios, incluso exaliados políticos son presentados como parte de una supuesta conspiración contra el pueblo. Este marco discursivo es peligroso, no solo porque simplifica el debate, sino porque alimenta una cultura del odio incompatible con la convivencia democrática.
El problema es que esta radicalización tiene efectos reales. Cada vez que Podemos alienta movilizaciones contra decisiones judiciales o desacredita las instituciones del Estado, contribuye a debilitar la confianza de la ciudadanía en la democracia. La crítica legítima es sana, pero cuando se convierte en un ataque sistemático al sistema, el discurso deja de ser progresista para convertirse en desestabilizador. Y lo hace precisamente Pablo Iglesias, que llegó a ser vicepresidente del Gobierno.
Mientras tanto, Pablo Iglesias continúa operando desde la sombra, opinando sobre todo y todos, como si aún liderara el país desde una vicepresidencia cuando ya no lidera el partido. Su figura, lejos de diluirse, ha adquirido un perfil de caudillo mediático que se resiste a ceder el protagonismo, convirtiendo su influencia en una rémora para cualquier intento de renovación real en la izquierda radical.
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