En Cataluña, el debate sobre la identidad nacional ha desbordado desde hace décadas el ámbito político para penetrar con fuerza en la educación, la divulgación histórica y los medios de comunicación. Diversos estudios académicos, informes oficiales y pronunciamientos de historiadores han advertido de una tendencia creciente en ciertos sectores del nacionalismo catalán: reinterpretar o incluso distorsionar hechos históricos con fines políticos.
Uno de los ámbitos donde más claramente se observa esta manipulación es en los manuales escolares. En 2018, un informe de la Asamblea por una Escuela Bilingüe y SCC señaló que algunos libros de texto utilizados en centros educativos catalanes ofrecían una visión sesgada de la historia de Cataluña. También el sindicato AMES hizo otro estudio similar.
Por ejemplo, en materias como Ciencias Sociales o Historia, se describía la Guerra de Sucesión (1701-1714) como una lucha de “Cataluña contra España”, cuando en realidad fue un conflicto dinástico a escala europea, en el que en Cataluña se apoyó al archiduque Carlos de Austria, no por un sentimiento nacionalista moderno, sino por razones políticas y dinásticas propias del contexto de la época. O cuando se asegura que la Generalitat ha tenido 133 presidentes, cuando la entidad medieval que tenía el mismo nombre no tenía nada que ver con la actual institución.
Asimismo, se han documentado manuales que omiten el papel de los catalanes en la colonización de América o en la expansión del Imperio español, proyectando una imagen de Cataluña como víctima constante del centralismo castellano y ajena a los procesos históricos comunes.
La Diada, celebrada cada 11 de septiembre, conmemora la caída de Barcelona ese día de 1714 frente a las tropas borbónicas. Desde los años 80, sectores del nacionalismo han convertido esta fecha en un símbolo de “lucha por la libertad de Cataluña”, reinterpretando el hecho como una supuesta defensa de la independencia nacional, cuando lo que estaba en juego era la continuidad de los fueros y privilegios dentro de una monarquía compuesta, no una república catalana ni un Estado soberano.
Otro de los ejemplos más llamativos es la reinterpretación del papel de la Corona de Aragón. En diversos materiales divulgativos promovidos por entes subvencionados por la Generalitat, se presenta a la Corona como “el Estado catalán medieval”, obviando que se trataba de una entidad política compuesta por varios territorios (Cataluña, Aragón, Valencia, Mallorca, Sicilia, entre otros) con instituciones distintas. La figura de Jaime I, por ejemplo, ha sido muchas veces reclamada como un “rey de Cataluña”, pese a que jamás ostentó dicho título.
En cuanto a la historia reciente, algunos programas escolares presentan la Transición española como un proceso tutelado exclusivamente desde Madrid, minimizando el papel de líderes catalanes como Jordi Pujol, y presentan al franquismo como una represión particularmente dirigida a Cataluña, cuando en realidad fue un régimen represivo con todo el país.
La utilización política de la historia no es exclusiva de Cataluña, pero en este caso alcanza una dimensión institucional que preocupa a muchos especialistas. La historia convertida en herramienta de cohesión nacional puede derivar en propaganda, especialmente si se implanta en el sistema educativo y se divulga de forma acrítica.
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