Perversos


Hace pocos años tuvimos la oportunidad de ver en televisión, en una comisión del Congreso de los Diputados, a una señora llamada Ada Colau a la que nadie conocía, entonces presidenta del escrache, lanzando ante los micrófonos la siguiente afirmación: son ustedes unos criminales. Era en relación a todas aquellas personas a las que responsabilizaba de los desahucios provocados por una funesta gestión de la financiación inmobiliaria. Todo ello en el ejercicio de la llamada libertad de expresión a la que tan acostumbrados estamos a reivindicar como un derecho ciudadano.

Acogiéndome a ese mismo derecho que, por lo tanto, debo tener me puedo permitir publicar hoy: Sr. Puigdemont y acompañantes, son ustedes unos perversos. Y Sra. Alcaldesa de Barcelona, también usted es una auténtica perversa. No hace falta acudir al diccionario para que todo el mundo entienda la enorme perversidad humana que esconde la manipulación de una manifestación de paz en memoria de tantas personas y familias que han visto sus vidas truncadas por el cruel e inhumano terrorismo islámico radical, en un nuevo atentado sin sentido alguno, sin futuro ni ventaja pues tan solo pasará a engrosar aquellos capítulos de la basura histórica que desgraciadamente se acumulan en los vertederos de nuestra evolución.

Permitir, alentar y financiar la conversión de una multitudinaria expresión de dolor en el más sentido deseo de paz, en una festiva orgía política de banderas que esconden la manipulación de los sentimientos y emociones, no cabe más que considerarlo un acto de la mayor y execrable perversidad personal y de equipo de gobierno.

Alimentar dando libertad de estrategia y acción a organizaciones mercenarias expertas en hipnosis emocional tan solo para obtener notoriedad internacional en medios de comunicación y comentaristas políticos, demuestra una bajeza moral que debería repugnar a cualquier sociedad sana y democrática.

Que de una forma perfectamente planeada se permita rodear a las máximas autoridades del Estado, del Gobierno y de nuestro común marco general de convivencia, para que sean abucheadas, acosadas e insultadas cuando manifiestan públicamente su dolor y solidaridad en Barcelona, tampoco merece más que la calificación de enfermiza maldad, máxime cuando los responsables de esa permisión rodean a las víctimas con el puñal en la mano, como Bruto y sus secuaces.

Debería invadirnos una profunda tristeza aunque solo fuera para que las víctimas mortales del atentado de las Ramblas de Barcelona, heridos en su diversa gravedad, familias y tantos corazones de buena gente que se han visto afectados, puedan perdonarlos en la trampa que nos ha preparado la convocatoria a todos los que hemos acudido por la paz y la convivencia.

No nos queda más remedio hoy que confiar en su perdón.


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