Miquel Giménez acaba de matar a Hitler y a toda su tropa de psicópatas arios obsesionados con la pureza racial alterando los hechos de la Segunda Guerra Mundial. La proeza la logra el escritor catalán a través de una novela histórica de ficción localizada en la Europa dominada por el nacionalsocialismo. Inglaterra ha sido ocupada, su líder, Winston Churchill ejecutado, Francia y el resto de países también, y España acaba de ser invadida por Hitler porque quiere hacerse con el estrecho de Gibraltar, a pesar de la oposición de Franco.
Ante la ocupación, el Caudillo opta por exiliarse en EEUU. Cataluña, por el contrario, llena de fervor por las ideas nacionalsocialistas, se ha convertido en un protectorado nazi para lograr la independencia definitiva de España. Rusia está a punto de caer y sólo EEUU mantiene a raya a la Alemania Nazi. Y conspira. Sus servicios secretos han logrado alistar a dos anarquistas españoles para acabar con Adolt Hitler y toda su cúpula. El lugar elegido, Barcelona. En el día más señalado por el nacionalismo catalán, la Diada nacional de Cataluña del 11 de septiembre. Ese día asistirá al evento toda la cúpula nazi de Europa, incluido el mismísimo Hitler.
Las fuerzas vivas de Cataluña viven el hecho como propio. El autor del libro recoge en varios pasajes del libro el motivo morboso por el cual el Führer ha escogido a Cataluña entre todas las regiones de Europa para el evento, especialmente en el siguiente diálogo entre Bormann, Himmler y Hitler.
- Mi Führer, permítame una observación -dice Bormann- Esos catalanes tienen una tendencia al comercio y al regateo, que recuerdan las tácticas de la judería internacional. Lo mismo colaboraron en la proclamación de la República que financiaron después el alzamiento, y cuando les convino, le dieron una patada a Franco para pasarse a nuestro bando. No me fio -dijo Bormann que no sentía ninguna simpatía por Cataluña-.
- Bormann -le corrige Hitler- si en algún lugar se acepta como verdadera la visión nacionalsocialista es en esta tierra. Sus dirigentes son arrogantes, duros, inasequibles a cualquier sentimiento de piedad o compasión y entienden como nadie que el pueblo debe estar unido en una sola comunidad. Le recuerdo que uno de los líderes históricos del catalanismo, Prat de la Riba, decía de los españoles eran un pueblo en el que lo semítico era lo predominante debido a la mezcla de la sangre árabe y africana. ¡Y eso en 1898, cuando Alemania apenas conocía a Gabineau o a Howard Stewart Chanberlain! Eso por no citar a Pompeu Gener, el filósofo que argumentaba que Cataluña estaba formada por una raza superior a la castellana, porque mientras el catalán es un ario europeo que camina hacia el destino del superhombre, Castilla está condenada por su herencia semita.
- Es cierto, mi Führer -terció Himmler- y el gran unificador del idioma catalán, Pompeu Fabra, escribió que sería imperativo analizar las características de los catalanes nacidos de inmigrantes o productos de mezcla por desconfiar de su patriotismo. Puedo asegurar que existe un elevado concepto de raza entre esa gente, más que en Francia, Holanda o Noruega.
- Eso es, Himmler, usted lo ha dicho -exclamó Hitler dando una palmada-, en la mayoría de las naciones que tenemos bajo nuestro dominio existen buenos patriotas que simpatizan con la ideología nacionalsocialista y la aceptan por entender que es la única salvaguarda contra el bolchevismo, pero sólo en Cataluña han entendido perfectamente que nuestra lucha es una guerra cósmica para conseguir la supremacía biológica, que el nuestro es un combate de razas y que sólo con la victoria total llegaremos a un mundo en el que la impureza racial será una pesadilla del pasado. ¿Acaso el alcalde de Barcelona a principios de siglo, el doctor Robert, no media con un compás los cráneos para conocer si el individuo era ario o no lo era? A ese pueblo sólo le hacía falta un pequeño empujón y se lo hemos dado nosotros. No, los catalanes son los únicos entre nuestros aliados que podemos considerar como personas que viven nuestra fe como propia. Eran nacionalsocialistas antes de nacer nuestro movimiento.
- Mi Führer, ¿y los vascos? -intervino Speer- También son partidarios de la política racial, no hay más que leer al fundador del nacionalismo vasco Sabino Arana. Tienen como emblema la esvástica…
Hitler rio cordialmente ante la ingenuidad de su arquitecto favorito.
- Querido Speer, es usted un inocente. Los vascos son racistas pero a diferencia de los catalanes, que se consideran iguales a nosotros, ellos se consideran superiores a todos. Sí, amigo mío, no encontrará a ningún nativo de Euskadi que no crea a pies juntillas que el mundo civilizado empieza y termina en su pueblo. (“Operación Barcelona. Matar a Hitler”. pág. 120 a 123. sekotia)
Miquel Giménez, con un humor inagotable aprovecha la disparatada trama de ficción para hablar de cosas muy serias y de hechos muy ciertos. La obra es un muestreo de su visión del mundo, de los ideales anarquistas, de la libertad de carne y hueso, del fracaso de la política, de la hipocresía y los intereses creados de las democracias dominantes y de la sencillez de la gente corriente pisoteada una y otra vez en la historia. Incluso nos pone ante el espejo a través de la ficción de un Franco en el exilio. Sin que se note el cuidado, no sería difícil deducir del disparate la siguiente pregunta: ¿Si Franco hubiera perdido la guerra y el Frente Popular hubiera instalado un régimen comunista de obediencia con la URSS estalinista, hubiera sido mejor para los españoles, o peor? Son esas cuestiones que no nos permitimos pensar, pero dan que pensar.
Miquel Giménez, profundo conocedor del alma catalán, pasa cuentas a un catalanismo supremacista, clasista, hipócrita que ha logrado engañar a todo el mundo, pasándose por demócrata en nombre de la libertad para saquear al resto de españoles y convertir a los catalanes no nacionalistas en extranjeros en su país. No hay engaño que cien años dure.
Ni omertá que sobreviva a la irresistible pulsión humana por la justicia y la libertad.
Barcelona, 11 de septiembre de 2023, día de la Diada nacional de Cataluña.
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