La prensa catalana ha tapado durante décadas a los discrepantes con el supremacismo lingüístico nacionalista con un eficaz manto de silencio que les convertía en invisibles. Eran los “fachas”, los “inadaptados” a los que se podía perseguir e increpar, bien quemándoles el coche, bien provocando su exilio interior o exterior.
Muchos catalanes no pujolistas confiaban que el PSC algún día ganaría a Convergència y ‘cambiaría las cosas’. Como ya saben, los socialistas se aliaron con Esquerra a la que tuvieron oportunidad, creando dos tripartitos, porque desde el primer momento estaban tan acomplejados con el nacionalismo que nunca fueron una alternativa real.
El socialismo gobernando la Generalitat acabó con el andaluz José Montilla encabezando una manifestación contra el Tribunal Constitucional con miles de ‘esteladas’ detrás. Y casi saliendo por patas ante la agresividad de algunos separatistas. Y es que el separatismo no perdona a «los otros», por mucho que algunos jueguen a llevarse bien con ellos.
El lema secesionista por excelencia es el «conmigo o contra mí», y los que juegan a las medias tintas acaban recibiendo lo mismo que los desafectos Su agresividad no hace distingos, el independentismo — en esto son iguales los ‘moderados’ y los ‘radicales — cree que todos los discrepantes merecen ser expulsados. Quien no lo vea, tiene un problema, porque también le acabará llegando el turno.
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