Noticias falsas, WhatsApp y el procés

El periódico británico The Guardian publicaba un artículo sobre el riesgo que representa WhatsApp en la difusión de noticias falsas o bulos. Los rumores falsos no son, evidentemente, nada nuevo; dar credibilidad a lo que alguien cuenta como primicia confidencial, tampoco. WhatsApp simplemente está dando un altavoz a esa costumbre, facilitando pasar un mensaje o noticia a contactos en cuestión de segundos.

En la situación actual, donde grupos (reales y virtuales) se rompen por debates y discusiones sobre posturas políticas, los riesgos de rumores son más patentes que nunca. Hay un riesgo adicional que es el sesgo confirmatorio, es decir, la tendencia a creer lo que ratifica lo que ya creemos y a rechazar lo que contradice nuestra creencia.

Esta predisposición no es nueva tampoco, simplemente se manifiesta con más frecuencia en nuestra era de la información. Los creadores de información falsa son perfectamente conscientes de esto, por lo que se hace necesaria una lectura crítica, es decir, suspicaz.
Un caso reciente evidencia esta praxis.

A principios de enero Diario 16 publicaba un artículo dando difusión al informe provisional de unos observadores internacionales que se hacen llamar Democracy Volunteers y que habrían percibido irregularidades en las elecciones de diciembre.

El artículo terminaba diciendo que el Estado español se opuso a la actividad de estos observadores porque “decenas de informes que denunciasen irregularidades hubiesen sido un descrédito”, además de agradecer la visita del colectivo.

Un lector de buena fe hubiera concluido que los observadores internacionales son una suerte de personas con acreditación (de la ONU o similar), que Democracy Volunteers (además ingleses, oiga) eran tales y que de hecho encontraron irregularidades en las elecciones.

Si ese mismo lector hubiera tenido la inclinación de leer el informe (provisional, no lo olvidemos), habría visto que de 17 páginas, tan sólo 9 (siendo generosos) se referían a las elecciones que acudían a observar. Por poner la extensión del informe en contexto, el informe del Carter Centre (del antiguo presidente de Estados Unidos) sobre las elecciones en Bolivia de 2009 tiene 71 páginas, mientras que el informe Final de Democracy Volunteers sobre las elecciones generales del Reino Unido de 2017 también tenía 12 hojas.

Aún más importante es la falta de expreso cumplimiento de los Principios de observación electoral internacional y Código de Conducta de observadores internacionales de la OSCE. Específicamente, el principio sexto que se refiere a la prohibición de aceptar financiación o apoyo logístico del gobierno cuyas elecciones se observan, así como la obligación de informar sobre la financiación de su actividad.

Pues bien, supimos hace unos días por El Español que un informe presentado por la Guardia Civil al Juzgado de Instrucción número 13 de Barcelona, relevaba que los referidos observadores internacionales habrían cobrado de la Generalitat un total de 112.993 euros en honorarios, más 52.000 euros en alojamiento y transporte. Es decir, financiación más apoyo logístico, que por cierto no quisieron confirmar o negar a El Español cuando fueron preguntados por ello en enero. Los honorarios habrían variado, pero el Dr. John Ault, profesor de la universidad de Exeter y Director de la organización habría cobrado, según el periódico, 16.450 euros.

Es de suponer que los honorarios habrían sido pagados por el informe final (principio séptimo de los Principios arriba referidos, por cierto), y no sólo el informe provisional, y que el joven equipo de Democracy Volunteers tiene intención de presentar el mismo (el último informe que han publicado es de unas elecciones en Holanda en marzo de 2018).

De momento, les ha bastado con acudir al Parlamento británico a hablar con el Grupo Parlamentario sobre Cataluña (¿se imaginan un Grupo parlamentario sobre Gran Bretaña en nuestro Congreso?) en el que se ha dado por probado que los medios de comunicación de Madrid tienen prejuicios.

Este caso es un ejemplo entre otros muchos en los que información con aparente veracidad y solidez se utiliza para apoyar una línea argumental. Sin embargo, un poco de investigación y contraste pueden enseñarnos que la realidad es bien distinta.

Por Alfonso Valero, profesor en Nottingham Trent University


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