Nadie, nadie, nadie, que enfrente no hay nadie
que es nadie la muerte si va en tu montura
galopa caballo cuatralbo, jinete del pueblo
que la tierra es tuya
A galopar, a galopar, hasta enterrarlos en el mar
Cada vez que escucho noticias sobre infectados, las muertes diarias, parece como si dentro se me removiese todo, miles de seres sufriendo, otros que se van sin que sus hijos padres o hermanos les tomen de la mano en la despedida, impotencia de los aislados al conocer su pérdida, terror de los solos que ven llegar su hora.
Cuando pierdes a quien quieres sin límite, sean los padres, hermanos, amigos o lo peor y más insufrible, un hijo, aprendes bien que ninguna muerte puede sumarse a otra muerte. Cada una es motivo de enorme dolor, a veces para toda la vida, las ausencias son terribles. La soledad de la muerte añade, al recuerdo del ser querido, la desazón de no haberlo podido acariciar y besar por última vez, cuando ocurre.
Son miles los fallecidos, son millones los aislados en sus casas y cada vez que se recurre a estadísticas comparaciones y porcentajes, debería pedirse perdón para que no parezca un ejercicio desalmado.
Sería diferente si en quienes salen a explicarnos la situación no percibiésemos en sus palabras, en sus comentarios, que están más preocupados por aparecer libres de culpa que apesadumbrados por tanta desgracia. Como estamos todos.
Sería diferente si en lugar de gestos compungidos y largos discursos vacuos, incomprensibles, hablasen de que hacer para salir adelante con los recursos disponibles, hacerlo con la energía del convencido de hacer todo lo posible para cumplir con su obligación, gobernar, proteger a los ciudadanos.
Sería diferente si percibiésemos capacidad, coherencia, valentía y algún rasgo de humildad, afrontando valientes la autocrítica de los propios errores, siempre disculpables, excepto cuando pretenden disimularlos con soberbia y necedad.
Hoy mismo, mientras escribo, oigo noticias de falta de todo tipo de equipos para protección de los más vulnerables y a la vez necesarios, el personal sanitario, los policías, el ejército, desde quienes limpian a quienes operan pasando por toda la escala de trabajos diversos, todos ellos igualmente necesarios y precisados de protección ahora. Y también de otras muchas personas que su trabajo no puede paralizarse por el bien de todos.
Al tiempo oigo a comentaristas enzarzarse en discusiones absurdas sobre lo que ocurre y lo que se hace. Parece que todos tenemos, a pesar de tanta aparente información, una desinformación galopante, a lo que muchos de ellos contribuyen. La estulticia de opinador comprado. O el otro muy peligroso, el sectario.
Y en esto llegó Sánchez e Iglesias y otros indignos. No mandaron parar, como el comandante, hablan por hablar, no importa de que, no importa el dolor, no importa su estúpida presencia gesticulante y vacua. Quieren, pretenden decirnos lo que hacen y que está bien, mienten y mienten, son ineptos, no tienen empatía, uno rompiendo las normas que nos dictan a todos en cuanto aislamiento para decir sin decir, que gracias a él hay quien piensa en los pobres, en los trabajadores más desfavorecidos, a los que el paro que convertirá, a muchos, en ciudadanos rotos, irrecuperables. ¡Idiota¡ Y los que hemos trabajado décadas, ¿crees que buscamos caridades y subvenciones como vosotros?
No tienen ninguna experiencia seria en lo civil, salen de la burbuja universitaria en la que muchos aprenden a comportarse sectariamente, antes de formarse, o son jóvenes de “chusco” subiendo de categoría en el seno de partidos de carácter funcionarial, incapaces uno y otro de tener ideas propias o la mínima creatividad, o capacidad de trabajo, aunque sí para trepar, contradiciéndose burdamente en cada momento y ambos aprendiendo complacidos que tienen una ciudadanía mansa, acrítica y sectaria a su servicio. Sí, a su servicio.
Sí son ellos, como el presidente, este personaje increíble. Se pasea por el partido y convence y lo hace porque en los partidos los militantes de base llevan años abandonados, nadie se acuerda de ellos entre elección y elección y cuando alguno va y les saluda levitan.
Uno y otro no son nada más que el ejemplo y referencia. Malas. Pero no seamos ilusos y pensemos solo en ellos, están ahí porque una corte enorme, muchos de ellos sinvergüenzas de libro, sin formación, ni escrúpulos, ni ética, les sirven con una mano, mientras la otra agarra las prebendas por tal servilismo.
A estos gobernantes, los del Gobierno y a otros que, siendo menos importantes, pero más dañinos, como ese entramado de picaresca delincuencial que ocupa la Generalitat de Cataluña, donde vivo y observo su irradiación de odio y miserabilidad, hay que decirles claramente que no nos merecen. Somos mejores que ellos y el virus pasará, pese a su estupidez congénita para abordar la crisis con eficacia.
No hay espera, no hay tregua ya. Podemos aplaudir cada noche como homenaje a los sanitarios, policías, bomberos, basureros, limpiadores, servidores públicos… Pero cuando lo hagamos no olvidemos que los aplausos son para ellos y son también la confesión de nuestros miedos, de nuestra impotencia encerrados. Nunca para quienes nos mal gobiernan y que groseramente se muestran encantados con esta expresión de solidaridad. Por cierto, la solidaridad la está expresando mucha gente con iniciativas de servicio y apoyo a los demás. Anónimamente, generosamente.
No nos merecéis, no merecéis nuestra consideración, no merecéis nuestro apoyo, no merecéis nuestros votos, no merecéis gobernar.
José Luis Vergara. Abril 2020
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