A finales del pasado 2021 se publicó un libro escrito por Cayetana Álvarez de Toledo, doctora en Historia Moderna, periodista y moralmente necesaria. El libro ha colocado en un primer plano algunas cuestiones sobre la naturaleza humana, la condición del político y las dimensiones del pensamiento dominante en la actualidad. El título del libro, Políticamente indeseable, hace alusión a varias cuestiones que ella misma ha glosado en las diferentes entrevistas y presentaciones de libro que ha realizado desde el lanzamiento de la obra.
Pero quiero quedarme en esta columna con lo necesario de alguna de sus reflexiones y de los olvidos que la sociedad española padece. Languidece la razón en manos de los balbuceos que el nacionalismo catalán profiere cuando tienen ocasión. Perece la democracia cuando los políticos, los medios de comunicación abandonan el imperativo de la veracidad dominados por la necesidad de imponer un relato y disminuye nuestra condición de seres humanos, racionales cuando nos dejamos llevar de los pactos y del vuelo de Mefistófeles.
El otro día, Andrés Trapiello en sus Figuraciones (El Mundo, 28 de enero), algo decía al respecto. Los desafíos que se plantean al ciudadano tienen que ver con luchar contra la ideología “inconsciente” que se intenta apoderar de todo e impregnarlo, como una marea negra del fatal hechizo de la ignorancia y el silencio. Desterremos ahora un prejuicio común que, paradójicamente, se ha instalado en la democracia española como es el del miedo a la discrepancia y aboguemos por la crítica sensata. El mundo de la política es hoy en España, un meme, un artefacto que comienza a socavar la propia concepción libertad, igualdad, progreso y que impone un dietario que todos deben cumplir para garantizar la supervivencia en ese mundo de comediantes que, en ocasiones, parecen nuestros parlamentos, tertulias o debates.
Lo disfuncional del mundo en el que estamos es que libros como el de Cayetana Álvarez de Toledo o cantos al imperio de la verdad como el que personas como Arcadi Espada proclaman, están abandonados por los oportunismos de un mundo veloz. Si tuviésemos que analizar cuál es la genealogía de la culpa, evidentemente deberíamos colocar en el mito fundacional a los populismos de izquierda, y su trasunto del Túbal “empoderador”; los adanismos de los jóvenes “ideólogos” y el silencio y larga hibernación del pensamiento conservador y liberal para dar diferentes respuestas.
El germen se instaló a modo de un resentimiento hacia la inteligencia, la excelencia y la práctica de la virtud en toda la sociedad y hace que textos y discursos como los de Cayetana Álvarez de Toledo, Andrés Trapiello, Espada, Vargas Llosa, sean moralmente necesarios, incluso cuando se pueda llegar a discrepar de alguna de sus opiniones o máximas. Ser timoratos en la defensa de la libertad en tiempos de cancelación de ésta, es una irresponsabilidad moral. El camino para combatir el abismo hacia el que se encamina la sociedad a golpe del látigo de la indiferencia es volver a encarnar los imperativos que lleva implícito el término ciudadano y dejar que el imperio de la verdad, el dominio de la razón nos garantice el ejercicio responsable de la libertad.
En España surgen siempre nuevos demiurgos y podemos observar, sonrientes, cómo apelan a los argumentos que otros vienen defendiendo desde hace décadas, pero en todo ello y como se puede leer en el libro con el que empezaba esta columna, es la persona en su dimensión moral la que debe emerger en la defensa de la verdad, la libertad y la ley. Esto no se hace con una máquina de escribir con columnas. Esto exige defender lo que es moralmente necesario para alcanzar una sociedad madura y estable y no sometida a las “obligaciones” que un permanente emotivismo disfuncional nos impone. La necesidad surge de calcular los derechos y las obligaciones que, como ciudadanos, estamos dispuestos a soportar sin entrar en procesos de negación de los contextos, del tiempo y del espacio, verdaderos ejes vertebradores de toda reflexión sobre el ser humano.
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