Pocas figuras dentro del Gobierno de Pedro Sánchez han intentado nadar y guardar la ropa como Margarita Robles. Con una fama poco merecida de sensata y moderada, la ministra de Defensa ha conseguido mantenerse en el cargo desde 2018 pese a los bandazos ideológicos, las purgas internas y los sobresaltos parlamentarios que han salpicado a sus compañeros de gabinete. Pero que Robles sobreviva políticamente no significa que lo haga con eficacia.
La ministra ha cultivado una imagen de independencia y temple institucional, pero su gestión al frente del Ministerio de Defensa ha sido más cosmética que transformadora. Bajo su mandato, España ha aumentado su gasto militar, sí, pero con una planificación difusa y sin que se haya producido una verdadera modernización estructural. La tropa sigue sufriendo condiciones precarias, las misiones en el exterior se gestionan con más opacidad que transparencia, y la digitalización de las Fuerzas Armadas avanza a trompicones.
Uno de los aspectos más polémicos ha sido su papel en la crisis del espionaje con Pegasus. Robles, lejos de ofrecer explicaciones contundentes, optó por la estrategia del avestruz: esperar a que escampe. Cuando se descubrió que líderes independentistas —y también miembros del Gobierno— habían sido espiados, se parapetó en el discurso de la seguridad nacional. Su silencio no fue prudencia: fue cálculo político.
Tampoco ha tenido reparos en defender decisiones que, en boca de otros ministros, habrían sido trituradas por su propio partido. Apoyó el envío de armas a Ucrania sin pestañear, pese a las críticas de sus socios de coalición. Ha hecho equilibrios entre el discurso pro-OTAN y el antimilitarismo tradicional del ala izquierda del Gobierno como si se tratara de un ejercicio gimnástico más que de coherencia política.
Mientras tanto, los problemas internos del Ejército siguen sin resolverse. La falta de relevo generacional, los bajos sueldos en ciertas escalas, y la desmotivación creciente entre mandos medios contrastan con los grandes titulares sobre compra de armamento o aumento de inversión. Robles ha sido hábil en gestionar la imagen, pero menos eficaz en afrontar las necesidades reales de las Fuerzas Armadas.
Margarita Robles ha sobrevivido a varias tormentas políticas, pero eso no la convierte en una gran gestora. Ha preferido el perfil bajo y el discurso institucional antes que pisar terrenos incómodos. En un Gobierno marcado por la polarización y el enfrentamiento, ella ha optado por el silencio calculado.
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