Cataluña se ha convertido, desde hace demasiado tiempo, en una región siniestra. Es un territorio donde la restricción de las libertades individuales se ha convertido en una práctica cotidiana. La pulsión opresiva del separatismo no tiene límites geográficos.
El objetivo de este movimiento fanático ya no es solo dominar a sus conciudadanos. Ahora buscan extender su modelo opresivo a la totalidad de los españoles, aprovechando la debilidad del Gobierno central. De manera gradual, el resto de España corre el riesgo de imitar la distopía creada en Cataluña. El fanatismo lingüístico se está imponiendo de forma sutil, pero constante.
Si no se frena esta escalada de locura identitaria, se llegará a extremos surrealistas. Podríamos ver cómo un requisito para ser barrendero en Burgos sea, por ejemplo, tener acreditado el nivel C1 de catalán. Esto ocurriría simplemente para no «violar los derechos lingüísticos» de un ciudadano de Vic. Un ciudadano que, aun odiando el español, querría tener derecho a optar a cualquier plaza de trabajo público en cualquier rincón de España.
Es fundamental entender la motivación profunda del separatismo con respecto a la lengua. Su obsesión no reside en el amor genuino por su cultura. Es una cuestión de poder y de dominio. Su único propósito es dejar meridianamente claro quién tiene la capacidad de mandar. Y no se conforman con hacerlo solo en Barcelona, Tarragona, Lérida o Gerona.
O se les para de forma contundente, o acabarán desmantelando los derechos civiles de todos los españoles. Son un grupo que no soporta la libre elección lingüística. Son los mismos que se indignan si un ciudadano escribe «Gerona» en lugar de «Girona». Pero son totalmente incapaces de aplicar esa supuesta sensibilidad a la inversa.
Basta recordar la total falta de respeto a la toponimia del resto de España en sus medios. En TV3 escuchamos cómo la localidad zamorana de Benavente se convertía en un insólito «Benavent».
O cómo la histórica «Cádiz» se transforma, sin pudor ni rigor, en el catalanizado «Cadis». Esta imposición lingüística es un claro síntoma de su complejo de superioridad. Es una muestra de que el separatismo solo respeta su propia lengua, pero exige que el resto de españoles respetemos sus normas.
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