Gorka Espiau defiende una manera distinta de abordar los desafíos del desarrollo: con innovación real, participación local y aprendizaje conjunto. Doctor en Ciencias Sociales, es director del Agirre Lehendakaria Center (EHU), asesor de la Comisión Europea y director científico de Work4Progress, programa del Área Internacional de la Fundación ”la Caixa” que contribuye a la creación de trabajos de calidad en entornos rurales de Colombia, India, Mozambique y Perú para mujeres y jóvenes. Conversamos con él en Barcelona, donde acudió a la reunión anual del programa y moderó una mesa redonda sobre innovación social digital.
¿Qué diferencia Work4Progress de un programa de cooperación tradicional?
El enfoque occidental de la cooperación —pensar que llevamos soluciones a lugares que no las tienen— sigue vigente, aunque sepamos que ya no funciona. Y esa lógica genera desigualdad. Work4Progress se plantea como una plataforma de innovación social, un espacio de aprendizaje conjunto donde todos los actores aportan y aprenden, donde se busca el beneficio común. No se trata de implantar pilotos aislados cuyos resultados son difíciles de escalar, sino de llevar a cabo experiencias de innovación conectadas entre sí.
El término innovación se usa a menudo, pero no siempre se entiende. ¿Cómo definiría usted la innovación social?
La innovación social surge como respuesta a una visión reduccionista de la innovación centrada solo en lo tecnológico o empresarial. Se trata de responder de forma distinta —y mejor— a las necesidades sociales, actuales o emergentes, mediante nuevos productos, servicios o procesos. Lo que nos interesa es cómo aprenden las sociedades a responder colectivamente a problemas complejos, en nuestro caso la generación de empleo en zonas rurales. La innovación que nos interesa va a la raíz del problema, no busca resultados rápidos o start-ups exitosas, sino un impacto real.
¿Nos puede dar ejemplos?
En India trabajamos con una cooperativa que ofrece transporte seguro a mujeres para evitar situaciones de inseguridad en sus trayectos al trabajo. Ellas mismas compran vehículos —los rickshaws eléctricos— y prestan un servicio de taxi pensado específicamente para mujeres, lo que soluciona un problema que estaba identificado con claridad. En Perú pusimos en contacto a productores agrícolas con chefs con estrellas Michelin. Sus procesos productivos mejoraron para adaptarse a las necesidades de los restaurantes. Hoy, algunos de sus productos, como el queso, se pueden comprar en los locales del cocinero peruano Gastón Acurio.
Trabajan en países muy distintos. ¿Cómo logran salvar las diferencias culturales?
Lo que hemos descubierto es que las diferencias entre países no son tan grandes porque los retos son parecidos. Por ejemplo, uno de los principales problemas para generar empleo en zonas rurales es que las personas jóvenes no quieren quedarse en el campo, lo que ocurre en Mozambique del mismo modo que en Cataluña o Euskadi. Eso no quita que tengas que construir mecanismos de interacción adaptados a cada cultura, pero con el mismo objetivo: entender las necesidades desde dentro. Ningún proyecto que no esté construido desde las comunidades funcionará.
¿Cómo garantizan la participación de las personas?
Recogemos narrativas locales —problemas, aspiraciones, oportunidades— y las organizamos en perfiles etnográficos que reflejan las formas de ver la realidad de distintos colectivos. Eso nos permite saber si una iniciativa está alineada con las percepciones de la comunidad. A veces sus ideas no se ajustan a los datos objetivos, pero esas percepciones influyen más en el éxito o el fracaso de un proyecto que las circunstancias en sí porque la realidad se construye socialmente.
Work4Progress ha generado mucho interés porque tiene una forma muy sistematizada de incorporar esa dimensión cultural a los procesos de desarrollo. El reto ahora es saber aprovechar las herramientas digitales para que esta escucha y esta creación conjunta sean más ágiles y podamos obtener más información. Y ahí la Fundación ”la Caixa” ha hecho una apuesta fuerte que puede ser referencia a escala global.
¿En qué consiste esa apuesta?
Tenemos digitalizada la información de todos los proyectos y eso nos permitirá aplicar inteligencia artificial para analizar mejor lo que está pasando y hacer simulaciones. Por ejemplo, podremos interactuar con un bot que represente las aspiraciones concretas de las mujeres jóvenes del estado de Uttar Pradesh, en India, y preguntarle si una iniciativa tiene sentido para ellas. También podremos simular escenarios de intervención en áreas específicas, como las zonas andinas de Perú. No se trata de sustituir el trabajo humano, sino de complementarlo y mejorar la toma de decisiones. Creemos que es necesario integrar este tipo de tecnologías de forma más ambiciosa.
¿Hasta qué punto es seguro usar estas tecnologías en el sur global?
Nos hemos dado cuenta de que, en esos países, las necesidades son tan urgentes que la tecnología se adopta rápidamente, sin pensar mucho en los efectos secundarios. En el norte hay más precaución. Lo ideal es encontrar un equilibrio: aprovechar las herramientas con conciencia crítica.
La tecnología no lo arregla todo, pero hay que reconocer que genera oportunidades. Gracias a ella, por ejemplo, podemos aprender mutuamente. Desde el norte podemos ver cómo se están aplicando esas tecnologías en el sur y cómo pueden escalarse. Y en los países del sur se están desarrollando soluciones prácticas que manejan grandes volúmenes de datos y, por lo tanto, necesitan infraestructuras que hoy en día están en el norte, como el Barcelona Supercomputing Center. Lo importante es generar esa colaboración desde el principio en términos de horizontalidad.
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