Los elefantes de Aníbal

La historia nos permite siempre hacer paralelismos, y de esta forma podemos extraer las lecciones que nos ofrece el pasado de la humanidad. En la segunda guerra púnica el general cartaginés Aníbal, después de atravesar los Pirineos y los Alpes, se presento ante las legiones romanas en lo que se denominó la batalla de Trebia.

Las legiones romanas como el movimiento separatista catalán, constituían un bloque monolítico tremendamente disciplinado, en el que los legionarios cerraban sus filas hombro con hombro, creando un efecto de apisonadora hacia todas las fuerzas que se enfrentaba a ellos. Por contra el ejército de Aníbal, como los partidos políticos constitucionalistas, estaba formado por un conglomerado de tropas dispares que agrupaba a africanos cartagineses, íberos, celtas y numidas. Esta falta de uniformidad a priori colocaba al ejército cartaginés en una inferioridad operativa ante las imponentes legiones romanas. Algo muy parecido ocurre en la actualidad con el bloque constitucionalista, en el que el PP, el PSOE y Ciudadanos, hasta hace pocos días han sido rivales enconados en el Congreso de los Diputados, como los eran las tribus íberas o celtas, que antes de ser reclutadas por los punos guerreaban entre ellas.

El astuto general cartaginés sabía que para romper este desequilibrio que le era desfavorable, necesitaba -como lo han hecho otros estrategas a lo largo de la historia- un arma secreta que fuera capaz por sí misma de concederle la victoria. Esa arma eran los elefantes, que sólo su presencia en el campo de batalla, desbocaba a la caballería del enemigo, que se asustaban al ver esos enorme animales que desconocían, mientras que los caballos de los cartagineses permanecía impasibles, porque estaban acostumbrados a pastar en los prados con los paquidermos.

Lo que para Aníbal eran sus elefantes, para Rajoy es la Ley, la Constitución y el artículo 155, constituyendo estos tres elementos una trinidad que de traduce en el principio de legalidad.

Como todo el la vida, los elefantes tenían sus ventajas pero también sus inconvenientes. Si por un lado su carga era temible porque literalmente fragmentaban las formaciones cerradas de la legiones romanas, y éstos no sabían como enfrentarse a ellos, por otro lado una vez los elefantes se ponían en marcha, no había fuerza humana -ni romana ni cartaginesa- que los pudiera detener a su merced. Además existía el peligro de que girasen grupas y cargasen contra los propias filas cartaginesas.

La Ley se parece mucho a los elefantes porque es relativamente lenta, pero cuando se pone en marcha sus efectos son inexorables, porque derriba todo lo que se antepone a ella. Aníbal sabía perfectamente hasta dónde podían llegar sus hombres, lo que podían hacer y cuando los podía detener, pero los elefantes eran otra cosa.

El Presidente del Gobierno tiene las riendas del Estado y puede modular sus efectos, pero cuando el Sr. Rajor acude a los Tribunales de Justicia, éstos tienen vida propia, que no se la concede el Estado sino la propia Ley. La Ley es ciega como los elefantes en la refriega del combate, y en la mayoría de las ocasiones llaga mucho más lejos que el poder del Gobierno.

Mariano Rajoy es un hombre sereno y ponderado, que no desea ver a un rival político entre rejas, y mucho menos si se trata de un presidente de la Generalitat, por el que a nivel personal profesa respeto y consideración. Las crónicas históricas de la época no recogen la impresiones personales de Aníbal, cuando vió a miles de heridos y cadáveres romanos chafados literalmente por las pezuñas de sus elefantes, pero es muy probable que se apenase por esa desgarradora visión.

Anibal lanzó a sus elegantes porque era su obligación y porque era lo único que podía hacer en esas circunstancias, y Rajoy cumpliendo con su obligación se ha visto obligado a aplicar el artículo 155 y a dejar que los Tribunales actúen. Lo que pasará el destino lo dirá.

Juan Carlos Segura Just es Secretario Jurídico del PP de Barcelona

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