Un buen número de ayuntamientos catalanes, en manos del separatismo y de sus compañeros de viaje — los comunes — han decidido que su lengua oficial es solo una, el catalán, y no las dos que rigen en la comunidad autónoma. El supremacismo lingüístico en catalán es su guía.
El ejemplo más chusco es el de Ada Colau en Barcelona, que ha llegado a difundir carteles escritos en catalán, urdú, hindú, árabe y otros idiomas, menos en español. Para la líder de los comunes el castellano es una lengua “facha”, de la misma manera que un militar del siglo XIX, el almirante Cervera, también lo era. Todo lo que huela a «España» le resulta molesto.
Para buena parte del independentismo los catalanes castellanoparlantes no tienen derecho a nada, solo a callar o a coger la maleta e irse. De ahí la tendencia en buena parte del separatismo a invitar al discrepante a largarse de Cataluña.
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