Entre la disculpa de la abstención, el miedo a la pandemia y el vandalismo de los que ya sólo les queda la violencia como recurso, anda el constitucionalismo en horas bajas en contraste con el nacionalismo, más ufano que nunca.
Ni una cosa, ni otra, pero como la política es un estado de ánimo, los separatistas ganan por goleada. Esta vez además, por haber logrado superar el 50% de los votos con un 51,6% de los sufragios. A condición, eso sí, de sumar todos los votos de todos partidos con y sin representación parlamentaria que expresa o indirectamente pedían la independencia [(ERC, JUNT Y CUP: 48,1% más (PDeCAT, PNC, MPIC, FNC y PCTC: 3,5%): 51,6%.].
Pero no es todo oro lo que reluce ni independentista todo lo que sale en TV3. Me limitaré a una de sus mentiras mejor contadas y los números que la desmienten.
La mentira: el 80% de catalanes quiere un referéndum de autodeterminación, repiten como loros los nacionalistas.
La realidad: en unas elecciones plebiscitarias, – como se empeñaron en convertir el 14-F -, sólo les votó el 27,6% del censo. Dicho de otro modo, si el 80% de los catalanes está tan empeñado en un referéndum de autodeterminación, ¿cómo quieren hacernos creer tal falsedad? Si a ello sumamos el resto que no votó independencia, llegamos al 53,4%. Todavía queda un largo trecho hasta ese mítico 80%.
Doy por supuesto, que no todos asisten a las votaciones, pero no me negarán, que entre la propaganda nacionalista que nos quiere hacer creer que ellos son Cataluña, y la realidad, va un trecho. Ese es el problema de los constitucionalistas y de todos los apaciguadores de Madrid. Si el nacionalismo ha logrado hacer creer a toda España que ellos son Cataluña, es porque el resto de españoles hemos asumido su propaganda. Por ejemplo, durante 23 años Pujol hizo creer a todos que él era Cataluña, y que sus mayorías absolutas así lo corroboraban. No siempre, pero eran incontestables, no por la rotundidad del apoyo, sino por el estado de ánimo que logró crear en los demás. En realidad, Pujol gobernó durante esas dos décadas decisivas para imponer la hegemonía moral del nacionalismo con una media del 27% del censo. Es decir, en realidad, menos de un tercio de los catalanes. Pero parecía que eran todos. Había razones para que se interiorizara en todos esa gran mentira: controlaba los presupuestos, puso todas las instituciones a su servicio y los gobiernos centrales le dejaron hacer mientras les diera apoyo en Madrid.
En las elecciones del 14-F no sólo perdieron votos los constitucionalistas, también los perdieron los separatistas. Y no pocos: 643.464, pero en su caso, la lectura es letal para sus mentiras. Si partimos de la premisa de que el independentismo es militante e incansable en su objetivo, y sin embargo pierde más de medio millón de votos, no llegando el conjunto de todos ellos más que a 1.435.876 de un censo de 5.623.962 electores, habremos de colegir que la farsa que se traen nos debería abrir los ojos y reflexionar por qué la consentimos. Y sobre todo, por qué nuestro estado de ánimo está por los suelos.
Habrá que empezar por cambiar la Ley electoral, y reivindicar el símbolo de la democracia: un ciudadano, un voto. Sólo dos ejemplos, la CUP con 6.416 votos menos que en las anteriores elecciones, pasó de 4 diputados a 9; y partidos independentistas como JxC o ERC logran de media un diputado con sólo 18.020 votos, mientras a Cs le cuesta 26.317. Para los que les apetezcan más cifras: Que no nos engañen: las 10 verdades del 14F.
La ficción nacionalista seguirá siendo ficción, mientras la sigamos creyendo.
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