La victimización, acompañada de cierto dramatismo, es unos de los comportamientos preferidos de los separatistas catalanes. No solamente los políticos, sino también sus acólitos, utilizan esta herramienta de manipulación emocional a través de la que pretenden mostrarse al mundo como víctimas culpabilizando a los demás de todos sus males, en este caso cualquier persona que no comparta su misma ideología.
Se trata de una actitud maniquea, a la par que infantil, en la que ellos siempre son los buenos y el resto, los malos. Esto lleva implícito una tergiversación de la realidad, su realidad, así como de los hechos que en ella suceden.
Hace unos días asistimos a un espectáculo en la plaza mayor de Vic. Una especie de atropello múltiple. En esta ocasión las víctimas fueron unas pocas de las más de dos mil cruces amarillas progolpistas que invadían el espacio público.
Toda la plaza se había convertido en un cementerio esperpéntico ante la permisividad de las instituciones públicas, en este caso de la alcaldesa de Vic, quien ve como algo normal la utilización partidista de los espacios comunes y, todavía peor, se cree con todo el derecho alegando esa palabra ya prostituida, «libertad de expresión».
Este incidente propició, evidentemente, el victimismo separatista. Hasta el presidente de la Generalitat golpista mostró públicamente su apoyo a la alcaldesa de Vic, invocando a esa falsa «libertad».
El resumen, desde la perspectiva separatista, es muy sencillo. Ellos, en este caso las cruces, las víctimas; el conductor, un desalmado. Nada más que explicar. Nada más que decir. Ninguna otra versión que escuchar.
Sin embargo, la realidad no es tan binaria como pretenden hacernos creer. Y con esto no voy a justificar tampoco la actuación del conductor. Sin embargo, no vendría mal hacer un pequeño ejercicio de reflexión, sé que pido demasiado, para poder analizar, además del resultado, las causas que llevan a este tipo de actuaciones. Y reclamar, asimismo, que las víctimas somos aquellos que llevamos sufriendo los «beneficios» del procés desde hace ya unos cuantos años, y en silencio.
La ocupación de los espacios públicos, los de todos, es ilegal, porque supone la privatización de ese espacio con elementos partidistas. La ilegalidad no es sinónimo de libertad de expresión, debemos dejarlo claro. La representación de una parte de los catalanes, silenciando a la otra parte, tampoco es libertad de expresión, es sectarismo supremacista, además de coacción.
La colocación de lazos de plástico amarillo por todas partes, plazas, fachadas, bancos, farolas, rotondas, etc., es una infracción en la que se degrada el entorno urbano, tampoco es libertad. La ocupación de las playas o plazas con cruces amarillas es otra infracción que atenta contra la convivencia y el civismo.
El posicionamiento de los edificios públicos a favor del amarillo es convertir las instituciones de todos, en la de unos cuantos que están a favor de un golpe de Estado, y vulnerar los principios de objetividad y neutralidad institucional, nada que ver con la libertad de expresión.
Por suerte, el TSJC acaba de dictar sentencia al respecto y esperamos, ingenuamente, su cumplimiento para que las calles, plazas y playas de Cataluña vuelvan a ser de todos. ¿Por qué se permite utilizar el espacio público en defensa de una determinada ideología que, además, está defendiendo la ilegalidad y el golpe de Estado? La libertad de expresión no pasa por la falta de respeto de los derechos de los demás ni por la incitación al odio ni por estar a favor de incumplir las leyes.
Ante esta realidad totalmente manipulada por las huestes separatistas, ¿quiénes son las verdaderas víctimas de todo este proceso? ¿Aquéllos cuyo comportamiento incívico no respeta la ideología de los demás? ¿O aquéllos que aguantamos, en silencio, el incumplimiento de las leyes y el secuestro y la degradación de nuestro espacio público por parte de unos pocos? Si la defensa de actuaciones incívicas, ilegales, partidistas y progolpistas es libertad de expresión, ¿cómo debe llamarse la defensa de la neutralidad de los espacios públicos, de la ley, del civismo, de la convivencia y, por supuesto, de la democracia?
La concepción de la realidad política catalana está totalmente tergiversada. Llevamos muchos años viendo cómo se pisotea la democracia, el Estado de Derecho y se secuestran las instituciones. Esto no justifica ninguna actuación, evidentemente,
pero sí que reclama cierta coherencia en el escenario político catalán. Las víctimas seguimos pidiendo la recuperación del seny!, pero cada vez más hastiados.
Vera-Cruz Miranda

Puede comprar el último libro de Sergio Fidalgo ‘Usted puede salvar España’ en este enlace de Amazon, en la web de El Corte Inglés y en la tienda on line de La Casa del Libro. Y ‘El hijo de la africana’ de Pau Guix en este enlace de Amazon.
necesita tu apoyo económico para defender la españolidad de Cataluña y la igualdad de todos los españoles ante la ley.



















